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Relato 10 · 1 min

Amor sin respiro

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

Laura estaba tapada hasta el cuello con la manta floreada. La misma con la que dormían juntos. La misma con la que ella se cubría cuando veía películas con frío. Santi se la puso despacito, como si eso pudiera cambiar algo. Como si tapándola bastara para que no estuviera muerta.

Dijo que había sido un error.

Dijo.

Pero antes de eso, le había gritado que despertara. Que ya pues, Laura, no jodas. Que respire. Por favor. Que solo un poco más. Un poquito más y ya. Pero no.

No hubo bocanada.

Se arrodilló. Le hizo respiración boca a boca. Como en los tutoriales. Como en las películas. Uno, dos, tres. Esperó el milagro.

Nada.

Solo ese silencio asqueroso que le ensordecía las sienes.

¿Hasta dónde era juego?

¿En qué segundo se cruzó la línea?

¿Fue su culpa… o fue, de los dos?

Cuando llegó la policía, él no corrió. No lloró. No supo cómo se llora eso. Dijo lo que tenía que decir: que se le fue de las manos. Que era su esposa. Que se amaban. Que solo estaban... probando. Como siempre.

Porque eso hacían. Desde hace años.

Porque ella también quería. Porque ella lo pedía a veces. Porque fue ella la que buscó el primer video, ¿o fue él? Ya no sabía.

Solo llevaban unos días casados. Pero eso no importaba. Se conocían. Se entendían. No como los demás. Ellos sí sabían lo que querían. Lo que deseaban.

Y sí, tal vez era raro. Pero era amor, ¿no? Amor del bueno. Amor con entrega. Amor sin juicio.

Amor sin...

Sin aire.

Ahora el abogado hablaba de nombres raros. Asfixiofilia, dijo. Que había literatura sobre eso. La asfixia erótica. Que se podía argumentar consentimiento. Que se podía... defender.

Pero ¿cómo se defendía a alguien que había amado tanto… que olvidó soltar?

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