La Bruja Blanca
La casa de la bruja blanca permanecerá para siempre en mi memoria como un lugar donde los secretos y el terror acechan en cada sombra. Un sitio al que jamás volvería. Comparto esta historia para que sepan que en cada uno de nosotros puede habitar un mundo de violencia y sangre, siempre latente, esperando que lo provoquemos.
Aquel viernes por la tarde desperté con resaca y desorientado, como me pasaba últimamente después de una noche de juerga. Al abrir los ojos, tuve que ubicarme. Por suerte, estaba en mi depa. Vi mi mochila a los pies de la cama, la abrí y ahí estaba: mi preciado cuaderno.
Quería saber qué había escrito. Últimamente, cuando vuelvo de fiesta en modo automático, me encuentro con nuevas historias en sus páginas. Como si, entre la euforia y el blackout, otra parte de mí escribiera por su cuenta.
Una punzada de nervios me atravesó la nuca, pero se me pasó al ver que sí había un nuevo texto. Lo había titulado “La Bruja Blanca”. Incluso un flashback me golpeó al leerlo: yo y mis amigos corriendo por un bosque. Me senté con emoción a ver lo que había escrito, pero mi estómago tenía otros planes.
Una náusea traicionera me hizo correr al baño. El cuerpo me estaba pasando factura por todo lo que había tragado la noche anterior. Mientras expulsaba una diarrea asquerosa, empecé a reconstruir lo que recordaba. Ahí, entre arcadas y sudor, me iban cayendo las imágenes…
Había quedado con mis mejores amigos de la universidad, Jorge y Enrique, para ir a la verbena por el aniversario de Huancarqui. Claro, pensé, de ahí el título. Ese pueblo siempre fue conocido por sus leyendas de brujas.
Recordaba haber estado bebiendo, y que fue Jorge, compañero de la escuela de literatura, quien nos convidó unos porros. Después, hablamos de brujas con varios desconocidos, de esos que se vuelven tus camaradas etílicos por unas horas y luego se esfuman.
En mi memoria aparecían los danzantes en la calle. Me puse a conversar con uno que me habló de la bruja blanca y sus hermanas. Le decían así por el color de su piel, pero no hacía magia blanca. Todo lo contrario. Era temida. Muy temida. Según él, estaba enemistada con los hombres desde siempre, aunque no recordaba la razón.
Después, alguien —no sé quién— nos dijo dónde supuestamente vivía. Y sí, recordaba que empezamos la incursión para buscar esa casa. Tal vez por eso el flashback: los tres corriendo por un bosque. Pero no lograba recordar mucho más.
Así que me apresuré a salir del baño y leer mis textos nuevos:
“Fuimos a una aldea apenas marcada en los mapas: Huancarqui. Aunque había una fiesta popular, no estábamos allí por diversión. Nos alejamos de la multitud y caminamos unos tres kilómetros al norte de la plaza, adentrándonos en un bosque de queñuales. Allí, oculta entre sombras y susurros de pesadilla, encontramos la guarida de la bruja blanca. Nadie se había acercado a ese rincón maldito en mucho tiempo; tal vez éramos los únicos arrastrados por el capricho del destino. Tres insensatos, llevados por una apuesta absurda, nos habíamos internado en la oscuridad como si buscáramos un secreto que no quería ser hallado. La luz de la luna llena apenas nos permitía no tropezar mientras recorríamos ese sendero de locura. Parecía que habíamos abandonado la cordura en la plaza del pueblo.
Tres incautos cruzamos el umbral de lo que parecía una simple casa de adobe. Al entrar, la puerta se cerró de golpe tras nosotros. No pudimos abrirla. No nos quedó más que avanzar. El camino nos llevó a un patio interior cercado por muros ásperos, como si hubiéramos caído en un pozo de piedra. Lo que empezó como una travesura se volvió un encierro. Nuestras risas murieron cuando vimos a Margarita: piel blanca como hueso bajo la luna, vestida con harapos oscuros que parecían roerle el cuerpo. Sus palabras no tenían forma ni idioma. Eran susurros heréticos que nos clavaron al suelo. Luego, habló en nuestra lengua y ofreció libertad… bajo una condición: debíamos bailar en medio del patio, sobre un pentagrama trazado con fuego.
