La Boda en la penumbra
Era la novia más rara del mundo. No por su pelo lila, parado, como si acabara de meterse en un enchufe, ni por el vestido roído, todo mordisqueado, con pinta de haber sido cena de ratas. Lo que de verdad la hacía especial era que le faltaba un ojo. Un hueco. Y, aun así, se veía bonita. Triste, pero bonita.
El novio era otra cosa. Parecía salido de una novela antigua, como las que veía en la tele cuando su abuela se quedaba dormida. Llevaba un smoking azul brilloso, con corbata michi, el pelo rubio pegado con gel y unos ojazos verdes que lo hacían ver importante. Un poco presumido, sí, pero guapo. Combinaban. Parecía que se habían estado buscando desde siempre.
El salón estaba oscuro, tal vez a propósito, acorde a la ceremonia singular. Una vela temblaba sobre un altar improvisado. De algún rincón sonaba un ploc… ploc…, como agua cayendo sin ganas. Los invitados no decían nada. Estaban todos bien sentaditos, mirando al frente, con esa cara seria que se pone cuando no sabes qué va a pasar.
Anita les tomó las manos y sintió que eran suaves, frías. Perfectas.
—Para el amor de verdad —dijo, como había escuchado en una peli—, no importa cómo se vean. Lo que importa es esto —les tocó el pecho con el dedo—, y esto otro —le tocó la frente.
Se quedó callada un rato, como para que las palabras hicieran efecto. Después sonrió bajito, sin mostrar los dientes.
—Allá afuera todos fingen. Pero ustedes no. Ustedes sí se quieren.
Hizo que se acercaran, despacito. Cerró los ojos cuando se besaron. No hubo aplausos, ni música, ni nada. Solo su suspiro llenó el aire. Un suspiro largo, como el de las hadas cuando todo sale bien.
Entonces, un grito la sacudió por completo.
—¡Anita! ¿Dónde te has metido? ¿Otra vez en el sótano?
La luz se encendió. Anita se frotó los ojos. Miró a la novia. Pensó que le quedaría lindo un parche de tela negra. Algo que combine con el vestido. Algo elegante.
Algo digno de una novia.