Aquarium
Los lunes pesaban más en febrero. En realidad, todos los lunes son pesados, pero en vacaciones dolían más, como si el mundo entero estuviera descansando, menos ellos. Mientras los demás niños de la ciudad blanca —con sus polos gastados y chancletas mojadas por los carnavales— seguían con la cabeza en las vacaciones, los Linares estaban atrapados en el garaje. En eso que llamaban “ensayo”.
La idea había sido de mamá, por supuesto. Doña Martina lo había decretado como si hubiera lanzado un conjuro: un año, solo un año, y luego harían lo que quisieran. Un año para intentarlo de verdad, para ser músicos en serio. Una banda familiar. Como esos videos gringos que te salen en YouTube con mamás rubias, niñitos felices y un papá que toca el bajo. Claro que aquí no había papá. Pero sí había promesa.
Richard, el mayor, se lo había prometido con esa frase de película barata: “Palabra de caballero, mamá”. Tenía catorce años, sonrisa filuda y pelo color zanahoria. “Tiburoncín”, le decían sus hermanos cuando querían molestarlo, porque devoraba las pizzas en tres mordidas. A él no le molestaba. Sonaba bien. Mejor que “zanahoria”, que así le decían los patas del barrio cuando jugaban fulbito. Él solo quería patear una pelota, pero el violín pesaba más. Había aprendido a no quejarse. Era el mayor. Y mamá se emocionaba tanto cuando lo escuchaba tocar que uno se sentía culpable de no querer tocar.
Yarek, en cambio, era más terco. Tenía doce años, los mismos que Doris, su gemela, pero siempre se las daba de más grande. Tocaba el chelo, aunque a veces lo miraba como si fuera un enemigo. Él hubiera preferido ser guitarrista de rock. De esos que se tiran al suelo y hacen gritar a la gente.
Doris era otra cosa. Menudita, con manos finas y ojos que parecían escuchar antes de mirar. Tocaba piano y no lo hacía por obligación. Le gustaba de verdad. Tenía una memoria brutal: podía recordar melodías con solo oírlas una vez. Cuando las tías venían, pedía permiso, se sentaba derechita y tocaba algo difícil. No decía nada, solo esperaba ese aplausito chiquito que a ella le sonaba a medalla de oro.
Y ahí estaba doña Martina, la madre de todos. Viuda, organizadora de eventos y soñadora reincidente: años imaginando que sus hijos formarían una banda.
La música, pensaba ella, era lo único que no fallaba. Los hombres, sí. El Estado, ni hablar. Las amigas a veces no lo eran, las tías criticaban. Pero la música… la música no se iba. Lo había leído en una revista mientras le hacían el cabello en el 2008, con Richard todavía dando pataditas en la panza. “La música clásica estimula el cerebro del feto”. Así decía el artículo. Lo recortó y lo pegó en la puerta del ropero, justo al lado del ultrasonido. Una página arrugada con la cara de Beethoven al lado de una mancha negra que los doctores llamaban “niño varón”.
Enviudó cuando los mellizos apenas habían llegado. Accidente de carretera. Luego del velorio: las deudas. Años después, el encierro. Pero ella no iba a dejar que sus hijos fueran mediocres. Ni con pandemia ni sin papá. Por eso cada navidad les compraba un instrumento, aunque tuviera que pagarlo en cuotas eternas. Por eso pagaba las clases del señor Meza, ese profesor que parecía un fraile, pero sabía de música como los ángeles. Y por eso, cuando ya no hubo más excusas, convirtió el garaje en una especie de academia personal.
Le había metido espejo grande, como en los estudios de baile. Mandó forrar el piso con tapiz, para que no se le helaran los pies a Doris. Colgó posters de compositores con frases motivadoras que había impreso en su chamba. Hasta el letrero de “Estudio Aquarium” les hizo, porque así se querían llamar como banda. Aquarium. Porque así lo votaron, y porque a veces se sentía como si vivieran todos bajo el mismo vidrio, mirados por otros, pero sin que nadie entendiera bien lo que pasaba adentro.
Había hecho un trato con ellos. Uno solo. Un año.
—Denme un año hijitos, y luego hagan lo que quieran. Rock, fulbito, videojuegos, lo que sea. Pero este año es mío.
Y lo cumplieron. Practicaban cada día, dos horas mínimo. Aunque el profesor solo iba los viernes, ellos solitos se organizaban. A veces discutían, claro. Ella escuchaba los gritos mientras cocinaba. Pero al final del día, siempre sonaban. Y sonaban bien. El esfuerzo dejaba una huella invisible que no sabía nombrar, pero le daba paz al cerrar los ojos.
Después de Año Nuevo, todo parecía marchar mejor. Las mascarillas ya no eran obligatorias. Sería un año de poca lluvia, más bien el calor afinaba las notas. Richard había aprendido a tocar de memoria un pasaje entero de la quinta sinfonía. Lo tocaba con los ojos cerrados, en plan misterioso, como si fuera un violinista profesional. Yarek lo vacilaba: “Ya pues Tiburoncín, abre los ojos, que Beethoven no era ciego”. Pero igual lo admiraba. Aunque no lo dijera.
