Observaba a aquellas gentes recorrer el convento como si no comprendieran del todo el silencio del lugar. Cerca del claustro, otro grupo ofrecía un extraño objeto blanco a quienes aguardaban cerca.
Le incomodaban aquellas voces.
«¿De dónde habrán salido tantos mentecatos?»
Una mujer alta, iluminada más que los demás por el sol, se le aproximó.
—¿Quieres escuchar una historia? —preguntó, mostrándole aquella pieza lisa y pálida.
Se quedó observando cómo la luz se enredaba en aquellos cabellos claros.
—Solo escucha —insistió la mujer, ofreciéndole el objeto.
Se dejó colocar aquella pieza suave por dentro como un vendaje recién lavado, y aguardó.
Comenzó un sonido de agua. Goteos. Como si alguien lavara algo sobre piedra. Después, una melodía de quena que parecía venir de muy lejos.
Sonrió. «Qué curioso artificio…»
Frente a ella apareció una banca vacía. Ya no sabía si aquello ocurría fuera de ella o dentro de su cabeza. La sombra de la tarde cubría medio asiento. Se dejó llevar y se sentó, como le había pedido aquella voz que hablaba un castellano extrañamente pausado.
—Entre los muros de Santa Catalina aún permanecen historias sin descanso.
La voz parecía brotar de los mismos corredores del convento.
—No pienses en este monasterio como un lugar hecho solo para el silencio y la devoción.
La música bajó el volumen y sintió un leve cosquilleo en la nuca. Cuando volvió a alzar la vista, estaba en una pequeña habitación de sillar, iluminada por un rayo de sol que se filtraba por la ventana, dejando ver apenas una tarima de madera, un reclinatorio gastado y un crucifijo de piedra.
—En esta habitación, solía morar una monja llamada María. María era joven y bella, pero muy callada.
«¡Qué prodigio para los sentidos!»
—María no conocía otro mundo fuera de aquellos muros altos y fríos. Desde niña, su vida había transcurrido entre los rezos, el silencio y las sombras que se alargaban por los pasillos del convento.
Le habían dicho que su madre la dejó en la puerta cuando aún era un bulto envuelto en mantas, sin nombre. Nadie volvió a hablarle de ello.
«Por designio del Altísimo.»
—A veces miraba las paredes del claustro como si detrás estuviera escondido ese mundo del que le habían hablado con miedo.
«¿Y quién fue el alma caritativa o el tunante que la trajo?»
—Las otras hermanas, mayores, le eran distantes. Algunas cargaban culpas; otras, apenas costumbre. Ninguna le hablaba más de lo necesario. No sabía leer ni escribir, nadie se tomó la molestia de enseñarle, pero conocía de memoria pasajes bíblicos, letanías completas y los nombres de los santos como si fueran familia. El convento era su refugio seguro.
La habitación pareció replegarse lentamente hasta convertirse en la capilla del convento, una bóveda grande y oscura. Solo al fondo, el retablo de madera tallada brillaba con un pan de oro ya desgastado.
El lugar comenzaba a resultarle familiar.
—Se pasaba horas en la capilla. Le gustaba escuchar cómo sus oraciones regresaban vacías desde la oscuridad.
«No existe mayor sosiego.»
—Esa tarde, mientras murmuraba un Padrenuestro con los ojos entrecerrados, algo la obligó a alzar la vista. Allí, sobre el altar, algo pálido aguardaba entre las sombras.
«¡Válgame Dios!»
Miró fijo. La blancura tenía ojos.
No cuencas vacías. No sombras oscuras.
Ojos.
Y la observaban con la paciencia de quien lleva años esperando.
Sintió que se le aflojaban los dedos del rosario. Pero no gritó. Tampoco huyó.
«Esto no puede ser obra santa.»
María invocó a San Miguel Arcángel, como le habían enseñado.
