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Desgraciados
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Relato 31 · 1 min

Duendes Sagrados

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

El santuario de los duendes quedaba en una colina perdida, a las afueras del Cusco.

En la entrada vendían caramelos, galletas, chocolates.

Ofrendas para las estatuillas.

Decían que, a cambio, uno ganaba buena suerte.

Cuentos de pueblo. Turistas creyendo.

Compré un puñado de caramelos.

No porque creyera en duendes.

La suerte no se ruega. Se apuesta.

Tal vez por eso el guía me retó:

—¿No tienes miedo? Entonces quédate hasta el amanecer.

Apostamos.

Un turista más, contra los duendes invisibles.

La madrugada me mordió los huesos.

El viento traía voces que no eran viento.

Me acerqué.

Una cueva.

Dos ancianos harapientos peleaban contra las ratas por los caramelos.

Por un segundo, pensé que eran parte del truco.

Manos temblorosas, bocas hundidas.

—No diga nada, hijito —susurró uno, encorvado sobre un trozo de galleta.

Volví en silencio a mi tienda.

Al amanecer, acepté haber perdido.

Y me llevé el sabor amargo de la victoria.

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