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Relato 46 · 24 min

En el pozo

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

¿Han visto esas pelis raras con portales que te lanzan a otro tiempo, a otro mundo? Bueno… yo tengo una historia. No sé si alguien va a creerla, pero igual la suelto. Me llamo Rodrigo. Veintiséis años, hijo único… o eso era antes.

Mi viejo, Pierre Romaña, se fue cuando yo tenía catorce. Cáncer. El tipo no duró ni seis meses desde que nos dieron el diagnóstico. Al final, estaba tan flaco que no hacía sombra. Recuerdo su olor a vino caro y colonia francesa, ese que se quedaba flotando en el pasadizo, aunque él ya no pudiera levantarse. Una noche dejó de respirar y el mundo se quedó en silencio. Mi madre lloró como si le hubieran arrancado el alma… al principio.

Prometió duelo eterno. Lo juró con la Biblia en la mano, y un vestido negro que se negó a sacarse por meses. Pero el luto, le duró poco más de un año. Luego apareció Robert. El gringo. Adventista. Sonrisa fácil. Bolsillos llenos. Y una voz de esas que quieren caer bien, aunque nadie las haya invitado.

No voy a mentir: lo odié con ganas. No por lo que hacía, sino por lo que era. El reemplazo. El recordatorio de que mamá había seguido adelante sin pedir permiso. ¿Qué tan eterno es un duelo si en doce meses ya hay otro tipo sirviendo el desayuno?

¿Cómo culparla del todo? Robert traía estabilidad. Plenitud financiera, como decía ella. Y después de que la importadora de vinos de mi viejo quebró, no quedaba mucho para elegir. A Robert ya lo conocía del grupo adventista. Iba a la iglesia con camisa blanca y mirada de redentor. Y mamá con esa fe suya que siempre se dobló ante lo práctico, le dijo que sí al sexagenario.

Lo peor es que el gringo no era malo. Nunca me pidió que lo llamara papá. Ni siquiera lo insinuó. Era Robert. Así, seco. Y eso, en el fondo, me jodía más. Porque tampoco podía odiarlo del todo. Me dio las llaves de su camioneta cuando cumplí quince. Hablaba con respeto. Escuchaba. Se ganó mi confianza sin pelearla. Y eso... me confundía.

Después vinieron los mellizos. Renato y Renzo. Dos versiones mini del gringo, solo que más ruidosos y más intensos. Mi madre, feliz. Dijo que eran un milagro. A los sesenta y pico, los milagros se compran en clínicas privadas. Fecundación asistida. Lo supe mucho después, googleando en una noche insomne.

Y claro, vino el nuevo mandato: “Tienen que llamarlo hermano”. A mí. Que había crecido solo, con mis libros, mis cómics, y la sombra enorme de un padre muerto. Ahora debía jugar al hermano mayor con dos críos que ni siquiera nacieron por el método tradicional. Yo los llamo por su nombre. Renato. Renzo. O “los pendejos”, cuando no me oyen. Ellos sí me dicen hermano. Porque así lo decidió mamá. Y porque así funciona esta tragicomedia que algunos insisten en llamar familia.

Ese día, iba manejando por el valle, la camioneta de Robert, como siempre. Me la presta desde los quince. Le gusta mostrar confianza. Quiere caerme bien, y a veces lo logra. Conducir me calma, da un papel que puedo sostener: soy el chofer, el guía, el niñero. El hermano. El que está, aunque no quiera estar.

Nos habíamos desviado unos seis kilómetros del pueblo de Tuti. Viré hacia una trocha que no había visto antes. Y eso, para mí, siempre fue una tentación. Las rutas nuevas tienen algo de escape. Robert también tiene esa vena exploradora. Anda con su ONG por todo el valle, recolectando fotos, anécdotas y cheques. Gracias a él conozco cada rincón del Colca. Todos los pueblos, caminos de tierra, historias que no salen en Google. Pero esa trocha era distinta. No sé por qué, pero sentí que tenía que entrar.