Fue idea de mamá grabarlos. Un ensayo completo, con trípode y todo. “Para tenerlo de recuerdo”, dijo. Pero ya se notaba que pensaba subirlo. Y lo hizo esa misma noche, directo a YouTube. Ni bien le pusieron play al video, sintieron vergüenza. ¿Así se veían? Pero al día siguiente tenían treinta vistas. Luego cien. Luego mil.
—¿Y si nos hacemos famosos? —dijo Doris, muy seria, con las manos en el regazo.
Yarek se rió. Richard se encogió de hombros. Pero dentro de ellos algo se infló. Una burbuja de posibilidad.
En menos de un mes tenían más de tres mil visitas. Casi doscientos “likes”. Comentarios de gente que no conocían: “Qué talentosos”, “Felicidades a la mamá”, “Se nota el amor”. No era como cuando los aplaudían las tías por compromiso. Esto era distinto. Gente real. Gente que no tenía por qué decir nada, pero lo decía igual.
Eso los empujó a hacer doble turno. Dos horas por la mañana, dos por la tarde. A veces no tenían ganas, pero igual bajaban. Atrapaban las partituras como quien carga mochilas pesadas, y luego empezaban a tocar. Y poco a poco se iba la flojera. A veces se reían en medio del ensayo, a veces discutían por tonterías, pero el sonido terminaba ganando. La música los corregía.
Doris, en especial, parecía flotar cuando tocaba. Soñaba sí, pero a paso firme. Tenía un cuaderno donde anotaba ideas, hasta el vestuario que usarían cuando fueran al concurso de talentos. Falda negra, polos con brillo, luces led en el escenario. Y si alguien se burlaba, bajaba la mirada, se quedaba callada… y luego alzaba la voz en el piano.
Y Richard… a veces se sorprendía a sí mismo disfrutando. No siempre, claro. Pero había momentos en que el arco se deslizaba como mantequilla, y el sonido salía justo como él quería. Ahí pensaba que tal vez no era tan tonto soñar un poco.
Yarek se paraba frente al espejo, chelo en mano, imitando a un guitarrista mientras ensayaba poses de televisión. Una vez terminó de espaldas por hacerse el rockero. Doris no paró de reírse por dos días.
Afuera, la ciudad seguía igual: con su calor por las mañanas, las lloviznas por las tardes, los vecinos con los carnavales. Pero adentro del garaje había otra cosa. Algo que se parecía mucho a la felicidad. O, al menos, a un ensayo de felicidad.
Aquel lunes amaneció más caluroso que de costumbre. De esos días que hasta las sábanas sofocan. Richard abrió los ojos sin ganas. Escuchó los pasos de mamá en la cocina, el vaivén de una cuchara en la tasa. Él solía ser el primero en moverse, en poner el día a andar, pero esa mañana se quedó unos minutos más, sintiendo el techo mirarlo sin decir nada.
Doris fue la primera en bajar al garaje. Llevaba puestas sus zapatillas blancas, tan cuidadas que parecían una extensión de su cuerpo. Apenas entró, soltó un sonido raro, entre sorpresa y asco. El piso hacía chop chop bajo sus pies. El tapiz estaba empapado. Como si alguien hubiera tirado un balde entero de agua.
Gritó por mamá. Doña Martina bajó con el bolso ya colgado al hombro y una mano cargando su táper. Vio el desastre, lanzó un suspiro que fue más un quejido, y murmuró una maldición contra los vecinos. “Por esas porquerías de carnavales…” Y claro, tenía sentido: el día anterior, la cuadra había sido un campo de guerra con globos y baldes. El garaje, al estar un poco más abajo, había tragado toda el agua sucia.
—Van a tener que secarlo —dijo, sin dramatismos, mirando a Richard y a Yarek como quien reparte castigos justos—. Trapos, baldes, ya saben. Yo llego tarde si me quedo.
Lanzó un beso al aire, ajustó el cierre del bolso y se fue. Así, sin más.
A Richard se le cruzó por la cabeza decir que no, que mejor lo dejaran secar solo. Pero ya era tarde. Yarek gruñó, Doris se cruzó de brazos como inspectora municipal, y la mañana se convirtió en faena.
Trapear, exprimir, trapear, exprimir. El calor pegaba afuera. El olor a humedad subía, y el garaje parecía sudar con ellos. Doris caminaba alrededor, señalando con el dedo, marcando zonas húmedas con la autoridad de quien siente que todo le pertenece: el garaje, la banda, el mundo.
—Ahí también. Y ahí. Falta un poco más.
—¿Y tú? —resopló Yarek, apretando el trapo con ganas, como si pudiera vengarse de su hermana a través de él.
—Yo ya hice. Revisar es parte del trabajo, ¿no?
