Cuando la fama llega
Me enteré de la muerte de Paco por una publicación compartida. La típica imagen filtrada, sensacionalista, de esas que la gente reenvía sin pensar: “Conocido acuarelista arequipeño muere tras pintar cuadros satánicos”. Así, sin anestesia. Como si su vida pudiera resumirse en un titular ridículo. El resto —su infancia, sus obsesiones, sus trazos— reducido a mierda sin valor.
Al principio no lo creí. Pero empecé a leer otras fuentes. Las redes se lo habían comido vivo —incluso muerto—, pero la verdad era otra: Paco había muerto por sobredosis de heroína. Un final que, por raro que suene, no sorprendía del todo. En esta ciudad ese tipo de droga suena a película, a algo importado, ajeno. Pero en los Países Bajos, donde había vivido los últimos veinte años, debe haber sido tan fácil de conseguir como un café. O un pincel.
Lo raro era que Paco no parecía del tipo drogadicto. Aunque, pensándolo bien, ¿cuál es el tipo? Él era un artista. Y si algo aprendí con el tiempo, es que la línea entre inspiración y abismo es tan delgada como el borde de una hoja de afeitar.
Paco fue mi amigo en los años del barrio, en Satélite Grande. Estudiamos juntos en la primaria. No éramos inseparables ni nada así, pero compartíamos recreo, risas, tiza, bolitas y uno que otro secreto. Hasta que mi familia se mudó y el tiempo hizo lo suyo. Después, la secundaria la hice en un colegio estatal, y él se fue a Lima con los suyos. Su viejo era militar —de esos que siempre están empacando, mudándose, obedeciendo a un mapa más que a una casa. Lo inscribieron en el colegio militar. Y ahí se cortó el hilo.
Durante años no supe nada de él. Ni una carta, ni una llamada. Nada. Hasta que, una tarde, apareció su nombre en un diario. Una nota chiquita, casi escondida: “Arte arequipeño triunfa en galerías parisinas.” Lo leí tres veces. ¿Paco? ¿Nuestro Paco?
Desde niño había mostrado talento. A los siete ya dominaba el carboncillo como si tuviera un pacto con la sombra. Mientras otros dibujaban soles sonrientes y casitas torcidas, él trazaba rostros que parecían respirar. Con el carbón robado de un asado o un pedazo de ladrillo rojo, creaba expresiones que daban miedo. Conseguía matices de gris solo ajustando la presión del trazo o repasando las líneas con una precisión que nadie le había enseñado. Tenía esa certeza rara, la que algunos llaman innata.
Recuerdo un mural que hizo detrás de la tienda de doña Herminia. Un rostro indígena, enorme, como tallado en piedra, con arrugas que se curvaban como raíces. Cada sombra parecía una historia. Estuvo allí por semanas, hasta que vino la temporada de lluvias. El agua corrió por las paredes y arrastró sus líneas, como lágrimas de ceniza. Me acuerdo que me dio rabia. Le dije que lo pintara otra vez. Me miró y me dijo: “Ya no puedo. Ese rostro no va a volver.” Entonces supe que para él, cada obra era única. Irrepetible.
Dicen que murió pesando poco más de cuarenta kilos. Una calavera con piel. Si la heroína no lo hubiera matado, lo habría hecho el hambre. Pero no fue un suicidio, al menos no uno tradicional. No dejó una carta, dejó una tarjeta. Un rectángulo mugroso, escrito a mano, como si hubiera querido registrar su último pensamiento antes de apagar la luz. Decía:
Vivo solo al pintar,
pinto solo al inyectarme.
¿la muerte cesará el dolor de lo que tú llamas vida?
Leí esa nota y sentí frío. Como si Paco me hablara desde su último rincón. Al final, no buscaba fama, ni redención, ni siquiera compasión. Solo quería silencio. No doler más.
Compartí el texto de Paco con algunos amigos del viejo barrio. Los que aún rondaban por ahí, los que sobrevivieron a la rutina, al tiempo o a sí mismos. Solo un par lo recordaban. Y aun esos, con frases a medias.
Uno dijo:
—¿Paco, el flaco que dibujaba en la pared de la bodega?
Otro:
—Ah, sí… ese era medio artista loco, ¿no?
Lo soltó medio en broma, medio en serio. Yo no supe si reírme o quedarme callado. Porque tal vez tenía razón. Tal vez siempre lo fue.
Pensé en su obra. En sus pinturas. ¿Qué tan geniales eran? No soy crítico de arte. Apenas si distingo un óleo de una acuarela. Lo más que reconozco es la escuela cuzqueña, y eso porque uno crece con esas imágenes: la Virgen con lágrimas de vidrio, los ángeles con plumas doradas, los santos que te miran con esa cara de “ya sé en qué andas”.
Pero lo de Paco… era otra cosa. Tenía algo de eso, sí, una obsesión religiosa, aunque torcida. En una de sus obras más controversiales —la que los medios llamaron “blasfema”— se veía a Atahualpa crucificado. El último Inca, clavado en una cruz de madera. No era una burla, o eso me gusta pensar. Era una denuncia. Un símbolo. En vez de un romano dándole la estocada, había un sacerdote español. Y más arriba, en la esquina izquierda, brillaba el sol. Pero estaba a medias, cubierto por una nube negra. Tal vez el Inti, padre de todos los incas, no podía ver —o no quería intervenir.
Dicen que en su apartamento —un cuchitril de paredes húmedas y colchón en el piso— hallaron retratos grotescos. Gente desfigurada. Cuerpos rotos. Caras sin ojos o con demasiados. Me los imagino como alaridos pintados, pesadillas hechas color. Tal vez era lo que veía cuando estaba drogado. O tal vez era lo que veía siempre, con o sin heroína.
Pero lo que dejó sin palabras a todos fue el mural de su habitación.
El centro de la escena: Jesús, colgado de la cruz. Pero no ese Jesús bello de los vitrales, no. Este estaba demacrado, con la piel marchita y las venas hinchadas, atrapado en una agonía sin fin. La lanza que lo atravesaba salía de un romano. Pero cuando te acercabas… el rostro era otro. Hitler. Sin disfraz, sin metáfora. El nazareno asesinado por el rostro del siglo veinte.
Y ahí no terminaba la locura.
La sangre que brotaba de las espinas no era pintura. Al menos no una tradicional. Según los peritos, era sangre real. La mezcla en la paleta también tenía algo más: heces humanas. Paco había usado sus propios fluidos para pintar. Quería dejarse en cada trazo. Como si el arte tuviera que doler, o apestar, para ser verdadero. Al abrir la puerta, los policías encontraron una nube de moscas zumbando sobre el mural. Y un olor… imposible de olvidar. Como si la muerte misma hubiera pintado con él.
Desde entonces, su nombre volvió a aparecer. En titulares, en blogs de arte alternativo, en foros oscuros. “El mártir de las moscas”, “El profeta que sangró color”. Algunos lo llaman visionario. Otros, enfermo. Pero ya no lo ignoran. Paco, el que fue invisible, ahora se vende en galerías subterráneas a precios obscenos. Su obra rota. Su firma manchada. Su carne colgada en las paredes del mundo.
Tal vez esta historia —locura hermosa y asquerosa— lo volvió finalmente famoso.
No sé si era lo que buscaba. No sé si eso lo hubiera hecho feliz.
Pero al menos sé esto: ya no le duele.