Quizá solo necesitaba alejarme. Distraer a los mellizos, al deber de ser funcional, olvidar esa sensación constante de estar ocupando un lugar que no me pertenece.

La trocha duró unos veinte minutos. Tierra suelta, piedras filudas y esa neblina fina que a veces se cuela por las rendijas del valle. Los mellizos atrás seguían con su juego de siempre: gritar, pelear, lanzar algo y luego culparse mutuamente. Yo, al volante, en automático, dejando que el camino decidiera por mí.

Entonces apareció. Un pueblo fantasma. O algo así.

Conté ocho casas. Todas de piedra, algunas con techos vencidos y puertas colgando como lenguas muertas. En el centro, una fuente redonda, enorme, como una piscina olvidada por Dios. Estaba llena de agua estancada. Y ni un solo sonido. Ni un perro. Ni una gallina. Solo viento. Ese silencio que no es natural, que parece esperar algo.

Pensé que tal vez era normal —la gente suele irse a pastear por horas—, pero había algo raro. Las casas no solo estaban vacías: se notaba que habían sido vencidas. Muros caídos, huecos en las paredes, techos colapsados. El tiempo parecía haber pasado en cámara rápida solo por este lugar, dejándolo en un silencio que no era natural, un silencio impuesto, definitivo.

Bajamos. Por inercia más que por intención. A veces los pies se mueven solos, para confirmar que lo que uno ve es real. Los mellizos no duraron mucho. Se aburrieron rápido y empezaron a lanzarse el cráneo de cuarzo que Robert les había comprado el día anterior. Un souvenir de esos que venden en los puestos turísticos, al lado de las postales de alpacas y los imanes con volcanes.

Renato tenía el cráneo. Renzo, el otro, había dejado olvidado su águila de hueso en casa. Una distracción menos. Yo los miraba jugar, saltando cerca del borde de la fuente, y sentí ese calor familiar en el pecho: el fastidio. Pero no dije nada. Hasta que vi cómo el cráneo volaba por encima del agua como si no costara, como si no importara.

—Si cae al agua, no lo pienso sacar —les dije, sin levantar la voz, pero con ese tono que ya saben leer.

El agua era turbia, negra, parecía que alguien había disuelto tierra, moho y años en su interior. Me acerqué y creí ver algo al fondo. Una cruz rosácea, hundida entre el musgo. Parpadeé. Volví a mirar. Tal vez era mi imaginación. O tal vez no. Doscientos veinte días limpio. Lo tenía contado. Aunque a veces las secuelas de la “harina” se quedaban en forma de manchas, luces que no están, cosas que se mueven sin permiso.

Sí, tuve un pasado polvoriento. Lo admito. Empezó jugando, como todo. Una línea en una fiesta, otra en el baño del colegio. Hasta que el profesor de disciplina me encontró escondido en el sanitario: las fosas como nevadas. Robert fue mi salvación. Se movió rápido. Plata, favores, silencio. No le dijo nada a mi madre. Me habló fuerte, luego suave, luego como que de verdad le importara. Salí en la foto de promoción gracias a él.

Por eso le tengo respeto. Y rabia. Todo al mismo tiempo.

Pero ya saben cómo es. Gallina que come huevo… Años después volví. En la universidad me creía artista maldito. Derecho no era lo mío. Ni marketing. Ni publicidad. Me gustaba dibujar. Y drogarme. A veces al mismo tiempo. Hasta que mamá y Robert se cansaron. Cortaron mi mesada. Me metieron a un centro de rehabilitación con nombre bonito. Yo lo llamaba sanatorio. Escapé. Les rogué volver a casa. Robert aceptó, con condiciones.

Y así terminé aquí. Chofer, asistente, niñero. Medio muerto de aburrimiento, pero limpio. Sin mis caños, sin mis fiestas, sin mis “amigos”. Aislado en el valle. Viendo a los turistas venir, beber, bailar… y yo ahí, aguantando. Haciéndome fuerte. Esperando que algo cambie. Que algo me saque. A veces dan ganas de largarme. Pero me quedo. No sé si por orgullo, o por miedo.

