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Relato 39 · 6 min

Aurora Timbera Junior

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

En los ochentas se bailaba rock en los antros. Así les decíamos a las discotecas llenas de humo, luces de neón y bolas de espejo que vomitaban rayos psicodélicos en todas direcciones. Pero el humo no era solo de la máquina que echaban cada hora; era principalmente de cigarro. Y era normal. Nadie se quejaba. Todos fumaban: en el bus, en los cafés, en la fila del banco. Y nosotros, los veinteañeros, más todavía. Había cigarrillos en los jingles de la radio, en los paneles de la avenida Ejército, incluso afiches en el baño del antro, pegados sobre los urinarios, como recordatorios de que el cigarro era parte de la cultura.

Yo fumaba Ducal, unos nacionales que sabían fuerte y barato. Los Marlboro eran más suaves. Los Camel eran ricos, pero me empalagaban. Las chicas preferían Lucky Strike, más por el nombre que por el sabor, creo.

Mi rutina era simple: vender enciclopedias durante el día, juntarme en la plaza de Yanahuara por las tardes, jugar póker clandestino los jueves, perder el hígado los fines de semana en el antro, y patear una pelota los domingos. Siempre con un cigarro en la mano. Incluso antes y después del fulbito.

Y en medio de esa rutina —zumbido, humo y sudor ochentero— apareció Aurora.

Ojos grandes de cachorrita, pelo rizado hasta la cintura, y esa forma de mirar que pareciera te escaneara el alma.

No fumaba, pero decía que el olor del tabaco le gustaba. Raro, pensé. Pero no me molestó. Todo lo contrario. Le gustaba el olor que dejaban mis Ducal en la camisa, en los dedos, incluso en mi aliento, que yo trataba de disimular con mentitas baratas. A ella no le importaba. Le fascinaba.

A los pocos días de haber ido al cine, se lo pregunté de frente, sin rodeos:

—¿Quieres estar conmigo?

Y dijo que sí. Así, sin vueltas. Ya lo sabía antes de que yo abriera la boca.

Lo extraordinario vino después. Una noche, en la plaza, rodeados de botellas de cerveza tibia y humo en todas las direcciones, soltó que podía identificar la marca de cigarro solo por el olor.

—Apuesto dos mil intis a que acierto tres —dijo.

Y mis camaradas se relamieron. Marcos, Daniel y Lula aceptaron encantados, como hienas listas para devorar a una bambi.

Le hicieron dar la espalda. Encendieron un Chesterfield. Marcos exhaló sobre su hombro.

—Chesterfield —dijo ella, sin dudar.

Nos miramos; aplausos. Marcos, medio picón, soltó un "de suerte". Siguió Daniel con un Dunhill.

Aurora dudó, torció la boca, se llevó el humo a la nariz como si catara un vino:

—Cajita roja. Letra D.

Yo intervine. "Cuenta, hermano. Ha dicho Dunhill sin decirlo". Les jodió, pero aceptaron.

Lula encendió un Pall Mall, y Aurora lo cazó en menos de dos segundos.

Ahí la vi brillar. No solo por su nariz prodigiosa. Por cómo se movía, por cómo desafiaba a todos sin levantar la voz. Me hipnotizó.

Esa noche, mientras caminábamos de regreso, supe que no era solo mi flaca. Era algo más. Una criatura fuera de serie. Una anomalía hermosa con ojos enormes y una risa que olía a feria.

Se mudó conmigo a los dos meses. Una habitación rentada, húmeda, con una sola ventana que daba al muro del vecino. Para mí era el paraíso. Para sus papás, un sacrilegio. Su madre, profesora de inicial. Su padre, de esos que creen que las mujeres no deben salir de casa sin pedir permiso.

No dijeron mucho, pero se les notaba en la cara: esa mueca entre decepción y amenaza pasiva.

Aun así, le siguieron pagando la universidad. Querían que terminara Educación. Ella, terca, decía que lo haría... algún día.

Nos acomodamos rápido. Tardes de cartas, noches de música pirata, domingos de pollo a la brasa con gaseosa. Yo le enseñé póker con la misma devoción con la que un viejo sabio enseña a su discípulo. Y ella... aprendió demasiado rápido.

Sabía cuándo hacer un bluff, cuándo aguantar, cuándo meterte miedo con una mirada. A veces creía que me leía la mente.

