El Trio
Su cabeza reposaba en mi brazo.
Una mujer hermosa para su edad.
O tal vez era la calentura.
Podía ser mi madre. O mi abuela. Bueno… no tanto.
Hacer el amor con ella fue... tranquilo.
Ella llevó el control todo el tiempo.
Nada de maratón de posiciones como con mis noviecitas de turno.
Y estuvo bien. No increíble. Pero bien.
Deseo cumplido, al fin y al cabo.
Salvo por un detalle.
Antes de sacarnos la ropa, encendió unas velitas frente a la foto de su difunto esposo.
Recitó unas frases en latín.
Yo me hice el loco. Supuse que era una especie de disculpa interna por lo que iba a hacer.
Una tradición… rara.
—¿Cuántos años tienes? —me preguntó, encendiendo un cigarrillo.
Su cara brillaba con el sudor.
Se tapó los senos con la cobija.
Y ahí estaban: firmes, vivos.
“Bastante bien para estar en sus cincuenta y pico”.
—Veintitrés —dije, incómodo.
Intenté cambiar de tema.
—¿Y qué dijiste antes de… ya sabes? ¿Un rezo? Hubiera sido mejor si le dabas vuelta a la foto.
—Lo invoqué —respondió seria—. Tenía que estar presente.
Me reí.
La tía estaba algo loca, seguro.
—¿O sea que fue como… un trío?
Frunció el ceño.
Señaló la foto.
—No. Ese señor me traicionó con decenas de mujeres. Me lo confesó antes de morir. No lo lloré. Le juré que me acostaría con cien hombres sobre su tumba.
Me giré. Le quité el cigarro y lo apagué en el cenicero.
La miré.
Había algo roto en sus ojos. Y aun así… me pareció dulce.
—¿Y si vamos por el segundo round…? —le dije con una sonrisa, el deseo asomando otra vez—. ¿Vas a volver a invocarlo?
—No entiendes —dijo mientras se levantaba—. Ayúdame a mover el colchón.
Obedecí.
Levantamos el colchón.
Tuve que soltarlo al instante.
En la base de la cama, encajada como parte del marco… una lápida. Con su nombre.
Me vestí en silencio.
Ella no dijo nada.
Y yo… no miré atrás.