Jueves Santo
A sus casi noventa años, Don Remigio, el párroco de siempre, seguía arrodillándose cada Jueves Santo para lavar pies como quien intenta lavar culpas. Ese año, sin embargo, algo le incomodaba. La nueva comunidad—jóvenes, idealistas, inclusivos—había propuesto que los doce apóstoles fuesen hombres sin techo, “los últimos”, decían, “como en el Evangelio”.
Él se opuso, claro. Pero terminó cediendo, con una sola condición: que vinieran limpios. Bien bañados, uñas recortadas, sin olores que espanten al Espíritu Santo. Que el rito fuera pobre, sí, pero no inmundo.
Durante la misa, el viejo sacerdote apenas escuchó la homilía. Rezaba de memoria mientras pensaba en el lavatorio, en las cámaras que grababan todo, en los fieles que aplaudirían con lágrimas forzadas. Cuando llegó el momento, se arremangó la sotana y bajó con cuidado los peldaños del altar. A su costado, su fiel monaguillo sostenía la jofaina.
Uno a uno, los hombres desfilaron. Evitaba mirarlos a la cara. Solo pies: callosos, torcidos, vencidos. Pero al llegar al duodécimo, algo lo sacó del letargo. Uñas negras, cada una pintada con una cruz blanca en el centro. Sintió una punzada detrás de los ojos. Levantó la vista.
Era un rostro extraño y familiar. Pelo azabache, barba de nieve, ojos que le atravesaban los años.
—¿Se acuerda de mí, padre Remi?
Don Remigio no supo si fue la voz o el tono, pero algo se quebró.
—¡Rubencito! —alcanzó a decir, como si de pronto volviera a aquel verano de catequesis.
La sonrisa del viejo no alcanzó a florecer. Rubén sacó la navaja con una lentitud litúrgica, casi amorosa, y le abrió el cuello de un tajo. La sangre tiñó el agua sagrada.
Luego, con la misma calma con la que se había contenido tantos años, Rubén murmuró, solo para él:
—Por lo que me hiciste. Vida por vida, ojo por ojo.
Un grito seco quebró el silencio, el de la sacristana. Siguieron otros: gritos de mujeres, pasos apresurados, hombres sujetando a Rubén, murmullos, más gritos.
La iglesia, antes templo, se volvió escena.