Una timbera nata y sin trampa.

Un jueves me convenció de llevarla a la timba.

—No te van a dejar jugar —le dije.

—Déjame intentarlo —respondió con esa media sonrisa que no aceptaba un no.

Y jugó. Mis amigos se portaron como si estuvieran frente a la Virgen María: lenguaje moderado, ni un solo eructo, hasta le ofrecieron cerveza en vaso limpio. Pero en la mesa... la hicieron mierda. Le sacaron sus diez mil intis ahorrados como quien pela una mandarina. Y yo gané seis mil. Ironías.

En el cuarto, ya tarde, ella no dijo nada. Yo, que venía con el ego inflado… le solté un:

—Te servirá de escarmiento.

Una frase estúpida. Patriarcal. De esas que uno dice sin pensar. O tal vez sí la pensé, creyéndome el sabio del juego. Pero ella no se ofendió. O si se ofendió, lo guardó. Lo que hizo fue mejor.

Una semana después, me presentó su plan. Y yo no sabía si besarla o arrodillarme.

Era brillante.

Usaríamos su olfato para establecer un sistema de señales. Las marcas de cigarro como código secreto.

Marlboro: reyes.

Mentolado: reinas.

Dunhill: ases.

Pall Mall: bluff.

Y los gestos... parpadeos, toques en la mesa, cenizas aplastadas con intención. Un lenguaje clandestino que solo nosotros sabíamos.

La primera noche funcionó. Y la segunda. Y la tercera.

Mis compañeros de póker empezaron a sospechar. Decían que hacíamos trampa, pero nadie podía probar nada.

—Están coludidos —decían.

—Qué coludidos ni qué mierda. —Respondía yo, riéndome mientras contaba billetes.

Cuando nos cerraron la puerta en esa mesa, buscamos otra. Y luego otra. Era cuestión de tiempo para que nadie quisiera jugar con nosotros. No nos importó.

Nos fuimos a Lima. Después a Trujillo. Cusco. Sucre, en Bolivia. Cada mesa, una conquista. Cada partida, una danza secreta entre los dos. Jugábamos poco, ganábamos mucho. Aurora pospuso la universidad indefinidamente. Yo dejé de vender libros. Ya no éramos pareja. Éramos empresa.

Vestíamos mejor. Comíamos en restaurantes con mozos uniformados. Nos compramos un Toyota Starlet que apenas podía con las maletas. Y lo más importante: rentamos una casa, enorme, cerca de la plaza de Yanahuara. Nuestra base. Nuestro pequeño trono.

Pero debajo del triunfo... había algo que no quería mirar demasiado.

Ella ya no hablaba de enseñar.

Yo ya no hablaba de dejar las cartas.

Todo iba bien, hasta que dejó de ir.

Primero, pensé que era un resfrío.

No distinguía el mentolado, confundía el Marlboro con el Camel.

—Debo estar cansada —dijo.

Y sonrió. Pero no era su sonrisa de siempre.

Fuimos a una clínica en Lima. Luego otra. Luego otra.

Los médicos hablaban en difícil. Nosotros solo escuchábamos las palabras importantes.

Fibrosis pulmonar.

Avanzada.

Sin marcha atrás.

Ella me miró una noche, desde la cama, con esa cara de "yo ya sé". Y yo... yo no dije nada, porque cuando el amor no basta, uno se queda sin frases.

Me hubiese gustado decirle algo inolvidable. Algo que la hiciera reír. Pero apenas pude encenderle un cigarro, un Dunhill, y ver cómo lo olía sin lograr nada.

—Nada —dijo.

Y lo apagué.

Ni una tos. Ni una lágrima.

En marzo del 91 hicimos el velorio en Arequipa. Vinieron sus papás, con los ojos fríos, apretando el rosario, aferrados a un dios que yo no conocía. Sus compañeras de pedagogía, esas que le habían dicho que me dejara, también vinieron. Me miraban con una mezcla de lástima y desprecio. Como si Aurora se hubiera muerto por mi culpa. Yo era su mala decisión.

Quizá lo fui.

No hubo testamento, ni carta final, ni despedida con palabras bonitas. Solo su cepillo de pelo, lleno de rizos que se negaban a caer, y un frasco de perfume vacío… ya no olía a ella.

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