Clamor a la Tormenta
Recuerdo cómo el cielo se encendió de golpe, como si hubieran descosido la noche. Apenas un segundo, un destello, y luego, ¡PUM!, un estruendo que me rajó los oídos.
Temblando, me acerqué a la ventana. Era apenas un marco con mosquitero roto.
Otra chispa en el cielo, y vi el río que no estaba en la mañana, tragándose las gallinas, los patos.
¡PUM!, otra vez. Y los chillidos de los cerdos, agudos, casi humanos.
La luz volvió, blanca y brutal.
Vi a mi abuelito, cubierto de barro, apretando un cerdito contra el pecho mientras trataba de agarrar a otro.
Después, los relámpagos se soltaron, todos juntos, ¡PUM! ¡PUM! ¡PUM! como latidos enfermos.
—¡Abuelito! —grité, pero el cielo ya no me devolvió su sombra.
Ni ese día.
Ni nunca más.
Durante años, pensé que esos gritos pertenecían a los cerdos.
Ahora, cada vez que se acerca una tormenta, me pregunto si uno de ellos era el abuelo.