✦Cuentos
Desgraciados
Abrir libro ↗
← ÍndiceUna dosis de oscuridad
Relato 51 · 4 min

En un segundo

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

¿Cuántas palabras puedes leer en un segundo? Un adulto promedio, tal vez una, dos. Tres, si tiene suerte. Yo, seis. Seis palabras por segundo. Lo medí. Lo practiqué.

Fue a fines de los ochenta, primero de secundaria, cuando llegó a Arequipa la técnica de lectura veloz. Un método revolucionario, decían. Para convertir hijos promedio en intelectuales voraces. Obvio, costaba un ojo de la cara. Pero mis viejos no escatimaban. Inversión, la llamaban. Además, todos los del colegio estaban inscritos. Bueno, todos los que podían pagarlo.

Mis papás alardeaban de mi velocidad con los tíos. Pero la verdad es que el truco era bien básico: enfocar el ojo en bloques de texto, pescar palabras clave, armar sentido. Y repetir hasta el mareo. Al principio no entiendes ni un carajo, pero después te acostumbras.

Hoy prefiero leer a mi ritmo. Disfrutar el libro. Releer si hace falta. Pero igual me sirvió. Aprendí inglés así. Ahora voy con el francés. Acá en Bruselas se hablan varios idiomas, y si quiero sobrevivir con mi tía Adelaida, más me vale entenderle a los belgas.

Adelaida se vino en los ochenta, huyendo de la crisis de aquellos años. Francia no la quiso mucho. Bélgica fue plan B. No era el sueño, pero le fue bien. Se casó. Tuvo hijas.

Y ahora me tiene a mí: su sobrino en exilio preventivo.

Porque sí, hace un mes yo era otro. Universidad privada, carro propio: un Mitsubishi Eclipse negro que hacía babear a mis patas y a las flacas. Era mi engreído. No solo por cómo rugía, sino por lo que decía de mí. Libertad. Velocidad. Estilo.

De cero a cien en diez segundos. Doscientos por hora si quería. Nunca llegaría a Fórmula 1, pero en mi Eclipse, era piloto.

También corría en los piques, obvio. Carreras clandestinas en la ciudad municipal. El Eclipse no solo era facha: tenía motor. Yo a veces quedaba último, otras rozaba el podio. Una sola vez gané. Pero no por falta de máquina. El problema era yo. O más bien, mi miedo.

No me atrevía a pisar a fondo. A llevar al Eclipse al límite. Me faltaban huevos, supongo.

Excepto esa noche.

Esa noche volé.

Gané, y no entendía cómo. Todos alucinaron. Yo también. Pero después lo pensé bien: fue el ron. Un par de buenos tragos antes de correr, y la timidez desaparece. El miedo se evapora. El riesgo se vuelve música.

Y no cualquier ron. Ron cubano. Del bueno.

Fue un martes, hace casi un año. Estaba en casa de Natalia, una amiga del postgrado. Estudiábamos en grupo, o algo así. Pero esa noche había piques, de los buenos.

No podía concentrarme. Mis patas hablaban de teorías, autores, fechas... y yo solo pensaba en largarme. Miré el reloj: las once y cuarto. Si salía en quince, llegaba sobrado.

A las once y treinta me paré.

—Chicos, se presentó algo importante. Continúen sin mí.

Se quedaron mirándome feo. Les jodió. Pero ya se les pasaría.

Salí como alma que lleva el diablo. Me subí al Eclipse y abrí la guantera. Ahí estaba mi chata de ron cubano. No una botella grande, no. Una pequeña, compacta. Perfecta para el camino. Le di varios sorbos. Suaves. Calentaba. Soltaba.

Estaba en Satélite Grande, al otro lado de la ciudad. Veinte kilómetros de asfalto y ansiedad. Pero la noche estaba de mi lado: cero tráfico. La ciudad era mía.

Tomé la avenida Salaverry, empecé a acelerar, el Eclipse rugía, yo reía.

Ciento veinte. Ciento treinta. Ciento cincuenta.

Cada cuadra pasaba como un latido.

Semáforos. Algunos aún funcionaban. ¿Para qué, si no había nadie? Igual, los veía venir desde lejos. El conteo regresivo brillando en rojo: 3, 2, 1... ya pasé. Siguiente cruce: 3, 2, 1... listo. Otro más: 3, 2, 1...

Hasta que uno no avisó.

Ni 3. Ni 2. Solo el golpe.

El Eclipse embistió de lleno a un taxi que cruzaba.

Saltaron los airbags.

Y todo se apagó.

Me contaron después. Algunos transeúntes lo vieron todo. Yo, ni enterado. Capaz fue el ron. O quizás porque, en mi cabeza, hay gente que simplemente no existe. Aunque esté al lado.

El semáforo tenía el contador dañado. Una lucecita LED quemada, justo la de las decenas. Pensé que faltaba un segundo, pero quedaban diez.

Crucé a más de cien. Con alcohol en la sangre. Y el taxista…

Murió.

Mi viejo movió todo lo que pudo. Un empleado suyo se hizo pasar por mí en la prueba de alcoholemia. Compró a un fiscal. Intentó arreglar con la familia del muerto. Pagó testigos. Todo el paquete.

Pero ni así.

Cinco años de cárcel. O eso decían.

Mi madre no podía con la vergüenza. Le rogó a mi papá que me salve, que no me dejara ahí. “Es nuestro único hijo varón”, lloraba.

Y él, práctico como siempre, resolvió:

—Te vas con tu tía Adelaida.

No dijo más. Ni hizo falta.

En un segundo, ya estaba haciendo la maleta.

En un segundo, crucé el mundo.

En un segundo… desaparecí.

Volver al índice