Alopecia por estrés
Últimamente, algo le tenía intrigado.
No estaba recibiendo quimioterapia, tampoco radiación, y sin embargo, el cabello se le caía.
Cada vez que se pasaba los dedos por ese pelo ralo, se llevaba un puñado consigo.
No era justo.
Él meditaba. Respiraba profundo.
Leía sobre la serenidad y la cultivaba como quien cuida un bonsái.
¿Entonces por qué?
Sentía como si su alma lo estuviera traicionando.
Él, que creía tener domado el subconsciente.
Pero claro, ahí estaba.
El miedo.
No ese miedo histérico, no.
Uno más sutil, más sordo. Que se filtraba incluso cuando cerraba los ojos para intentar no pensar.
—Miguel, despierta —Luisa le tocó el hombro con suavidad.
La voz era cálida, casi maternal.
Y allí venía la asistente, con ese uniforme blanco que parecía de enfermera, aunque claramente no lo era, cargando su camisa limpia entre las manos.
—Doctora, sigo perdiendo cabello —dijo él, bajito, con la molestia enterrada entre las palabras.
—Es un proceso, Miguel... vamos paso a paso —le respondió ella, sin compromiso, presintiendo que nada de lo que dijera alcanzaría.
Él asintió y se incorporó.
Caminó hasta el baño como si fuera a encontrarse con alguien que ya lo estaba esperando.
Abrió el grifo, se enjuagó las manos, alzó la mirada.
El espejo no perdonaba.
Los párpados caídos, ojos cansados.
La cabeza: un mapa de parches, islas de piel en medio de restos de pelo.
Se imaginó edificios cayendo.
Cientos.
Y una grúa silenciosa recogiendo escombros.
Cerró los ojos.
Apretó los puños.
Cada viernes repetía el mismo ritual; el consultorio era blanco, con dibujos ovalados palo rosa y plantas de hojas grandes que parecían querer consolarlo.
Todo ahí estaba diseñado para que uno olvidara lo que había afuera.
Luisa vestía bata blanca, pero no era doctora. Aun así, él confiaba en ella.
Tenía manos suaves, voz paciente, y sabía exactamente cuándo hablar y cuándo no.
Él lo apreciaba.
No pedía milagros.
Solo quería que lo ayudaran a no perder la cabeza mientras el cuerpo se le caía a pedazos.
Esa mañana le había tocado una mezcla de albahaca, romero y manzanilla.
Pensó que ese era el aroma que quedaría en su camisa cuando su hija lo abrazara más tarde.
Y en el aire, el olor mentolado del eucalipto.
A los pocos minutos, el vapor lo envolvió.
La música tibetana —que ella aseguraba haber traído del mismísimo Tíbet— lo empujó aún más al fondo.
Inhalando… uno, dos, tres… exhalando…
Su mente se nubló y se dejó ir.
El cuerpo también.
Últimamente le costaba no dormirse.
La enfermedad lo tenía así.
Cansado.
Había hecho metástasis, lo sabía.
Y también sabía que no iba a pelear.
No por cobardía, sino por decisión.
No iba a someterse a quimios ni cirugías que no podía pagar.
No iba a dejar a su familia endeudada por un poco más de tiempo.
Tiempo que igual ya no era suyo.
Quería otra cosa.
Quería que el cáncer no fuera su historia, al menos no toda.
Decía que era resiliente, y lo decía en serio.
Había enfrentado cosas duras.
Esto no sería diferente.
Iba a seguir viviendo: hacer sus cosas, ir al teatro del colegio, aplaudir como loco en la obra de la más chiquita.
Visitar amigos, cerrar círculos.
Amigos del colegio, de la universidad, del barrio Satélite.
Los del club de ajedrez.
Viejos camaradas que no sabían que el reloj ya le estaba cobrando la última jugada.
No iba a pedir más tiempo.
Solo un poco de dignidad.
Desde la operación, tenía una bolsa de colostomía colgando del abdomen.
Una boca extraña en el cuerpo.
Por ahí debía salir todo ahora.
No era temporal.
Y tampoco había vuelta atrás.
Se había dicho a sí mismo que lo aceptaba.
Que era fuerte.
Pero a veces, frente al espejo, dudaba de su propio discurso.
Antes iba a Yura todas las semanas.
A sumergirse en esas aguas calientes llenas de sales.
Las llamaba “el secreto para seguir cuerdo”.
A veces lo acompañaba su hijo menor, en vacaciones.
Jugaban a ver quién aguantaba más el calor del agua.
Ahora ni eso.
Con la estoma, los baños termales estaban descartados.
Por eso buscó otra cosa. Aromaterapia. Mindfulness.
Lo que fuera con tal de mantener la calma, de no desmoronarse por dentro.
Quería morir bien.
Eso se repetía cada vez que el miedo le soplaba al oído.
Morir como un hombre, como alguien que se entiende a sí mismo.
Sin dramatismos. Sin ruido.
Con la mente quieta, aunque el cuerpo hiciera lo que quisiera.
Seguía en el baño.
Seguía frente al espejo.
Y la luz del foco caía justo sobre los parches de su cabeza.
Esa calvicie extraña, fragmentada, como si algo lo hubiera ido deshojando en secreto.
Intentó traducir en palabras lo que sentía.
Algo breve, algo claro.
Pero no pudo.
Apretó los puños.
La respiración le tembló.
Los ojos no estaban vidriosos: estaban vencidos.