—Oh, San Miguel Arcángel, ¡sed mi escudo y resguardo si este portento es tentación del demonio! —susurró, intentando arrancarse aquella pieza blanca sin conseguirlo.
El miedo cedió. Lo que vino después se parecía más a la calma.
La calavera estaba al alcance de la mano.
«¡Qué mirar tan maternal!»
Se acercó lentamente y alargó la mano.
La calavera no se desvaneció.
«¿Es dable…?»
Cerró los ojos para no verla.
Entonces escuchó una voz.
No venía de la pieza que le habían colocado.
La escuchó dentro.
—No temas, María. Nadie creyó lo que dije.
Entreabrió los ojos. La calavera seguía ahí. No se movía. No tenía lengua ni mandíbula articulada. Y aun así seguía oyéndola.
«¿Quién es la que se ha servido presentarse?»
—Soy Ana. Habité aquí hace muchos años.
Ana. Ese nombre le resultaba extrañamente familiar.
La luz apenas entraba, torcida.
—¿Cuál es el motivo de vuestra venida, Ana? —esta vez lo dijo en voz alta.
Los ojos, tan humanos, parecían sonreír.
—Debes irte de este sitio. Hoy.
—¿Retirarme yo? ¿Y a qué otro sitio pretende vuestra merced que me dirija? —dijo con media sonrisa.
La calavera seguía allí, lisa como un hueso recién lavado.
Al tocarla fría, un chispazo le cruzó el brazo. No fue doloroso.
—Hoy cumples quince. Hoy te llamará el confesor. Dirá que es voluntad de Dios y después te pedirá silencio.
«¿Y si aquello fuese obra del maligno?»
—Te hará mártir sin gloria. Morirás creyendo que fuiste elegida, pero lo único que eligieron fue tu obediencia.
«Extramuros dicen que reina la tentación… mas también allí se puede rezar al Altísimo.»
—En nombre de Dios, decidme: ¿Quién habréis de ser? —alzó la voz.
—Soy Ana. Y tú eres más que estos muros.
—¡Silencio! —gritó. Pero Ana ya no estaba.
—Despierta —. Fue lo último que escuchó.
La música se extinguió lentamente.
Frente a ella, una sombra a contraluz le tendía la mano junto a la puerta entornada.
Todo parecía igual.
Solo el miedo había cambiado de sitio. El aire le picaba en la nuca y el claustro se sentía más frío.
Se levantó.
Y al hacerlo, el hábito cayó sobre sus tobillos. La tela áspera, los cordones atados con sobriedad.
Siempre lo había usado, pero nunca lo había sentido tan pesado.
Parpadeó varias veces. Se frotó los ojos. No estaba sola.
Apoyó la mano sobre el pecho. El rosario seguía allí. Seguía siendo ella.
Ingresó una monja de edad avanzada.
—Ave María Purísima, Sor María.
—Sin pecado concebida, Madre Lucía. Dios os dé muy buenas tardes. Perdonad mi falta; el sueño ha rendido mis sentidos.
—Hija mía, acercaos. Debo daros un recado de importancia.
María dudó un instante.
—Madre Lucía… decidme una cosa: ¿es posible que algún día entren extraños a este convento como si fuese plaza pública?
La anciana frunció el ceño.
—¡Válgame Dios, hija! ¿Qué desatinos son esos? Escuchadme bien: el Padre Antonio ha de oír las generales confesiones al declinar la semana; mas, por haber sido hoy el día de vuestro santo, vuestra merced recibirá el sacramento en privado la mañana de mañana. No todas las novicias reciben semejante distinción.
María sintió que el frío regresaba lentamente a la nuca.
—¿El Padre Antonio?
—Así es, hija.
—Yo… está bien, Madre. Se hará según vuestro mandato.
—Es un alto honor para vos, hija. En breve habré de llamaros; se ha dispuesto leche caliente en el refectorio para celebrar vuestro onomástico.
Y se fue.
María juntó las manos.
Comprendió que el miedo también sabía rezar.