Y mientras pensaba todo eso, con la cabeza enredada y la mirada fija en esa fuente, escuché el chapoteo. Algo cayó al agua. Y el grito no se hizo esperar:

—¡Nooooo! —fue Renato.

Y yo que no perdí el tiempo:

—¡Se los dije, pendejos!

El cráneo de cuarzo se hundió lento, espiralado, como si supiera que iba a causar problemas.

—Tienes que sacarlo —le dijo Renato a su hermano, sin disimular el fastidio.

—Ni cagando me meto ahí —le respondió Renzo.

Los dos se miraron buscando a un culpable, pero sabían que el cráneo ya era historia. Entonces vino el plan B: encontrar una rama larga. Un gancho improvisado. Algo que hiciera el trabajo sucio por ellos.

Encontraron una, medio podrida, pero servía. La metieron con cuidado. Primero con cautela, como quien tantea una tumba. Pero no tocaba fondo. Eso fue lo que nos jodió la cabeza. La rama se hundía, se hundía… y nada. Ni una roca. Ni una resistencia. No tenía fondo. Daba la impresión de que abajo hubiera solo más y más agua.

—Ayúdanos, Rodrigo —dijo Renato, con ese tono entre súplica y orden que tan bien dominaba.

—No. Ustedes la cagaron. ¿Justo tenían que jugar acá? ¿En todo el puto valle?

En ese momento creí ver un brillo. Algo beige, moviéndose allá abajo. Debía ser el cráneo. O eso quería creer. Tal vez solo era mi cerebro buscando excusas para hacer lo que ya empezaba a considerar.

—Te doy cien soles si lo sacas —dijo Renato.

Lo miré sin girar del todo la cabeza.

—No entro ahí ni por cien dólares —solté, pero ya lo estaba evaluando. El “no” era preventivo, no definitivo.

Renzo, que hasta entonces había estado callado, se me quedó viendo fijo.

—Te doy mil soles —dijo. Así, sin adornos.

La frase me cayó como una piedra en el estómago. No por la cifra. Por lo que significaba. Me estaba comprando. O creyendo que podía hacerlo. Y lo peor… es que podía.

Robert me había cortado el chorro. Nada de plata extra hasta que termines lo que empiezas. Así que andaba sin efectivo, sin vicios y sin escape. Mil soles no era cualquier cosa. Podía ser una tregua. O al menos una cena decente, unas zapatillas nuevas, un poco de dignidad, aunque sea alquilada.

—¡Te compras otro y ya, pendejo! No vale ni ochenta soles —les dije, tirando la frase como quien lanza un anzuelo.

Y mordieron.

—Queremos que tú entres a la fuente —dijo Renato, firme.

—Si son mil quinientos, entro con botas y todo —bromeé. Pero también tanteé. Quería ver hasta dónde llegaban. Hasta dónde podía exprimir la culpa del caprichoso.

—Ya, yo pongo los quinientos —dijo Renato, mirando a Renzo. El otro asintió, serio, daba la impresión de estar cerrando un trato comercial, no negociando una estupidez con riesgo de hipotermia.

Reí por dentro. Los había manipulado. Algo quedó de las clases de publicidad persuasiva. O tal vez era puro instinto. Felicité a la versión más sucia de mí mismo. Este era uno de los dineros más fáciles que había hecho. O casi. Una vez vendí mi laptop y le dije a mi madre que la habían robado. Robert me compró otra. Pero esa es otra historia.

Me apuré. No vaya a ser que se arrepientan. Dejé la billetera y el celular en la camioneta. Empecé a sacarme las botas.

—Dijiste con las botas puestas, pendejo —dijo Renzo, con una sonrisa de mierda.

—Se sobreentiende que era una expresión —repliqué, sin ganas de pelear.

—Si no te metes con las botas, no hay acuerdo —añadió su hermano.

Los miré con asco. Con esa mezcla de odio y resignación que uno reserva para la familia, volví a ponerme las botas.

—Más vale que paguen, o se las verán conmigo —dije. Amenaza sin fuerza. Sabían que no haría nada.