Una música infernal surgió de algún rincón invisible, y nuestros cuerpos, como si ya no fueran nuestros, comenzaron a moverse. Éramos marionetas de algo que nos superaba. Entonces, más aterradoras aún que ella, emergieron sus hermanas. De piel trigueña, ojos de hielo y risas que no parecían humanas. Vestían camisones negros, húmedos, y se desplazaban como si flotaran. Celebraban. No sé qué, pero celebraban. Tal vez el inicio del fin.
El conjuro cobró forma. Jorge se desnudó y tomó a Margarita con una violencia grotesca. Ella lo permitió, lo siguió incluso. Enrique no pudo resistirse a unirse a la orgía, pero las hermanas lo interceptaron con un hechizo que lo quebró desde dentro. Sus extremidades se retorcieron como ramas secas, su piel se llenó de escamas, y sus ojos… sus ojos ardían con un resplandor infernal. Ya no era Enrique. Era otra cosa. Una criatura nacida de la furia de la bruja. Lo mirábamos paralizados, viendo a nuestro amigo convertido en un demonio.
La pesadilla llegó a su clímax cuando la luna se alineó perfectamente sobre nuestras cabezas. El fuego cambió de color, tornándose sulfuroso, y la bruja empezó a recitar en un latín que venía de otra época. Entonces, escuché el lamento de las almas que vivían atrapadas en su morada. Voces que nos gritaban desde los muros: ‘¡Huyan ahora!’ Jorge y Enrique, con los ojos inyectados en sangre, vacilaron, pero finalmente nos atrevimos a rebelarnos. Se desató un combate desquiciado. Golpes, piedras, una azada que apareció entre el caos. Luchamos por nuestras vidas. Por nuestra libertad. Todo se volvió gritos, sangre, espanto. La casa era un aquelarre de horror.
Cuando por fin conseguimos derribar la puerta, la luz del amanecer cayó sobre una escena espectral. Solo quedaban ruinas. Silencio. Las hermanas yacían muertas. Margarita, sin embargo, se había desvanecido entre las sombras del bosque. Sentí que las almas, al fin libres, se elevaban como luciérnagas hacia el cielo. Y nosotros corrimos. Corrimos como si algo nos siguiera, como si el mal no se hubiera quedado atrás.
Al llegar al pueblo de Huancarqui, la festividad había concluido y solo unas cuantas personas ebrias seguían en pie, tambaleándose bajo los últimos faroles. A algunos de ellos les contamos nuestra historia, quizá esperando redención o aunque sea un poco de asombro. Pero lo que vi me dejó helado: la sangre en nuestras ropas… se había transformado en barro.
Pensé, con el corazón a mil: esto sí que es brujería.
Nadie nos creyó. Nos tildaron de drogadictos, de locos. Se rieron en nuestras caras. Nosotros seguimos caminando, todavía temblando.
Sin embargo, una anciana que aún vendía ponche caliente nos miró con una mezcla de lástima y resignación, nos escuchó en silencio y luego soltó una frase que todavía me da escalofríos:
—Cada año —dijo, sirviendo con manos curtidas—, algunos como ustedes alimentan la prisión de almas en el patio de la bruja.”
Quedé sorprendido con mi relato. Era un material nuevo, distinto a lo que venía escribiendo. Oscuro, con una energía rara, pero sin duda potente. No sabía ni cómo había llegado a casa, considerando que Huancarqui está a casi cuatro horas de la ciudad. Ni tenía idea de la hora que era. Estimaba que serían las cuatro o cinco de la tarde. Tampoco sabía dónde estaba mi celular, ni si Jorge o Enrique habían regresado con bien. Pero sí sabía, sin lugar a dudas, de dónde venía ese texto.