Richard no dijo nada. Estaba demasiado ocupado haciendo cuentas mentales de cuántas horas de fulbito se había perdido desde enero.
A los diez minutos, Yarek soltó el trapo y salió sin avisar.
—¿A dónde crees que vas? —le gritó Doris, pero él no respondió.
Richard se encogió de hombros. Mejor que se largue. Estaba jugando más que trabajando.
Unos minutos después, Yarek volvió. Sonriente. Triunfante.
—Ahora van a ver cómo trabaja la tecnología.
Cargaba la aspiradora en alto, transformada en su arma secreta. La enchufó sin pedir permiso, se arrodilló y empezó a succionar una parte del tapiz. El sonido del aparato fue áspero, como un rugido contenido, pero el agua empezó a desaparecer. La tela se alisaba. El piso parecía secarse por arte de magia.
—¿Ven? ¿Quién es el flojo ahora?
Yarek saludó al público invisible. Doris se hizo la indiferente, pero tenía media sonrisa escondida. Afuera, una nube tapó el sol por un segundo.
Richard pensó que, al menos, terminarían más rápido. Incluso se animó a seguirle la corriente: estiró el brazo, tomó su violín del estuche y tocó una nota tonta. Algo así como una señal de “bien hecho, general”.
Yarek reanudó la aspiración, entusiasmado. Se movía con el ímpetu de una competencia, recorriendo el tapiz húmedo con la manguera negra, orgulloso. Sonrió con la boca llena, como solía hacer cuando ganaba en los videojuegos. Doris, desde un rincón, se cruzó de brazos y levantó las cejas. Estaba a punto de soltar otra orden, pero se lo pensó mejor. Solo bufó. Medio vencida, medio celosa.
Todo era ruido, entonces: el chillido de la aspiradora, las pisadas sobre el tapiz mojado, el zumbido agudo que siempre hacía ese enchufe viejo al lado del espejo. Richard lo escuchó. Siempre lo escuchaba. Pero esa vez sonó distinto. Más áspero. Como si quisiera decir algo.
—Yarek —dijo, sin gritar, sin urgencia. Solo eso.
Y luego:
—¡Apágalo!
Pero la palabra no llegó del todo. Fue cortada por algo invisible. Un golpe seco. Un relámpago sin luz.
El cuerpo de Yarek se arqueó, jalado por una fuerza brutal que nadie alcanzó a ver. La aspiradora cayó con un chasquido. Un sonido raro. Richard sintió cómo el piso le jalaba las piernas, un fuego helado subiéndole por los brazos. Quiso soltar el violín, pero los dedos no respondieron.
Doris gritó algo. No se entendió qué. Tal vez “mamá”, tal vez solo un chillido sin forma.
Richard sintió un olor metálico. Como cables quemados. Como monedas viejas. Vio un destello en los ojos de su hermano antes de que se apagaran.
Quiso pensar algo. Algo útil. Pero el pensamiento no llegó. Solo un calor en el pecho, una punzada detrás de los ojos, y luego… nada.
El sonido de la aspiradora se tragó el resto.
Doña Martina se había ido sin mascarilla, pero no quiso regresar por ella. Ya llegaba tarde. Otra vez.
En el bus, miró por la ventana sin mirar. Todo era manchas, gente, cables. Sintió ese vacío raro en el estómago. Le pasaba a veces, cuando dejaba a los chicos solos. “No les dije que no enchufen nada mojado”, pensó en llamar, pero decidió que no valía la pena. Dio igual.
Cuando volvió a casa, lo primero que notó fue el silencio.
Dejó el bolso sobre la mesa sin sacarse los zapatos. Los llamó por sus nombres:
—¡Doris!, ¡Yarek!, ¡Richard!
Nada. No era el silencio común, ese que suena a casa vacía. No. Este era otro. Más espeso. El aire estaba detenido.
Caminó hacia el garaje. La puerta estaba entreabierta. Las llaves se le cayeron al suelo. No las recogió.
Y entonces, supo.
Primero fue el olor. Ese tufo agrio, mezcla de humedad y quemado. Después, los cuerpos. Los tres. Caídos. Cada uno en su rincón.
No gritó. No aún.
Se arrodilló junto a Richard. Le tocó la muñeca. Fría. Fue a Yarek. Lo volteó con las manos temblorosas. Nada. A Doris… no pudo.
Gritó. Pero no fue un grito. Solo escapó un aire roto, sin voz.
Llamó a los bomberos con el pulgar torpe. Les dijo que algo había pasado. No supo explicar. No había palabras.
Se quedó allí, sentada en el piso mojado, los pantalones empapados, las manos en el regazo. No lloraba. No aún. Solo pensaba en cosas sin sentido: su bolso, la mascarilla, el brillo de los zapatos de Doris el día anterior. Pensamientos como agujas.
Los bomberos tardaron trece minutos en llegar. El tiempo exacto que le había tomado preparar el desayuno esa mañana.