¿Solo un mal sueño?
Después del servicio militar, me ofrecieron un puesto de vigilante nocturno en los campos de tuneras.
Cuidar la cochinilla: me dijeron. Un bichito blanco que sembraban en las pencas, metían en bolsas de papel y vendían para hacer tintes.
Un trabajo sencillo, salvo por una orden que no era broma:
Si veía ladrones, disparar primero. Preguntar nunca.
Eran gente mala, capaz de saltar cercas y reírse de los disparos de advertencia.
Pasó un mes sin incidentes. Hasta aquella noche.
No fue uno. Fueron dos.
Desde mi torreón, que parecía una torre Eiffel enana y oxidada, vi las sombras cruzando el campo como ratas.
Les apunté con la linterna. Toqué la campana.
Don Augusto salió a toda prisa con varios peones detrás.
Uno de ellos me gritó:
—¡Chútales, carajo!
Levanté el fusil.
Apunté.
Pero no pude.
Eran chicos.
Jovenzuelos.
Uno ni siquiera tendría la barba completa.
En vez de disparar, bajé las escaleras a trompicones.
Disparé al aire, como advertencia.
El eco reventó contra las tunas.
Uno de los peones me arrebató la linterna y se lanzó tras ellos.
Yo seguí, ciego en la oscuridad.
Gritos.
Disparos.
Algo cayó pesado en algún lugar.
Avancé, temblando, sin saber si era sudor o sangre lo que me resbalaba en la frente.
Y entonces...
Un golpe.
En la cabeza.
Oscuridad.
Dicen que fue un sueño.
Que me quedé dormido en la torre.
Que rodé por las escaleras.
Que me golpeé solo.
Eso dicen.
Ese mismo día, me despidieron.
Por dormilón.