Tengo una relación rara con estos dos. A veces los detesto. Otras, me preocupan. No pocas veces he pensado que, si el gringo se muere, ellos heredan todo. Y yo… ¿qué? ¿Una carta de recomendación? No sé si estoy en el testamento. Mejor llevarme bien con los “hermanitos”. Por si acaso.

Me senté en el borde de la fuente. El agua seguía igual de negra. Me tiré de pie. Nada de clavado heroico. Probemos primero, pensé.

Para mi sorpresa —y para la de los mellizos también— el agua me llegó al pecho. La fuente engañaba. Desde fuera parecía infinita. Adentro… era otra cosa. Di un paso más. El desnivel fue brusco. En segundos, el agua ya cubría mi cuello.

—¿Qué? ¿Cómo mierda está tan profunda? —soltó uno de ellos. No supe cuál.

—¡Además está helada, carajo! —grité. No era una queja. Era un grito para no salir corriendo.

Pero ya estaba ahí. No había vuelta atrás.

—¿Ven la calavera?

—Se ha movido más. Puedo verla a tu derecha —dijo Renzo.

—¡Carajo! Voy a tener que bucear —mascullé. El agua era densa y sucia. No se veía una mierda.

—Bucea y tantea con las manos —“aconsejó” Renzo, como entrenándome para un rescate real.

Me acerqué a la pared de la fuente para tomar impulso. El agua me llegaba hasta el cuello y pesaba. Me lancé hacia abajo, buscando el cráneo a ciegas.

Me sumergí. Braceé. Pero el fondo no estaba. Era como nadar en tinta. Una textura espesa, que se pegaba a la piel y nublaba los sentidos. Subí a la superficie, jadeando. El frío me arañaba los huesos.

—Pasaste cerca —dijo Renato, le parecía un videojuego.

—No hay piso —respondí, escupiendo agua.

Pensé que tal vez si abría los ojos bajo el agua, podría ver mejor. Recordé que tenía unas gotas para los ojos rojos en la mochila. Me servirían. Las solía usar por razones que no vale la pena detallar. Ahora los tenía rojos por algo distinto.

Igual, necesitaba encontrar ese cráneo. No por el dinero. No solo. Había algo en ese objeto hundido que me llamaba, todo el día había sido una antesala para este momento.

Salí. Subí a la cornisa de la fuente. Me posicioné como clavadista improvisado. Arqueé el cuerpo. Tomé aire.

Y me lancé de cabeza.

El golpe del agua fue brutal. Abrí los ojos apenas entré. Turbio, sí. Pero se veía. O mejor dicho, se intuía. Formas, colores desvaídos, sombras que no deberían estar ahí.

Y entonces las vi.

Cruces esvásticas. Rosadas. Flotando abajo. Varias. Parecía que hubieran sido sembradas en el fondo. Como señales. Como advertencias.

Bajé más.

Vi una. Metálica. Pesada. La agarré. La metí al bolsillo sin pensar.

Y ahí estaba el cráneo. Pegado a una burbuja negra enorme. No era una burbuja normal. Era una masa, una presencia. Un agujero redondo de sombra flotando. Como una masa densa, entre petróleo sólido y una célula viva latiendo.

Sentí que aún podía aguantar. Una brazada más. Dos.

Toqué el cráneo.

Y la burbuja me tragó.

Fue inmediato, era como si el líquido desapareciera, dejándome flotando en nada. El mundo se volvió viscoso, espeso, sin forma.

Entré en desesperación.

Nadé hacia arriba. O al menos eso creía. No había arriba. No había nada. Era un limbo absoluto. Ciego. Opresivo. El agua —si seguía siendo agua— me empujaba con fuerza, como con vida propia. Cerré los ojos. Seguí nadando.

Y entonces, aire.

Salí como un animal arrastrado fuera del agua. Jadeando. Vomitando agua y miedo. El cabello chorreaba una sustancia viscosa, aceitosa, que bajaba por el cuello. No era agua. No era barro. Era otra cosa.

