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Sssshhh

Hace unos días me llegó por WhatsApp la invitación a la misa por los veinticinco años del fallecimiento de Joaquín Quijano —el Chino Jano o simplemente Jano—, mi amigo de infancia.
Iré, por supuesto. Dicen que murió por jugar la Ouija, y aunque nunca lo admití del todo, en parte soy culpable de ese rumor.

No quería recordar nada de aquello. Durante años, borré de mi cabeza los detalles, o eso creí. Pero hay recuerdos que no se borran; solo se esconden, esperando el momento para morderte desde adentro.
La gente decía que lo que hicimos aquella noche provocó su muerte. Tal vez exageraban, o tal vez no.

Conocí a Jano cuando él tenía doce o trece años. Su familia era nueva en el barrio. Yo tenía catorce y acababa de ingresar al colegio militar. En esos años —finales de los ochenta, cuando todos queríamos ser Rambo— ingresar al Bolognesi era casi un honor. En el barrio solo el Colorado Quezada y yo lo habíamos conseguido. Nuestros viejos estaban orgullosos; decían que la disciplina nos haría hombres de verdad. Hoy casi nadie quiere ser “milico”, pero en aquellos años el uniforme imponía respeto.

Jano era un chiquillo callado, pero con carácter. Rápido se ganó el respeto del barrio: se agarraba a puños con cualquiera, aunque el otro le llevara una cabeza de ventaja. A veces ganaba, a veces perdía, pero nunca retrocedía.

Los domingos solíamos ir con el Colorado a su casa. Jugábamos ludo, damas chinas, monopolio. En teoría íbamos a verlo a él, pero la verdad era otra: queríamos ver a su hermana, la china Jimena. Tendría unos dieciocho años y el Colorado vivía babeando por ella. Yo también, claro. Hablábamos de sus curvas en los camarotes del colegio, de su escote que ni las chompas de lana lograban disimular. Era hermosa, y además tenía esa aura de prohibición: era testigo de Jehová. Vestía con recato, faldas largas, peinados simples… y, aun así, irradiaba algo que ninguno de nosotros sabía nombrar todavía.

Jimena fungía como madre de Jano, porque la suya los había abandonado cuando él tenía cinco años, cansada de los golpes de su esposo, don Alcibíades. Él era camionero, aficionado a las peleas de gallos, y aunque lo saludábamos con respeto, rara vez estaba en casa.

Jimena confiaba en nosotros. Pensaba que éramos buena influencia para su hermano; decía que el uniforme militar nos volvía responsables. Pobrecita. Nunca supo que le enseñábamos a Jano a fumar y a jugar cubilete. Era lo que sabíamos. En las guardias del colegio fumábamos escondidos, creyendo que eso nos volvía hombres.

Con el tiempo, Jano nos conquistó a todos con su lealtad. La amistad se consolidó cuando él también ingresó al colegio militar. Era de los más pequeños, así que lo apadrinamos.

En ese infierno de reglas absurdas, golpes y humillaciones, ser “el protegido” significaba sobrevivir. Igual tuvo que limpiar retretes con su cepillo dental, comer betún de zapatos y hacer mil sentadillas, pero lo pasó mejor que otros.
Pasaron los años y, con ellos, esa amistad de barrio se volvió rutina.

Yo salí del colegio militar con el orgullo medio gastado. Intenté ingresar a la Marina, pero no pasé los exámenes. Descubrí que, sin dinero, la disciplina no servía de mucho.
La secundaria militar no abría puertas; solo te dejaba el paso marcial y un respeto hueco por la autoridad. Después del fracaso postulé a Derecho. Contra todo pronóstico, ingresé al primer intento. Fue como una revancha silenciosa: no había nacido para soldado, sino para otra clase de batalla.

Mientras tanto, el barrio se desmoronaba en su propio tiempo. El Colorado y tres más manejaban taxi; otros habían terminado en la pasta, en ese hoyo sin regreso, y algunos habían cruzado la frontera buscando suerte.
Yo me alejé casi sin querer. Cambié de amigos, de conversaciones, de aire. Pero en Arequipa los recuerdos no se borran del todo; te siguen como los ecos del Misti después de un temblor.

