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Liendres

La estimación inicial de dos horas había sido un disparate.
¡Qué bien! Quince minutos bastaron.
Ni una sola liendre había sobrevivido.
Esa pañoleta empapada en insecticida, atada fuerte sobre la cabeza de Mariana, había funcionado mejor de lo esperado.
Al fin dejaría de rascarse con furia.
De abrirse la piel con sus uñas llenas de sangre.
Ya no más parásitos bebiendo de su hija.
Ya no más vergüenza.
Ya no más miedo.
Una victoria, al fin.
Aunque…
Algo no cuadraba.
¿No estaba demasiado callada?
Quizá el veneno era muy fuerte.
Pero nadie le advirtió.
¿Cómo iba a saberlo?
Nadie le explicó.
Él solo quería curarla.
Y ahora…
El silencio.
La noche.
Ese cuerpo quieto.
¿Qué había hecho?

Publicado enMicrorrelatos