—¡Ayúdenme, pendejos! ¡Renato! ¡Renzo! ¡Carajo!

Silencio.

Miré alrededor.

El borde de la fuente estaba al alcance de mi mano. Me aferré. Me impulsé hacia afuera.

Pero ya no era una fuente.

Era un pozo.

Pequeño. Angosto. Apenas un metro y medio de diámetro. El mismo borde de piedra, pero más viejo. Más erosionado. Y afuera... arena. Solo arena. Un desierto infinito, sin casas, sin valle, sin mellizos.

Me dejé caer sobre la arena caliente. El cuerpo temblando. La mente en cortocircuito.

¿Era un sueño? ¿Una alucinación? ¿Una broma del destino? No. La “harina” no produce esto. Ni los ácidos. Lo sé porque ya los probé. Esto era distinto. Esto era real. Dolía como lo real. Pesaba como lo real.

Miré el pozo.

Pensé en El Principito. En aquel pozo en medio del desierto donde encuentra agua viva. Un recuerdo infantil. Un libro que leí con papá. Una imagen que me partió en dos. Ahora estaba yo ahí. No había niño rubio. No había zorro. Solo un sol anaranjado, extraño, quemando como ácido lento sobre la piel.

Y un silencio tan profundo que parecía tener conciencia propia.

El aire era más denso. Cada bocanada me costaba. Me ardían los pulmones. El sol —o eso que parecía el sol— colgaba en el cielo como una moneda quemada. Era más chico, más naranja, más cruel. No solo brillaba: dolía.

Me incorporé despacio. Los brazos temblaban. La sustancia que me cubría empezaba a secarse sobre la piel, dejando una capa opaca, parecida al aceite quemado. Quité lo que pude de la cara. Tenía la lengua pastosa. Pensé en agua. En el sonido de la fuente. En los mellizos. En Robert. En si todo esto era un colapso mental o un accidente cósmico.

Y ahí, justo ahí, vino la pausa.

Me quedé quieto. Muy quieto. No por miedo. Por algo peor: por no saber qué hacer. No sabía si protegerme a la sombra del pozo o caminar y buscar respuestas. Me sentía como una figura olvidada en un tablero que alguien ya dejó de jugar. El mundo parecía detenido. Pero no vacío.

A lo lejos, algo se movía.

Una mancha negra en el cielo. Minúscula. Inofensiva. Pero venía hacia mí. Rápido.

Me puse de pie. Alerta. No era un ave. Me equivoqué. Era un insecto. Un bicho de otro planeta. Medía más de treinta centímetros. Azul eléctrico. Tres ojos como canicas negras. No tenía aguijón, pero sí un pico largo, metálico, afilado.

El hijo de puta se lanzó directo.

Azuzaba con el pico, apuntando a mi cuello. Giraba en el aire con movimientos secos, violentos. Le lancé arena. No se inmutó. Volvió. No había ni una piedra a la vista. Solo granos, polvo, calor. El zumbido de sus alas era grave, casi mecánico. El sonido me taladraba los oídos.

Intenté espantarlo con los brazos, girando como un molino demente, los puños cerrados, el cuerpo tenso. El bicho no dudaba. Tenía hambre o rabia. O ambas.

Empecé a sudar. A sofocarme. El calor y el miedo eran una misma cosa. Lo vi venir otra vez. Cerré los ojos. Lancé un puñetazo.

Y acerté.

El cuerpo del bicho cayó a la arena. Un golpe seco. Sin gritos. Sin gloria.

Brinqué sobre él. Una y otra vez. Sentí cómo las botas crujían contra su exoesqueleto duro. Verde viscoso brotó como pus de una herida abierta. El bicho se contrajo. Luego nada. Silencio. Muerte.

Me quedé inmóvil, un segundo largo. Jadeando. Escupiendo saliva espesa. El pecho latía como si tuviera su propio animal atrapado dentro.

Después, lo enterré. Primero con las botas. Luego con las manos. Arena sobre su cuerpo de pesadilla. Rápido. Daba la impresión de que el mundo entero estuviera juzgándome.