Una tarde me crucé con el Colorado en la esquina del viejo coliseo. Estaba igual: flaco, con los ojos cansados y una sonrisa de las que solo sobreviven con licor.
—¿Te acuerdas de la China Jimena? —me soltó sin saludo.
—Claro —le respondí, medio riéndome—. Si pasabas babeando por ella… Bueno, yo también.
—Murió.
Pensé que era una de sus bromas idiotas.
—No jodas.
—Ataque al corazón. En Chile.

Me quedé mudo.

—Jano fue a traer su cuerpo, pero no lo dejaron repatriar.
—¿Y su viejo?
—No quiso ir. Su madre sí voló desde los Uniteds, dice que allá se encontró con su mamita después de muchos años.
—A la mierda —murmuré—. ¿Y hace cuánto murió?
—Dos semanas.

Esa noche no pude dormir. No era solo tristeza. Había algo más. Una sensación vaga, como si algo hubiera quedado suspendido entre aquí y allá.

Fui a la misa del mes. Llegó medio barrio: sus amigas de la religión, parientes que nadie sabía que existían, y la tía chismosa que lloraba más que el padre. Don Alcibíades estaba rígido, sin lágrimas. Su hijo, Jano, en cambio, parecía hecho de sombra.
Lo abracé. Tenía la mirada hueca, como si hubiese visto algo que no se puede contar. Me dijo apenas un “gracias” y me soltó enseguida, como si mi contacto le doliera.

Esa fue la última vez que lo vi… hasta aquella madrugada en que el juego del mal se abrió para nosotros.

Fue en el 2000, la noche de Halloween.
Tenía planeado pasarla con mi grupo de la facultad, pero el destino —o algo parecido— quiso otra cosa.
El día anterior, en una partida de fulbito, caí mal. Apoyé todo el peso del cuerpo sobre la mano derecha y sentí cómo algo dentro se estiraba con un chasquido seco. En la posta me inmovilizaron la muñeca con una tablilla y vendas. Nada grave, pero suficiente para arruinar mis planes.

El 31 amanecí con el brazo morado. Mi madre, supersticiosa como pocas, me dijo que no saliera: “Los muertos andan sueltos hoy, hijo, y tú ya estás medio roto”.
Claro que la desobedecí.
Me amarré unas vendas en la cabeza, improvisé un disfraz de “accidentado” y salí igual. Prometí no beber; lo había jurado al médico y a mi madre, aunque no sé cuál de los dos daba más miedo si rompía la promesa.

En la fiesta todo era ruido: cerveza, luces estroboscópicas, risas forzadas. Me di cuenta de que sin trago no tenía nada que hacer ahí. Las parejas bailaban apretadas, y la chica que me gustaba —la “gatita” que había motivado mi disfraz ridículo— se fue con un grupo de chicos de una universidad privada. Los vi subir a un Mitsubishi Eclipse rojo que rugía como si quisiera devorar la noche.

Pasada la medianoche, aburrido y sobrio, decidí volver a casa.
Y entonces sonó mi celular, de esos ladrillos pesados con antena. Era el Colorado.

—¡Pepe, hermano! —su voz arrastraba alegría y ron—. Buena noche, carajo.
—No tanto —respondí—. Me fregué la mano, y encima no puedo beber.
—Ya, pero no te me deprimas. Estoy por el centro. Te recojo.
—No jodas, ya es tarde.
—Tarde para ti, temprano para el Colorado.

A los veinte minutos apareció su taxi. Me subí. Llevaba su clásica gorrita ladeada y un tufo a ron que podía encenderse con un fósforo.
Debería haberme ido directo a casa, pero el reencuentro tuvo sabor a nostalgia.

—Una copita nomás —dijo, mostrando una botella de ron nacional.
Y ya sabes lo que significa “una copita” cuando la vida pesa.

Nos estacionamos frente a una avenida principal. Compartimos un vaso descartable, pasándolo de mano en mano. El ron quemaba, pero también aflojaba las palabras.
El Colorado encendió un cigarro y me ofreció otro, como cuando éramos chibolos. Lo acepté. El humo se mezcló con el aliento a ron, con el aire de madrugada que olía a gasolina.
Vimos pasar grupos de chicas disfrazadas: enfermeras sexys, vampiras con medias de red, diablas con cuernos brillantes. Reíamos, medio envidia, medio tristeza.

