Tráfico de lunes
La mañana apestaba a motor y a humo caliente.
Juan aplastaba el acelerador de su taxi sin avanzar más de medio metro.
Un lunes. Como si el mundo entero se hubiera volcado sobre la avenida Ejército, solo para joderlo.
Le palpitaba la sien.
Tanto whisky barato. Tanta jugada estúpida.
Reyes.
Malditos reyes.
Había apostado todo en ese póker brillante.
Todo.
Y Miguel, con su sonrisita idiota, había soltado la escalera real como quien lanza una granada sobre la mesa.
Miguel.
El mismo que ahora tenía la ambulancia.
Buen sueldo.
Turnos decentes.
La mujer bonita que, alguna vez, fue de Juan.
Como sus ahorros.
Como todo.
Un zumbido rasgó la congestión: sirena.
Juan miró por el retrovisor.
La ambulancia, abriéndose paso como un tiburón entre cardúmenes de lata.
Y claro, era Miguel.
Juan aflojó el pie del acelerador, listo para abrirle camino.
La ley. El sentido común.
Así debía ser.
Pero entonces... la risa.
La risa de Miguel la noche anterior, entre naipes y bromas babosas.
Confesando:
Que a veces la ambulancia iba vacía.
Sirena encendida, solo para cortar tráfico.
Como si la ciudad le debiera la vida a su ego.
Juan apretó los dientes.
Volvió a pisar el freno.
Que jodiera a otro.
Se quedó en su carril, bloqueándolo.
Ignoró bocinazos, insultos, manos agitándose furiosas en los otros carros.
Que esperara.
Que aprendiera.
Que se ahogara en el caos que tanto le gustaba armar.
Cinco minutos de rabia silenciosa.
Cinco minutos saboreando la pequeña victoria podrida.
Al fin y al cabo, lo habían humillado en la mesa de póker.
Lo habían borrado del corazón de la mujer que ahora le decía mi amor a Miguel.
Pero esto… esto nadie se lo quitaba.
Hasta que recibió la llamada.
Que su madre.
Que una descompensación.
Que la ambulancia, demorada.
El lunes no había terminado.
Y ya lo había arruinado todo.