Viernes No Santo
El padre había dicho en la misa que ese era el día más sagrado del año, pero en casa de los Gamarra los buñuelos ya estaban fríos y los niños dormían como piedras. Samuel se ajustó la máscara de cuero, esa con cuernos de chivo, y miró a Mariana. Ella llevaba la suya sin ningún titubeo.
—Es una tradición —le había dicho su suegra cuando los invitaron por primera vez—. Nuestros abuelos la celebraban. Incluso los curas de antes lo sabían. Pero no hablaban.
En la calle, otras sombras caminaban hacia la casa elegida. Nadie hablaba. Nadie se reía. La idea era clara: Dios no miraba esa noche. Estaba muerto, o dormido, o distraído. No importaba. Lo importante era que no miraba.
Y ellos… ellos iban a aprovecharlo.
La primera vez que Mariana oyó del ritual tenía doce años y escuchaba detrás de una pared. Su tía no sabía que ella estaba ahí, ni que había aprendido a reconocer cuándo los adultos hablaban de cosas “para mayores”. Algo sobre máscaras. Sobre cuerpos. Sobre que “Dios no miraba” ese día.
Años después, cuando se casó con Samuel, su suegra se lo dijo sin rodeos:
—Ya es hora de que participen. Este año los Vega abren su casa.
Habían pasado días hablando de eso como si fuera una cena especial, o una misa de gallo. Los hombres decían poco. Las mujeres sonreían más de la cuenta.
Esa noche, después de bañar a los niños y hartarlos de buñuelos y ponche, Mariana los vio caer rendidos. Les contó la historia de las ánimas, como le habían enseñado a ella: que los muertos salían a caminar con Jesús, que lloraban mientras Él cargaba la cruz. Se sintió estúpida contándola, como si mentir también fuera parte del rito.
Samuel se puso su máscara de cuero sin decir palabra. Ella eligió la suya con cuidado: una de plumas oscuras y una cruz invertida. No sabía si era tradición o herejía. ¿Qué le diría su madre? O peor aún, si la viera su abuelita, tan devota ella.
Al salir, vio a otras dos parejas, cubiertas por la noche, moverse por la calle de tierra apenas iluminada por postes gastados de luz ámbar. Parecían fantasmas. O peregrinos sin fe. Pensó en los vecinos, en los hijos de sus amigas, en la cara del alcalde en misa esa mañana. ¿Estarían también ahí? ¿La mirarían?
No sabía si tenía miedo. O curiosidad. O si era otra cosa.
Solo sabía que esa noche, por fin, iba a mirar.
Al llegar a casa de los Vega, los anfitriones de turno, percibió el olor a velas gastadas y vino tibio. No había luces, solo faroles tenues colgados de sogas, como si se preparara una escena de teatro. Mariana sintió que cada sombra tenía dueño. Cada silencio, una intención.
Al entrar, una mujer —quizás una prima de Samuel, no estaba segura— le rozó la mano. El roce fue mínimo, pero no inocente.
Mariana apretó el puño.
Había cuerpos sentados en semicírculo, algunos con túnicas, otros con apenas una máscara. Hombres, mujeres. Viejos, jóvenes. Nadie hablaba, pero todos sabían cuándo moverse, cómo mirarse, a quién tocar. El ritual no tenía misa, pero sí liturgia.
Samuel caminó hacia un grupo de hombres. Mariana lo siguió con la vista, pero no fue tras él. Nadie iba con su pareja. Al menos, no al principio.
Le ofrecieron una copa de vino oscuro. La tomó sin agradecer. El sabor era dulce al inicio, pero con un amargor que se pegaba al paladar. La hizo toser. Alguien rió muy cerca de ella, pero no supo quién.
Quiso hablar. Preguntar algo. Pero las palabras parecían fuera de lugar.
Recordó a su madre diciéndole que el cuerpo era templo. Que había que cuidarlo. ¿También esto era parte de cuidarlo?
Alguien tocó música, apenas audible. No reconoció el instrumento. Algo de cuerdas, algo de metal. Algo que no buscaba alegrar.
Una mujer se acercó y le puso un collar de flores blancas. Flores reales. No supo si era una bienvenida o una prueba. Solo inclinó la cabeza y se dejó coronar, temblando.
Y entonces lo vio: el doctor Ramírez, pediatra de sus hijos. Sentado, desnudo del torso, con una máscara de pájaro.
Sintió el corazón retumbarle como si fuera a vomitarlo. No por él. Sino por lo fácil que fue reconocerlo.
¿Esto cambiaría cómo lo vería?
¿O acaso ya había empezado a cambiar cómo se veía a sí misma?
Mariana se quedó de pie. Notó que otras mujeres tenían el collar de flores en amarillo; otras, en rojo. ¿Qué significaban las blancas? El vino ya hacía lo suyo. La música seguía sin rostro. Sin forma. Como un susurro que nunca termina. Frente a ella, dos cuerpos danzaban. Una mujer arrodillada, un hombre como un altar. Alrededor, susurros que no eran oraciones.
Pensó en Samuel. Lo buscó con los ojos. Estaba en una esquina, sin máscara, con el pecho descubierto. Una mujer mayor le acariciaba el rostro. No parecía resistirse, tampoco disfrutaba. ¿O sí? Tenía esa cara suya, la que usaba cuando no sabía disimular.
¿Lo habían hablado?
Sí. En la cocina. De noche. Cuando los niños dormían.
—Si en algún momento no quieres… simplemente no lo haces —él le había dicho.
—¿Y tú? ¿Tú quieres?
—No lo sé.
Pero ninguno dijo no.
Y ahora ahí estaban. Entre el incienso falso, los cuerpos sudorosos y las máscaras que no tapaban nada.
¿Esto los cambiaría?
¿Podría mirarlo igual mañana?
¿Podría mirarse a ella misma?
Sintió que tenía que decidir. No por presión. No por miedo.
Por algo más turbio: porque en ese instante, creyó.
Creyó de verdad que Dios no miraba.
No que estuviera muerto. Ni dormido.
Solo… ausente.
Desinteresado.
Cansado de mirar tanto horror, tanta rutina.
Y esa ausencia, era un permiso.
Dio un paso.
Sintió que pisaba fuera de sí.
Alguien le agarró la mano, entrelazando sus dedos. Se dejó. Otro le desató el lazo del vestido.
La música siguió, sin compás.
Samuel no la miró.
Pero quizás la sintió.
Y entonces supo: esa noche no se trataba de amor, ni de placer, ni de castigo.
Era fe. Fe torcida. Fe puesta en la nada.
Fe en que el silencio de Dios era un espacio vacío que se podía llenar.
Y lo llenaron.
Hasta que el reloj marcó el final del permiso. Y dios volvió a mirar.