—¿Te das cuenta? —dijo el Colorado—. Solo en Halloween se atreven a ser ellas mismas.
—O lo que creen que son —respondí.
Nos quedamos viendo un rato más.

Después de varias copas, el Colorado se puso melancólico.
—Oye, ¿y el Jano?
—Ni idea. Desde la misa de Jimena no lo veo.
—Tengo su número —dijo, rebuscando entre los bolsillos de su casaca—. ¿Lo llamamos?
—¿A esta hora? Son más de la una, huevón.
—Justo. A los amigos se les llama a la primera, cuando uno se acuerda de ellos.

Y lo llamó.
Para mi sorpresa, Jano contestó.
—¡Colorado! —gritó desde el otro lado de la línea—. ¡Qué gusto, hermano!
—Estoy con el Pepe.
—¡Carajo! ¡El Pepe! —se rió—. Pasen por la casa, pues.

El Colorado me miró con esa sonrisa que uno solo pone cuando ya no le queda juicio.
Y fuimos.

La casa de Jano estaba igual que siempre, como si el tiempo hubiera pasado de largo por ahí. Las rejas oxidadas, el portón verde, el garaje con olor a grasa y aceite.
Nos abrió en camiseta y pantalón de buzo. Tenía ojeras hondas y el pelo revuelto.
—Mi viejo está durmiendo, así que con cuidado —susurró, mientras nos hacía pasar.

Nos sentamos en unas banquitas de madera al fondo del garaje. Había una bombilla amarilla colgando del techo, apenas suficiente para vernos las caras.
El Colorado sirvió el ron en vasos de vidrio. Conversamos largo rato: del colegio, del barrio, de la vida que nos había tocado.
Jano dijo que ahora trabajaba con su padre, haciendo rutas largas en camión. A veces ayudaba en las peleas de gallos de la avenida Dolores; le gustaba el ruido, la sangre y la apuesta.
—No es lo que soñé, pero al menos manejo mi propio volante —dijo, levantando el vaso.

Yo presumí de mis estudios; el Colorado exageró sus anécdotas de taxista enamorado. Todo era risa hasta que Jano se puso serio.

—Voy a ser papá —dijo, bajando la voz.
—¡Carajo! —exclamó el Colorado—. ¡Ese sí que fue un buen viaje, camionero!
—Mi viejo no lo sabe aún —añadió Jano, dirigiendo la vista al suelo.

Hubo un silencio breve. Un perro ladró afuera. El viento sopló por la rendija del portón metálico y la ampolleta parpadeó.
Nadie lo dijo, pero los tres pensamos en lo mismo: en Jimena.

—A veces la sueño —susurró Jano—. Está parada al borde de la carretera, con ese vestido largo… y cuando me acerco, me despierto.

Nadie contestó. El Colorado carraspeó, incómodo.
Jano sonrió con tristeza.
—No se asusten, muchachos. Solo digo que a veces el pasado se empeña en no soltarte.

Jano encendió un cigarro. El humo subía recto, sin moverse, como si el aire también estuviera esperando algo.

Fue ahí, en ese silencio tenso, donde empezó todo.

El Colorado golpeó el vaso contra la mesa y dejó escapar una carcajada:
—Ya pues, suficiente sentimentalismo. Pongámosle ritmo a la noche. ¿Dónde están los dados, Jano?

Jano sonrió débilmente, se levantó sin decir nada y regresó con un pequeño estuche de cuero.
—Acá están —dijo—. Tres vasos de cuero, como en los viejos tiempos.

Nos pusimos a jugar cachito. Entre bromas y trampas, las horas se nos fueron sin darnos cuenta. Cada tiro de dados sonaba hueco, rebotando en el silencio del garaje.
El aire estaba pesado, con ese hedor mezcla de grasa, cigarrillo y madera vieja. De vez en cuando, el viento golpeaba el portón metálico y hacía vibrar la luz amarillenta sobre nuestras cabezas.

