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Desgraciados
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Relato 09 · 8 min

El Incendio

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

Ignacio ya no sentía los pies. Las suelas estaban rotas y el polvo del camino se le metía entre los dedos como si también caminara con él. A su lado, Chabelita iba en silencio, apretando la bolsa de caramelos como si fuera un tesoro. Todavía les quedaban más de la mitad. Y aún faltaban dos kilómetros para llegar a la plaza.

—Si no vendemos todo hoy… —dijo ella sin terminar la frase.

Él ya sabía. Sabía que eso significaba correazos, encierro sin cena o el peor castigo: el balde con agua helada y jabón. Sabía que era lunes y que la madrastra estaba más amarga que de costumbre porque el papá se había vuelto a ir a la selva, a lo de la madera.

—Hoy sí vendemos rápido —dijo Ignacio, solo por decir. Pero la voz le salió bajita, como si ni él se creyera.

Desde que la mujer aquella se había metido a su casa con sus propios hijos —niños bien vestidos que no salían a la calle ni para comprar pan—, él y Chabelita se habían vuelto los sirvientes, los empleados, unos esclavitos. La calle era dura, sí. Pero al menos allá no te daban con el cinturón por respirar.

La plaza Dos de Mayo olía a fritura vieja y fruta podrida desde que salía el sol. A Ignacio no le molestaba, ya ni lo notaba. Solo pensaba en vender los cien caramelos antes del almuerzo. Isabel decía que si lo hacían rápido, alcanzaba para comprar pan con queso, y tal vez jugar un ratito.

Chabelita era palabrera, rápida con la voz, tenía ese algo que hacía que la gente sí le comprara. Ignacio la miraba de lejos y la veía sonreír, mover la bolsa como si ofreciera joyas. Él, en cambio, se quedaba parado y solo decía: “caramelos, caramelitos…” A veces nadie lo escuchaba. O lo ignoraban. O lo trataban feo. Pero igual seguía.

Los mejores días eran cuando alguno de los otros chibolos que ayudaban a sus papás le daban una bolsa de mazamorra. Ignacio se guardaba la bolsita en los bolsillos como si fuera oro caliente y corría a buscar a su hermana. Siempre compartían. Siempre.

Los demás niños se reían cuando Ignacio decía que no iba al cole, “¡Qué suerte tienes!” le decían. Pero Ignacio no se sentía suertudo. Ni un poquito. Él quería lápices. Quería saber multiplicar y dividir como esos chicos. Sabía que lo miraban con pena a veces. O con curiosidad. Como si él viviera en otro planeta. Y sí. En cierto modo, sí.

Chabelita había ido a primero de primaria. Sabía leer. Se lo enseñaba en secreto, usando envolturas de caramelos o cartones tirados. Ignacio no decía nada, pero le gustaba cuando ella le señalaba las letras y le decía “a de abeja, b de burro, c de casa y así”. Era como tener una llave para algo que todavía no entendía.

A veces, mientras vendían, unos perros se les pegaban. Perros callejeros, sin dueño, pero buenos. De esos que mueven la cola si les hablas bonito. Ignacio les lanzaba pan duro o les rascaba detrás de la oreja. Hasta les ponía nombres. A uno le decía Capitán. Otro, con el ojito malo, era el Tuerto.

No eran como los perros de su casa. Esos eran salvajes. Rondaban los cerros de basura, salían de noche con los ojos rojos, gruñían sin razón. A Ignacio le daban miedo. Por eso había hecho su resortera. Con una rama fuerte, unas ligas que encontró y la ayuda de un ambulante, armó su “cacha”. Se volvió canchero. Le podía dar a una lata desde bien lejos. Cuando se lo mostraba a los otros chibolos, le decían “cuidado con eso, Rambo”.

La “cacha” también era su escudo. De noche, cuando volvían por la carretera a Yura, Ignacio la llevaba lista en el bolsillo. A veces hasta dormía con ella bajo la almohada. Le hacía sentir que podía protegerlo o a su hermana si pasaba algo feo.

Isabel, en cambio, no tenía armas. Pero tenía carisma. Vendía más rápido, siempre. A veces, cuando ya había acabado sus caramelos, se iba donde la señora Ruth. La “tía” vendía menú y a veces le daba flojera picar cebolla para el día siguiente. Ahí entraba Chabelita. Por cinco mil intis la ponía a llorar con las cebollas. Ella aguantaba. Luego se compraba mazamorra morada y la partía en dos, mitad para Nachito, mitad para ella.

Ruth decía que esa niña tenía futuro, que hablaba como grande. Una vez la escuchó diciéndole a una clienta: “esos caramelos le bajan la presión, señora”. Y la señora le compró dos.

También visitaba a Don Lalo, un zapatero viejo que siempre estaba en su covacha de madera y esteras. Tenía la espalda encorvada y las manos duras, pero le caía bien Isabel. Le compraba caramelos los viernes, a cambio de que le contara los titulares de los periódicos. Ella los leía cuando pasaba por los puestos, los memorizaba, los armaba en su cabeza como cuentos.