Me senté, agotado. El sol seguía doliendo. Pero ahora dolía menos que el miedo.

Y entonces la vi.

Una nube en el horizonte. Una mancha oscura. Avanzaba con lentitud siniestra. Pero no era una tormenta.

Era una plaga.

Miles. Decenas de miles. De esos mismos bichos. Zumbando. Viniendo hacia mí. El sonido crecía como un lamento en estéreo.

Me puse de pie. Corrí. Sin pensar.

Volví al pozo.

Pensé en sumergirme. Esconderme. Que pasaran de largo. Pero ¿y si me atrapaban cuando saliera a respirar?

Otra idea se encendió. Una chispa entre el caos:

el pozo era un portal.

Tenía que tirarme. Con todo. Como la primera vez. Tal vez me llevara de vuelta. Tal vez no. Pero quedarme no era opción.

Los bichos ya estaban sobre mí.

Corrí. Cinco metros. Tres.

Salté.

Me zambullí de cabeza. El agua me recibió con una frialdad absoluta.

Braceé hacia abajo.

Mi vida dependía de cada movimiento. Como aquella vez que papá me lanzó a la piscina sin saber nadar. Dijo que todo estaba controlado. Que había un instructor a mi lado. Yo solo recuerdo mis brazos girando como hélices, el corazón al borde del colapso, y la certeza brutal de que era eso o ahogarme.

Ese mismo impulso me sostuvo ahora.

Y justo cuando creí que no llegaría...

...la burbuja volvió.

Me absorbió.

Y empecé a subir.

Emergí.

El agua me escupió. Fría. Brusca.

Tragué aire, desesperado, buscando el borde con los brazos temblorosos. Pero algo no calzaba. No era la fuente original. Había... luz. Belleza. Orden.

El borde seguía allí, pero las casas del pueblo fantasma habían desaparecido. En su lugar, una carretera impecable de concreto blanco conectaba con la fuente, flanqueada por hileras de flores amarillas. Todas iguales. Todas perfectas. Milimétricas.

Miré alrededor. Árboles de manzana con ramas cargadas, como salidos de un sueño pastoral. Arbustos recortados con precisión quirúrgica. Y un sistema de irrigación constante. El agua obedecía un ritmo exacto, como entrenada.

El sol —ese nuevo sol— era más amable acá. Más cálido. No dolía.

Me arrastré hasta el césped. Suave. Recortado. Casi artificial. Me tumbé boca arriba, sintiendo por primera vez en mucho rato que podía respirar sin miedo. Quedé así. Tragando oxígeno, mirando el cielo limpio, deseando que fuera real.

Me giré. Alcancé una manzana. Roja, redonda, brillante. La mordí sin pensarlo. Jugosa. Dulce. Una bendición inesperada.

Tal vez había vuelto. A un antes. A un después. A un lugar donde podía quedarme.

Fue entonces que los vi.

Dos vehículos se acercaban por la carretera. Ruedas metálicas, cuerpos ovalados. Tecnología de otro tiempo. Frenaron a pocos metros de la fuente.

El instinto me empujó a esconderme. Me arrastré hasta los arbustos recién podados. Agazapado, dejando solo los ojos afuera. Y recé —no sabía a quién— para que no ser visto.

Del primer vehículo bajé... yo.

O algo que se parecía muchísimo a mí.

Un poco más alto. Más atlético. El cuello extrañamente alargado. Parecía estirado a la fuerza, encajado en un molde más aceptable. Iba de la mano con una mujer bellísima, de piel plateada y ojos rasgados. Ambos vestían de blanco y rosa, salidos de una ceremonia. Ella tenía anillos dorados en el cuello. Collares o símbolos. O ambos.

Del segundo vehículo bajaron mis padres.

Mis padres. Juntos.

Mi viejo. Vivo. Caminando. Sonriendo.

El pecho se me encogió tan fuerte que sentí que algo se rompía adentro.

Mi madre también estaba allí, pero distinta. Más alta. La piel más clara. El rostro más suave. Se acercó a la fuente. Pronunció unas palabras en un idioma que jamás había escuchado. Parecía canto. O código.