Después de varios tragos, la conversación cambió de rumbo.
Jano sirvió un poco más de ron, se quedó observando el líquido, y dijo:

—¿Saben qué hora es?
—Casi las tres —respondí.
—Entonces ya es primero de noviembre —añadió el Colorado.
—Exacto —dijo Jano, con una sonrisa rara—. Y tengo algo perfecto para la fecha.

Se levantó y fue hacia una estantería.
Yo pensé que traería más ron o un juego de mesa.
Pero cuando regresó, traía una caja negra con las esquinas gastadas.
En la tapa, dos manos pálidas sostenían una tabla.
El título, en letras inglesas doradas, brillaba bajo la luz amarilla: Ouija.

El Colorado soltó una risita incrédula.
—No jodas, Jano.
—Me la envió mi vieja desde los Uniteds. Original, de madera, traída de allá.

La sostuvo con cuidado, como si fuera algo sagrado.
Yo no dije nada; solo lo observé abrir la caja. El tablero estaba impecable: letras quemadas en la superficie, las palabras Yes y No grabadas en las esquinas, números del cero al nueve en el centro, y la plancheta, un corazón de madera clara con un pequeño círculo de vidrio en medio.

—¿Y para qué quieres jugar eso? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Jano alzó los ojos.
—Quiero hablar con mi hermana.

El Colorado soltó una carcajada, medio seria, medio burlona.
—Ah, ya, la China Jimena, pues. ¿Y crees que va a venir por celular espiritual o qué? —bromeó, levantando su vaso.

Cuando lo dijo, algo en mí se encogió. Recordé su manera de reír: una risa entre vergonzosa y libre, como si no terminara de creerse su propia felicidad. Después de dejar a los testigos de Jehová, Jimena había cambiado. Empezó a vestirse distinto: shorts de jean, polos cortos, ese aire grunge que se puso de moda por Nirvana y Pearl Jam. Hasta su voz sonaba más firme. Se fue a Santiago con un tipo de cabello largo y mirada perdida. Él regresó al mes. Jimena se quedó, para siempre.

Jano no respondió. Solo apartó una pequeña figura de Santo Tomás que colgaba de la pared del garaje y la dejó a un lado.
—Con los santos presentes no funciona —dijo en voz baja.

Sacó dos velas negras de la caja y las encendió con una calma inquietante. Luego apagó la luz de la ampolleta.
El humo dibujó formas que se deshacían en el aire, y el garaje empezó a oler a cera y gasolina.

El Colorado me miró, divertido.
—¿Le seguimos el juego o qué?
Yo me encogí de hombros.
—Por qué no. Si quiere hablar con los muertos, que hable.

Nos sentamos alrededor del tablero. La luz de las velas temblaba, haciendo que los rostros se deformaran por momentos. Afuera, el viento seguía golpeando el portón, más fuerte.

El corazón de madera reflejaba la luz de las velas como si respirara.

—Pongan sus manos —dijo Jano.
—¿Así nomás? —preguntó el Colorado, arrastrando la voz.
—Sí, con respeto. No es un juego cualquiera.

Yo lo seguí más por curiosidad que por fe. No era la primera vez que jugaba una Ouija, aunque sí la primera con una de verdad, con olor a madera vieja y promesa de mal agüero.
Apoyé mi mano izquierda —la derecha aún inmovilizada por la tablilla— y esperé.

Jano cerró los ojos.
—Querida Jimena Quijano, si estás presente, manifiéstate —dijo con voz ronca.
El viento golpeó el portón de metal, y una de las velas titiló con fuerza.

Nada más.

El Colorado no aguantó la risa.
—Hermano, creo que tu hermana se fue de largo. Allá no hay señal.

Reímos, pero el sonido no duró. Jano levantó la cabeza, y su mirada nos atravesó.
—No se burlen.
Su voz salió tan seca que el Colorado bajó la vista.

El silencio cayó pesado. El humo de las velas se arremolinó en el aire, y el tablero parecía absorberlo.
Sentí un leve cosquilleo en los dedos. Pensé que era mi pulso, o el ron, o el cansancio. Pero la plancheta se movió.
Apenas un milímetro.

Nos miramos. Nadie habló.
El Colorado retiró la mano, nervioso.
—Ya, basta de huevadas, ¿sí?
Jano lo fulminó con la vista.
—No la interrumpas.

La plancheta se deslizó lentamente hacia la esquina superior izquierda.
YES.

