Danke
Ladridos. Otra vez. Siempre los ladridos.
¿No les gustan las fiestas a los perros? No era eso.
Danke no soportaba las visitas, y ahora estaba afuera, rascando la puerta como si quisiera arrancarla. Génesis trataba de ignorarlo, pero ya la música estaba tan alta que dolían los oídos. A más ladridos, más le subían el volumen.
Bossa nova, decía su mamá. “Música fina”, le gustaba repetir. Pero todo sonaba hueco.
Ella solo quería estar con Danke. Siempre lo quería cerca.
Desde que su papá se había ido —cuando tenía cinco—, Danke era el único que no se iba, que no se enojaba, que no la miraba con cara de fastidio.
Su mamá decía que su papá era un cobarde.
Génesis ya ni recordaba su voz. Solo sabía que ahora tenía otro hijo allá en Estados Unidos. Uno nuevo.
¿Conocería alguna vez a su hermanastro?
Le tenía sin cuidado.
Leo, su primo, también estaba en la fiesta. Un año menor, decía las cosas sin miedo, sin vergüenza. A veces confrontaba a Génesis.
¿Era malo? No. Solo… raro.
No le gustaban los abrazos. Jugaba solo.
Cuando los adultos lo regañaban, no lloraba.
Y cuando Génesis le prestó, a regañadientes, su serpiente de peluche, él pareció contento.
Luego le cayó un vaso de chicha al juguete.
¡Fue un accidente! ¿Ocurrió sin querer? Sí, Génesis lo sabía.
Pero igual lloró. Gritó.
Maldecía por dentro mientras las lágrimas le caían solas.
No soportaba que algo suyo se arruinara.
Las tías obligaron a Leo a disculparse, y él lo hizo.
Pero no era suficiente.
Nada lo era.
Danke seguía ladrando. Golpeaba la puerta con las patas.
Leticia, la mamá, le pidió que lo calmara.
Génesis fue al patio, se agachó y le murmuró al oído.
Le dijo que era injusto. Que nadie la entendía. Que Leo era cruel y todos lo celebraban.
Danke la miró y se quedó quieto.
Solo respiraba fuerte, con las orejas altas.
Como si entendiera.
Más tarde, Leo resolvió un acertijo que su tío había lanzado como broma.
Génesis se sintió expuesta. Humillada.
Lo había resuelto antes que ella, y además se rieron.
Lo aplaudieron.
Él, el menor.
Ella, la lista, la brillante, quedó muda.
Entonces lo hizo.
Acusó a Leo de intromisión.
Y le lanzó un vaso de chicha en la cara.
Temblaba de rabia.
Leticia la mandó a su cuarto. A “reflexionar”.
Génesis subió llorando, empujando todo a su paso.
Danke volvió a ladrar.
¿Presentía la pena de su amita?
Él ladraba por ella.
Tirada en la cama, juró cosas terribles. Se le cruzó la idea de que Leo desapareciera. Que se lo tragara la tierra. Dijo cosas en voz baja que ni ella se esperaba.
El dolor de cabeza le subía lento.
El cuerpo le pesaba. Y entonces, el sueño.
Volaba. Siempre volaba con Danke. Él tenía capa, fuerza, hablaba. Era su superperro.
Ella también. Volaban por la ciudad, castigando villanos.
Él le preguntaba: “¿Hacemos justicia hoy?”
Y ella daba patadas mortales. Reía. Giraba en el aire. Eran invencibles.
En la vida real, Danke la cuidaba.
Jugaban. Hablaban.
Bueno, ella hablaba.
Él la miraba con esos ojos de comprensión perruna que nadie más tenía.
Su mamá llegaba de noche.
La señora Renata, la cocinera, le hablaba a ratos, y luego se perdía en sus novelas.
Pero Danke... él sí estaba.
Siempre.
Entonces, un grito.
Otro.
La voz de la tía. Desesperada.
Génesis se despertó de golpe. Se incorporó.
Danke estaba junto a su cama.
El hocico manchado de sangre.
La miraba.
Y ella no se asustó.
Lo miró en silencio.
No preguntó nada. No necesitaba hacerlo.
El pastor alemán ladeó apenas la cabeza, como esperando aprobación.
Y Génesis, sin decir palabra, asintió muy despacio.
Una vez. Solo una.
Y en su mente, volvió la voz de siempre:
“¿Hacemos justicia hoy?”