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Relato 07 · 4 min

La Ruleta

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

Pelé o Maradona.

Otra vez con la misma huevada.

Cuatro hombres sentados en una mesa de madera maltratada, cerveza tibia, humo rancio de cigarro flotando entre insultos y risas. Discutían como si no tuvieran nada más que discutir. Como si el futbol los salvara de hablar de lo que realmente importaba.

Ángel DeLobos los escuchaba con media sonrisa torcida. No decía nada. Solo bebía, observaba. Alguien que habría agudizado los sentidos podía ver lo que eran: botas brillantes, camisas abotonadas hasta el cuello, jerga de cuartel. ¿Lo notaría la gente? ¿O ya nadie quería ver?

Qué más daba. El bar estaba casi vacío. Solo quedaban ellos y un par de gatos que bostezaban cerca del baño.

Cuando el último cliente cruzó la puerta y sus voces sonaban con eco, el ambiente cambió. Como si todos hubieran soltado el aire contenido. El silencio cayó sobre la mesa como un trapo mojado.

Lazarte fue el primero en abrir el hocico:

—Vete a descansar, Chinín. Nosotros cerramos.

El cantinero, ese tal Chino Lee, lo miró un segundo de más. Luego suspiró y sacó las llaves de debajo del mostrador. Caminó despacio, como quien se despide de su propio local.

—Dame las llaves del Búnker —repitió Lazarte, estirando la mano con una sonrisita de mierda.

Chino se las entregó sin chistar. No era la primera vez que esos policías hacían suyas las madrugadas. Y tampoco era tan huevón como para decir que no.

El ambiente estaba raro. Algo que no cuadraba.

La conversación sobre Pelé y Maradona se había apagado, no había sentido en seguir fingiendo que todo era normal. Ahora había miradas. Gestos. Silencios incómodos.

—Bueno, DeLobos... ¿vas a unirte o no? —soltó Reátegui, sin rodeos.

Linares no se quedó atrás:

—Sí, carajo, habla de una vez. No te quedes ahí como cirio de velorio. ¡Suelta!

DeLobos apenas levantó la mirada. La cerveza ya le sabía a meada tibia. Ni se dio cuenta en qué momento se había calentado. Lo dejó sobre la mesa con un golpe seco. El sonido fue más fuerte de lo que esperaba.

—¿Y qué pasa si digo que no? —escupió.

Lazarte se puso de pie con parsimonia.

—Voy a mear. Retener cerveza a esta edad jode la próstata —dijo, y se alejó hacia el fondo, sin apuro.

Reátegui lo miró como quien evalúa un bicho raro.

—Mira, loco. Estás hasta el cuello con nosotros. Si no quieres seguir, no sigas. Pero mantén el puto hocico cerrado, ¿sí? Mudo te ves más bonito.

Un segundo de silencio.

La radio, como si se burlara, escupía una vieja canción de Los Abuelos de la Nada. Cosas Mías.

DeLobos rió. Una risa baja, sin ganas.

—Dejen que termine la canción, perros.

La tensión se mantuvo flotando. No hicieron comentarios. Solo esperaban. Como si la canción fuera una cuenta regresiva.

Colgada del aire, como si la radio también estuviera esperando su decisión. “Yo no pedí nacer así, son cosas mías…”

Desde el cole ya buscaba a los más podridos. No era admiración. Era esa necesidad sucia de sentirse parte del desastre. De oler la pólvora antes del disparo. En Arequipa lo conocían como un bicho raro. Pero en Lima… en Lima encontró su manada.

“El Loco” DeLobos. Así lo bautizaron al poco de llegar.

Y él, como buen perro sin dueño, se dejó llamar.

Los tres años con Reátegui, Linares y Lazarte habían sido una espiral. Todo empezó con coimas, silencios, miradas que no veían. Después vino la presión, los favores, los sobres cerrados. Y cuando quiso darse cuenta, ya estaba metido hasta las bolas.

Pero había una línea.

Una maldita línea que no pensaba cruzar.

Se lo había prometido a su viejo, con la voz temblando entre tubos y máquinas, el día que se lo llevó la fibrosis.

“Estás a tiempo, Ángel. Un DeLobos haciendo carrera en la policía. Reacciona hijo.”

Y él, apretando la mano huesuda de su padre, asintió. Como si esa promesa tuviera algún valor.

La promesa lo seguía. Como un perro flaco. Como un tumor.

Y ahora ahí estaba, en un bar casi vacío, rodeado por los únicos tres hombres que aún lo consideraban parte del rebaño. Y justo esos tres lo querían convertir en algo más. Algo peor.

El corazón le latía lento, como si también lo estuviera pensando.

Linares lo miraba con los ojos entrecerrados.

Reátegui tamborileaba los dedos sobre la mesa.

Esperaban.

Ángel DeLobos tomó el vaso, le dio el último sorbo y dejó que el amargor le limpiara la garganta. Ya no era cerveza. Sabía a algo más. A despedida.

—Estoy fuera, malditos —dijo, sin levantar la voz.

Y entonces, el sonido de los pasos.

Tranquilos, arrastrados. Como si el piso supiera lo que venía.

Lazarte regresaba del baño.

No preguntó nada. No dijo nada.

Llegó hasta él. Se limpió una gota de sudor. Levantó el brazo y apoyó la Compact de nueve milímetros contra la sien de DeLobos.

Como si fuera parte del plan desde el principio.

Un trámite.

Disparó.

Al día siguiente, los kioscos de Lima vendían titulares con letras rojas:

“Policía ebrio muere jugando a la ruleta rusa.”

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