Implicaciones de un Conjuro
No sé si fue el trago o esas setitas que probé por curiosidad, pero esa noche vi algo en el rincón del estudio. Estaba ahí, esperándome, cubierta de polvo como un cadáver mal enterrado: una máquina de escribir vieja, negra, oxidada en las esquinas, con las teclas marcadas por dedos que seguro ya ni existen. Juro por mi hígado que antes no estaba ahí. ¿O, acaso la conseguí en casa de mis abuelos?
La miré un rato largo, como quien ve a una ex que creía muerta. Me acerqué. La toqué. Sentí un escalofrío que me subió desde las uñas. Y entonces sin pensarlo mucho, la encendí. Bueno, no se encendía; no era digital ni moderna ni nada. Solo metí papel, apoyé los dedos sobre las teclas y me dejé ir.
Y fue como si algo me poseyera.
No exagero. Las palabras salían solas, como vómito. No tenía que pensar en tramas ni personajes ni cierres redondos. Todo fluía, directo desde una parte de mí que nunca había tocado. Oscuro. Perverso. Real. Esa máquina conocía rincones de mí que yo mismo había olvidado. Cuentos enteros. Imágenes que no eran mías, pero sí lo eran. Conversaciones que no me habría atrevido a escribir, no en estado normal. Uno tras otro. No podía parar.
Pero después de cada sesión venía el bajón. El vacío. La paranoia. Me temblaban las manos, sudaba frío, escuchaba voces detrás de las paredes. A veces me sangraba la nariz sin motivo. ¿O tal vez sí? Empecé a dormir en el piso; para bajar mi estado febril; el suelo era amigo. Apenas envuelto en una manta vieja, con los ojos abiertos por si venía alguien a buscarme. Pero nadie venía. Solo yo, la máquina y los cuentos.
Al principio pensé que era el precio normal por escribir cosas buenas. ¿Buenas? ¡Ja! Un costo mínimo por la inspiración. Eso sí. Pero se volvió algo más. Empecé a perderme en los textos. Confundía lo escrito con lo vivido. Me descubrí hablando con mis personajes como si fueran reales. Reales de verdad, no en plan metafórico. Uno de ellos, un tal Dr. Philips —un vendehumo en mis cuentos—, me insultó en sueños. Me escupió. Me desperté sudando, con la cara empapada.
Y aun así, seguí escribiendo.
Lo intenté todo. Alejarme. Dormir. Tirarla a la basura. Pero siempre volvía. Siempre encontraba la maldita máquina en el mismo sitio. Esperando. Como una amante tóxica que sabe que no puedes dejarla. Como un demonio menor con hambre.
Y sí, lo acepto. Me estoy jodiendo la cabeza. Cada vez que termino un cuento, pierdo algo. Un recuerdo. Una palabra. Una parte de mí. Hace dos días olvidé el nombre de mi abuelo. Hoy confundí el termo con el dispensador de alcohol gel. Quemé mis manos. Mañana tal vez no sepa quién carajo soy.
Pero eso no importa, porque los cuentos están saliendo. Oscuros, jodidos, dolorosos. Como deben ser.
No quiero parar. Prefiero esto. Prefiero volverme ermitaño, loco, ruina, antes que escribir como antes. Antes era un farsante. Ahora soy un canal. De algo. No sé de qué. Pero es real.
Tal vez este sea el precio del conjuro. Tal vez lo invoqué sin saber, cuando abrí ese libro maldito al inicio. Cuando pedí, sin entender bien lo que pedía, que mis cuentos tocaran algo profundo en los lectores. Algo que no se cura.
Pues aquí está. Estoy pagando. Con gusto. Con cada neurona que me queda.
Y mientras pueda sostener mis dedos sobre las teclas, voy a seguir escribiendo.
Aunque me lleve la puta locura.