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Relato 33 · 1 min

¿Solo un mal sueño?

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

Después del servicio militar, me ofrecieron un puesto de vigilante nocturno en los campos de tuneras.

Cuidar la cochinilla: me dijeron. Un bichito blanco que sembraban en las pencas, metían en bolsas de papel y vendían para hacer tintes.

Un trabajo sencillo, salvo por una orden que no era broma:

Si veía ladrones, disparar primero. Preguntar nunca.

Eran gente mala, capaz de saltar cercas y reírse de los disparos de advertencia.

Pasó un mes sin incidentes. Hasta aquella noche.

No fue uno. Fueron dos.

Desde mi torreón, que parecía una torre Eiffel enana y oxidada, vi las sombras cruzando el campo como ratas.

Les apunté con la linterna. Toqué la campana.

Don Augusto salió a toda prisa con varios peones detrás.

Uno de ellos me gritó:

—¡Chútales, carajo!

Levanté el fusil.

Apunté.

Pero no pude.

Eran chicos.

Jovenzuelos.

Uno ni siquiera tendría la barba completa.

En vez de disparar, bajé las escaleras a trompicones.

Disparé al aire, como advertencia.

El eco reventó contra las tunas.

Uno de los peones me arrebató la linterna y se lanzó tras ellos.

Yo seguí, ciego en la oscuridad.

Gritos.

Disparos.

Algo cayó pesado en algún lugar.

Avancé, temblando, sin saber si era sudor o sangre lo que me resbalaba en la frente.

Y entonces...

Un golpe.

En la cabeza.

Oscuridad.

Dicen que fue un sueño.

Que me quedé dormido en la torre.

Que rodé por las escaleras.

Que me golpeé solo.

Eso dicen.

Ese mismo día, me despidieron.

Por dormilón.

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