Todos lo repitieron. Luego sacaron pequeñas cruces esvásticas rosadas. Las arrojaron al agua como si fueran ofrendas. Una a una. Cayeron con precisión, sin salpicar.

Y entonces ocurrió algo íntimo. Silencioso.

Se acercaron entre ellos y unieron sus frentes. Un gesto de cariño. De reconocimiento. De pertenencia. Pareciera que dijeron sin palabras: “Estamos bien. Somos los que debíamos ser.”

Ya no pude contenerme.

Las lágrimas bajaron solas. Lentas. Densas.

Quería salir. Quería gritarles. Abrazar a mi padre. Decirle todo lo que no pude. Que me hacía falta. Que sin él me quebré. Que traté, pero no me alcanzó.

Pero no lo hice.

Me quedé oculto.

Porque entendí que ese mundo no era mío. Ese “yo” que caminaba allá había hecho todo bien. O todo distinto. Ese yo era mejor. Y tenía lo que yo siempre quise: una familia entera. Viva. En paz.

Y lo más insólito de todo: en ese mundo teníamos solo cuatro dedos.

No supe por qué ese detalle me destruyó más. Tal vez porque era tan absurdo que solo podía ser real.

Quedé ahí, escondido entre los arbustos recortados con regla, viendo cómo mi reflejo mejorado volvía a subir al vehículo con esa mujer de leyenda futurista. Vi cómo mis padres —los suyos, los que una vez fueron míos— le sonreían con ternura. Luego todos repitieron ese ritual de las frentes. Un gesto simple, devastador, que confirmaba que en ese mundo nadie dudaba de su lugar.

Y entonces se fueron.

Los dos autos se alejaron por la carretera blanca. No hicieron ruido. Solo se desvanecieron tras la curva, fundiéndose con el paisaje. Pareciera que ese momento nunca hubiera existido.

Pero existió.

Yo lo vi.

Me quedé arrodillado, con las manos en el pasto. Las uñas llenas de arena del mundo anterior. El pecho todavía mojado por la sustancia aceitosa que ya se estaba secando en costras pegajosas. Y lloré. Pero no como se llora por alguien que muere. Lloré por la versión de mí que pudo haber sido.

Recordé una frase de un libro que me hizo leer un amigo… algo sobre que, si uno deseaba algo con todo el corazón, el universo… no sé, como que se ponía de acuerdo para ayudarte. Absurdo. Pero ahí estaba.

En ese momento reí. Una risa seca. Porque si eso era cierto, entonces el universo me estaba haciendo una oferta. Una salida. Un reemplazo.

Yo amaba a mi padre. Lo amaba de verdad. A veces siento que si no hubiera muerto, yo sería otra persona. Más firme. Más recto. Más cuerdo. A veces creo que lo único que me torció fue su ausencia. No los vicios, no el colegio, no la droga. Solo el vacío.

Y ahora lo había vuelto a ver. Caminando. Sonriendo. Vivo.

Y me di cuenta —y me dio vergüenza pensarlo, pero no pude evitarlo— de que si aprendía el idioma raro que hablaban... si me quitaba un dedo... si lograba matar al otro yo sin que nadie lo supiera...

podría quedarme.

Tener esa vida.

Una mujer. Un padre. Un yo nuevo.

Me asusté de mí mismo.

Porque la idea no fue fugaz. Se instaló. Me sedujo. Me susurró al oído, dijo que valía la pena. Que en ese mundo era alguien. Que no necesitaba volver a ser el Rodrigo del valle, niñero de mellizos, con el alma parchada y el cuerpo medio limpio.

Y por un momento, lo acepté.

No dije que sí. Pero no dije que no.

El silencio que vino después fue insoportable.

Y en ese hueco, me encontré con otra frase. Una mía. Una interna. Una que no leí en ningún lado:

“Si tengo la chance de ver ese mundo... es porque quizá aún hay algo que pueda rescatar en el mío.”