Nadie respiraba.

—Jimena… —susurró Jano—. ¿Eres tú?

El corazón de madera permaneció inmóvil unos segundos, y luego giró apenas, como si dudara.
Se movió hacia el centro, luego hacia el NO.

—¿Entonces quién eres? —pregunté, intentando sonar incrédulo.

Las letras comenzaron a marcarse una por una, despacio.
E… L… L… E… N.

—Ellen —leyó el Colorado—. ¿Y esa quién carajo es?

El silencio volvió a reinar.
Afuera, un perro empezó a ladrar sin parar.

—¿Eres un espíritu bueno o malo? —preguntó Jano.
La plancheta se movió al NO.

El Colorado bufó, intentando recuperar la calma.
—Debe ser Jano moviéndola. Siempre fuiste bueno para las bromas pesadas.
—Yo no la estoy moviendo —respondió Jano sin mirarlo.

Yo tampoco la movía, pero sentía el calor de algo bajo mis dedos, como si el tablero tuviera pulso propio.

—¿Conoces a Jimena Quijano? —preguntó Jano con voz temblorosa.
La plancheta se movió con rapidez: NO.

Un zumbido leve recorrió mis oídos. Por un instante, pensé que alguien respiraba cerca de mí, demasiado cerca.
—Ellen —dije—, ¿por qué estás aquí?

El corazón se deslizó con más fuerza, casi saltando.
Las letras se fueron marcando una por una:
W… A… T… C… H.

—¿Qué dice? —preguntó el Colorado, inclinándose.
—Watch —le dije—. Significa “mirar”.
—¿Mirar qué? —murmuró Jano.

Las velas titilaron al mismo tiempo, como si alguien hubiera pasado por detrás de nosotros.
El frío se volvió insoportable.

El Colorado soltó un suspiro nervioso.
—Bueno, ya, suficiente. A dormir, que mañana trabajo.
Soltó la plancheta.

Jano se le fue encima.
—¡Idiota! ¡Nunca se suelta sin despedirla!

El golpe del vaso de ron cayendo al suelo nos sacó de la parálisis.
El líquido se esparció, reflejando la llama de las velas como un charco de fuego.

—¡Ya, tranquilo! —dije—. No pasa nada, solo es un juego.
—No, Pepe —respondió Jano—. No es un juego.

Nos quedamos quietos. El viento cesó de golpe. En ese silencio, un sonido leve, imposible, nos recorrió la espalda:
Sssshhh.

El corazón de madera avanzaba solo, lento, arrastrando ese sonido leve sobre la superficie del tablero.
Sssshhh.

La vela de la izquierda se apagó de golpe, como si alguien la hubiera soplado muy cerca. La otra seguía viva, pero su llama era azul.

—No… —susurró Jano—. No debimos hacerlo.

El Colorado se pasó la mano por la cara, nervioso.
—Ya, basta de teatro. Lo mueves tú, huevón.
—¿Tú crees que tengo ganas de bromear? —gruñó Jano, y su voz era otra, más grave.

Luego el silencio se extendió, espeso, como algo vivo.
Desde afuera llegaban el canto lejano de un gallo, el ronroneo de una moto, el viento colándose por debajo del portón.
Todo lo demás era respiración.

—Hay que despedirla —dije, intentando sonar firme.
—Ya no responde —contestó Jano.
—¿Cómo que no responde?
—Mírala.

La plancheta se había detenido sobre una letra.
Una sola.
S.

El Colorado tragó saliva.
—¿S de qué?
La plancheta siguió: A… T…

Jano levantó la vista, pálido.
—No sigas, carajo —dije.

Nadie la tocaba, pero el corazón seguía moviéndose.
A… N…

S… A… T… A… N…

—¡Puta madre! —gritó el Colorado, apartando el tablero de una patada.

El portón metálico retumbó como si alguien lo hubiera golpeado desde fuera.
La vela de la derecha titiló un segundo… y se apagó.

Oscuridad total.

Solo la respiración.
La mía.
La de ellos.
Y otra más.

Algo respiraba con nosotros.