—El lunes se cayó un avión en Iquitos. El presidente dijo que abrirá nuevos mercados del pueblo. Y el alcalde construye un muro porque se vienen las lluvias —decía con seguridad.

Don Lalo escuchaba mientras cosía, y a veces se reía con una risa ronca, medio borracha. Isabel no le tenía miedo. No todavía.

El viernes no pudo ir donde Don Lalo. La señora Ruth la llamó temprano para cortar cebolla y eso era plata segura. Pero al día siguiente, sábado ya casi de noche, se asomó por la fila de los zapateros. Algunas lámparas ya estaban encendidas, el olor a pegamento y cuero mojado flotaba en el aire.

Don Lalo la saludó desde adentro.

—Pasa, bella, que justo estaba pensando en ti.

Isabel entró confiada. Él siempre había sido amable. Pero algo estaba raro. La puerta se cerró detrás de ella y el aire se volvió espeso. El viejo tenía la boca floja, una baba le corría por la barba y olía como huelen los borrachos después de una siesta.

Cuando él se sacó el cinturón, ella no entendió al principio. Pero algo dentro suyo, como un relámpago, le gritó que corriera. Trató, pero ya era tarde. La levantó como si no pesara nada y le estampó un beso que le quemó la boca. Tenía sabor a trago viejo y a miedo.

Isabel gritó sin voz, y sus uñas fueron a parar directo a los ojos del viejo. Don Lalo chilló, la soltó, y ella escapó entre la estera como un ratón perseguido por el fuego.

Corrió sin saber a dónde. No se detuvo hasta llegar a la esquina de la plaza. Se escondió tras una caja de verduras podridas, con las piernas temblando y la garganta seca.

No lloró.

No todavía.

El domingo Isabel no habló casi nada. Jugaba con Ignacio en el patio de cemento, pero su mirada estaba en otra parte. El cielo tenía ese color sucio que anuncia lluvia, y los gritos de la madrastra sonaban de fondo como una radio descompuesta.

De pronto, ella se sentó en las gradas y lo miró fijo. Tenía los ojos rojos, los labios apretados.

—No vayas nunca a la tienda de Don Lalo —le dijo—. Nunca.

Ignacio se quedó en silencio.

—Es malo con los niños… es… es un viejo que…

Y ya no pudo más. Las lágrimas le bajaron como velas derretidas, con mocos y todo. Él no necesitaba que le explicaran. Los chicos de la plaza ya le habían contado cosas. Cosas que pasaban. Cosas sucias. Cosas de las que uno tenía que cuidarse.

—¿Te metió mano ese viejo?

Ella asintió, rota. Ignacio la abrazó. La rodeó con sus bracitos flacos y no dijo nada. Solo sintió una rabia que no sabía cómo guardar. Y en ese momento, juró algo sin palabras.

El lunes, ya de noche, antes de volver a casa, Ignacio notó que todas las tiendas de los zapateros estaban cerradas. Era lunes, claro, su día de descanso. Pero dentro de la covacha de Don Lalo había luz. El resplandor amarillo de una lámpara petrolera temblaba tras la estera.

Se acercó. Miró por un agujero. El viejo dormía, la cabeza echada hacia atrás. Ignacio sintió cómo le latía el pecho en la garganta. Sacó la “cacha”.

Pensó en los ojos de su hermana. En su llanto. En ese beso robado. En la palabra “justicia”, que iba con J de jirafa.

—Ojo por ojo —susurró.

Apuntó. Tenía buena puntería. Podía darle. Pero no era lo mismo que con los perros de la carretera. Le tembló la mano. Cerró los ojos. Soltó.

El chasquido fue sordo. El vidrio de la lámpara estalló. El querosene cayó sobre un montón de cueros secos. En un segundo, todo fue fuego.

Ignacio no esperó a ver. Corrió. Corrió como nunca.

Detrás, las llamas crecían como bestias. El humo salió a morder a los vecinos. Gritos, carreras, el caos. Los bomberos llegaron tarde. Don Lalo salió envuelto en llamas, chillando como un animal maldito.

Dicen que se quedó dormido. Que la lámpara se cayó sola. Eso decía la gente.

Esa noche no hablaron.

Ni una palabra.

Caminaron los cinco kilómetros de vuelta en silencio, con los pies sucios, las bolsas vacías, el corazón repleto de algo que no sabían nombrar. Ignacio iba adelante, con la vista fija en el camino. Cada tanto se limpiaba los ojos con la manga, como si el viento le hiciera llorar.

Chabelita lo seguía sin decir nada, sintiendo algo raro. No miedo. Tampoco alivio. Era otra cosa. Una especie de orgullo que no sabía que podía sentir por alguien tan pequeño.

Cuando lo alcanzó en la última curva antes de casa, quiso decirle algo. No pudo.

Chabelita lo miró. Y lo abrazó.

Ignacio no preguntó por qué.

Y ella no necesitó decir nada.

Mientras bajaban por el barranco lleno de tierra seca, Chabelita miró las luces lejanas de la ciudad. Pensó, sin culpa, que ojalá… ojalá hubiese sido su madrastra la que ardiera esa noche.

Pero el destino había elegido a otro.

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