La conocí: rebelde, dura, tierna.
Me confesó que a los doce la entregaron a un viejo; que su hijo murió a los doce, cuando su voz, increpando idólatras en el templo, prometía un líder.
Yo ensayaba prodigios en lugares malditos.
Doce leprosarios me abrieron sus puertas: no temí tocarlos, consolarlos, y mi piel no ardía. Aplaudían esa inmunidad como si fuera un don.
Con ella levanté una rebelión sin armas.
Convertíamos hidromiel en vino en bodas ajenas, alimentábamos multitudes reunidas, poníamos en pie a un difunto.
Trucos que maravillaban, reciclados de siglos venideros.
El espectáculo era la llave: de la farsa nacía la fe. Era el precio del comienzo.
Luego elegimos doce fieles.
Con ellos preparamos el acto final: debían ejecutarlo después de mi partida.
Y en mi agonía —triunfo disfrazado de derrota— aquella mujer, María la rebelde, me miró como madre. Así empezó la fe que no necesitaba verdad.