El olor a cera quemada se mezcló con un hedor agrio, como a carne mojada.
El Colorado buscó su encendedor, lo encendió, y el fuego apenas alumbró la mitad del garaje.
El tablero había caído de lado. La plancheta seguía en el centro, inmóvil.

—Ya, ya —dije—. Fue el viento. Solo el viento.

Pero el encendedor temblaba en la mano del Colorado.
Su rostro estaba cubierto de sudor.
—No hay viento, Pepe —murmuró—. No entra nada.

Y era cierto.
No se movía ni el aire.

Jano se arrodilló, desesperado.
—Hay que cerrarlo.
—¿Cerrar qué, huevón? —le gritó el Colorado.
—El portal.

Empezó a recitar algo entre dientes, una mezcla de rezos y murmullos.
Su voz se quebraba, pero seguía.
—En el nombre del Padre… en el nombre del Hijo…

Y entonces la plancheta se movió sola una última vez.
Rápida. Violenta.
YES.

El encendedor se apagó.

Lo siguiente fue un caos de segundos.
Un golpe seco contra la pared.
Un grito ahogado.
Un objeto cayendo.

Yo busqué el interruptor de la luz, lo encontré, lo encendí.
La bombilla parpadeó.

Jano estaba de rodillas, inmóvil, observando el tablero.
El Colorado, contra la pared, con la respiración entrecortada.

Nadie dijo nada.
El silencio se instaló, denso, como humo que nadie se atreve a respirar.

Jano levantó lentamente la cabeza y, por un instante, juro que vi algo en sus ojos.
Un reflejo.
Una sombra que no era suya.

—Se fue —dijo al fin.
—¿Estás seguro? —pregunté.
—Sí —respondió, con una media sonrisa—. Se fue… conmigo.

No recuerdo cómo salimos de la casa aquella madrugada.
El Colorado arrancó el taxi con las manos temblando, y ninguno habló durante todo el camino.
Solo recuerdo el sonido del motor y el ron derramado en mis pantalones.

Dormí a saltos, con el tablero grabado detrás de los párpados.
Por la mañana, con pocas horas de sueño, mi madre me despertó.
—Te buscaron —dijo.
—¿Quién?
—El Colorado. Dijo que el Jano ha muerto.

Me quedé sentado, sin poder respirar.

Fui a su casa, era mediodía. El portón estaba abierto, el garaje lleno de gente. El tablero ya no estaba.
Don Alcibíades, con el rostro deshecho, repetía a quien quisiera oírlo que su hijo había muerto de manera espantosa, que un gallo loco hijo de puta se le fue directo al cuello después de ponerle la navaja, que cayó botando sangre del pescuezo, que fue una muerte horrible, que nadie pudo hacer nada…

No dije nada.
Nadie dijo nada.
Solo el Colorado y yo nos miramos, sabiendo que lo que fuera que se movió esa noche no había terminado de moverse.

Pasaron los años.
Cambié de amigos, de vida.
Me casé, tuve tres hijos. A veces cuento historias de miedo para asustarlos, pero nunca esta.

Veinticinco años después, me llegó por WhatsApp la invitación a la misa.
Dicen que los aniversarios sirven para recordar, pero yo lo que siento es que los recuerdos, a veces, te llaman.

No he vuelto a ver al Colorado. Después del entierro se alejó de todos; supe que se fue a Lima o al norte, según quién lo cuente.
Yo me quedé, como un sobreviviente que no sabe de qué.

A veces pienso que fue coincidencia: el cansancio, el alcohol, la impresión.
Otras veces, cuando la casa se queda en silencio y el aire se enfría sin motivo, me descubro observando la oscuridad del pasillo, esperando escuchar ese sonido.

Sssshhh.

Esta noche iré a la misa de Jano.
Llevaré a mis hijos. Tal vez conozca al hijo de Jano.
Diré que fue un gran amigo, que era valiente, que lo extraño.

Y si después de la ceremonia alguien me pregunta por la Ouija, me reiré, levantaré los hombros, y diré que eso fue cosa de muchachos.
Pero no mencionaré que desde hace tres días mi celular recibe llamadas sin número, a las tres de la mañana.
Y que cuando contesto, nadie habla.
Solo se escucha algo.

Una respiración. Y al fondo, muy suave:
Sssshhh.

Publicado enCuentos Largos