Me puse de pie. El cuerpo aún dolía. La mente aún temblaba. Había algo nuevo. Parecido a la esperanza.

No quería robarle la vida al otro yo.

Quería ganarme la mía.

Con lo que tuviera. Desde donde estuviera. Como pudiera.

Así que me acerqué a la fuente.

Tomé impulso.

Y salté.

Un salto de fe. Como se dice en los libros. Como se hace cuando no queda otra opción. La burbuja negra volvió a recibirme. Familiar. Viscosa. Silenciosa.

Nadé hacia arriba.

Sin certezas.

Solo con la convicción de que esta vez, iba a intentarlo.

Emergí.

El mundo me escupió otra vez, pero ahora era distinto. Familiar. Imperfecto. Vivo.

Me incorporé, tosiendo. El cuerpo entero temblaba. El corazón golpeaba como queriendo salirse. Abrí los ojos.

Ahí estaban.

Renato. Renzo.

De pie, al borde de la fuente. Mirándome como si hubieran visto un muerto salir del agua. La camioneta seguía estacionada a pocos metros. El pueblo, igual de abandonado. Las casas sin techos. La fuente, la misma. O casi.

El aire olía a polvo viejo y pasto seco.

Había vuelto.

Me dejé caer sobre las piedras calientes. El cielo era azul claro. El sol era nuestro sol. Y yo… yo era el mismo. Pero no.

Quedé mirando a los mellizos. Ellos no decían nada. Solo me observaban con una mezcla rara de susto y fastidio. Preocupados o molestos porque me demoré demasiado en el fondo.

Entonces hablé. No sé por qué. No sé para qué.

—Pasé por un portal interdimensional —dije, aún jadeando—. Había otro mundo. Con otro yo. Con mis padres. Con todo.

Renzo resopló.

—Te diste un golpe con el fondo. Estuviste desmayado.

—Te sacamos entre los dos —añadió Renato—. Estás delirando, hermano.

Hermano.

Me lo dijeron sin ironía. Con la ausencia del sarcasmo. Sin obligación. Les salió natural. Como si después de todo, ya no fuera tan ajeno.

Los miré. Reí. Apenas. Una risa cansada.

—Capaz sí me golpeé. Pero igual... fue real.

—Claro, y seguro viste a E.T. y te abrazó —se burló Renzo.

—Más bien suerte que no te moriste, huevón. Porque mamá nos mataba —dijo Renato.

Los miré de nuevo. Pendejos, sí. Pero estaban ahí. En este mundo. Y yo también.

Me puse de pie. Sentía el cuerpo rendido, como después de cruzar todos los mares del mundo a nado. Caminé hacia la camioneta. Abrí la puerta. Busqué mi celular. Mi billetera.

Y entonces sentí el peso.

Metí la mano al bolsillo.

Y ahí estaba.

Una cruz esvástica. Rosada.

Metálica. Fría.

La saqué. La miré en silencio.

Los mellizos dejaron de hablar.

—¿Y eso? —preguntó Renzo, serio por primera vez en mucho rato.

No respondí. Solo la sostuve un momento más. Luego, con cuidado, la guardé otra vez.

Porque no necesitaba probarle nada a nadie.

Solo recordármelo a mí.

Esperé a estar solo. Una madrugada sin gringos, sin mellizos, sin nadie que pregunte “¿y eso?”. Caminé hasta el río. No el más bonito, ni el más profundo. Pero corría. Y eso bastaba.

Saqué la cruz del bolsillo. La misma. Metálica. Rosada. Aún fría, aunque hubieran pasado días.

No le recé. No pedí nada. Solo la miré un momento más. Y la lancé.

No hizo un gran ruido, ni una salpicadura épica. Solo cayó. Se fue, como todo lo que nunca vuelve.

La vi hundirse en el agua y sentí algo aflojarse en el pecho.

Volví caminando. Sin apuro.

Al día siguiente, Robert me dijo que había una ONG nueva pidiendo voluntarios para enseñar pintura y dibujo en los pueblos del valle. Dije que sí sin pensar.

Por primera vez en años, el sí me salió solo.

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