Hacía tres meses que arrastraba el maldito bloqueo del escritor. Una obstrucción mental espesa, como neblina en el alma. Lo había roto, finalmente, con hongos mágicos. Así que, sí: La bruja blanca era un nuevo relato nacido del trance, de ese descontrol fértil que a veces trae la locura.
Seguramente lo escribí a toda prisa apenas llegué, antes de quedar postrado en mi cama, antes de que se deshiciera como un sueño. Estaba convencido de que había cosas por pulir —fallas, exageraciones, pasajes que requerían ajustes—, pero tenía una base sólida. Oscura. Poderosa.
Planeaba trabajar en él al día siguiente. Por ahora, el cuerpo estaba rendido. Y el sueño, pensé, sería la cura.
A las diez de la noche, recibí una llamada de Jorge. El sonido del celular venía de debajo de la cama. Lo encontré ahí, medio escondido, como olvidado por mi propia mano. Atendí.
Me dijo que necesitaba verme con urgencia, que no podía hablar por teléfono. Su voz... no era la de siempre. Quedamos en encontrarnos en la plaza de San Francisco, a las nueve de la mañana del día siguiente.
Su llamada me dejó intranquilo. De hecho, no pude dormir bien. Tal vez era porque ya había dormido demasiado, o porque había algo en su tono. Un miedo sordo, un temblor en las palabras, como si lo que iba a decirme no pudiera sostenerse sobre una simple llamada.
Quizás los dos estábamos igual. Yo llegué diez minutos antes, pero él ya estaba ahí. Esperando.
Odiaba esa amnesia maldita que me dejaban los hongos, ese vacío donde las certezas deberían estar. Pero también sabía que, gracias a ellos, había salido un buen cuento. Uno de los mejores, tal vez.
Jorge, sin embargo, traía más verdades de las que yo estaba preparado para escuchar.
—Hola —le dije.
—¿Qué vamos a hacer, huevón? —me respondió con tono contrariado, como si lleváramos una culpa compartida.
—¿De qué hablas? —pregunté, desde una ignorancia que, para mi desgracia, era real.
—Enrique se va a Estados Unidos. Para no volver. Se va el jueves.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Y la universidad?
—A la mierda los estudios. Él se va. Y nosotros... nosotros estamos condenados a quedarnos.
—¿Condenados por qué? ¿Qué pasó?
—¿En serio no recuerdas nada?
—No recuerdo ni cómo regresé a la ciudad. Solo sé que estábamos en la verbena, riendo, hablando de las brujas… de la bruja blanca...
—Eso. Justamente eso. La cagaste toda.
—Te prometo que no voy a interrumpirte. Pero por favor, dime todo lo que sabes.
—¿Hasta dónde recuerdas?
—Recuerdo que tú nos invitaste unos porros...
—Ahí no empezó la perdición, huevón. Fue por ti. Estábamos conversando sobre brujas, riéndonos, y tú —entre risas— sacaste tu bolsita, esa mierda de hongos. Dijiste que era tu nuevo método para escribir. Todos probamos. No se sentía nada al inicio. Eran asquerosos.
—¿Y entonces?
—Entonces se nos acercó Margarita...
—¿Qué dijiste? ¿Margarita?
—¡No interrumpas! Sí. Ella. Y sus amigas. Todas metaleras. ¿Recuerdas que también eran de la ciudad?
—¿Y también les di hongos?
—Sí, pero solo Margarita y una de sus hermanas aceptaron. Lucy. La otra, la de la polera de Black Sabbath, no quiso. Creo que se llamaba Lisbeth. O Elizabeth. No sé. Digamos Lisbeth.
—¿Y después?
—Con el pasar del tiempo y los tragos, tus benditos hongos empezaron a hacer efecto. Y entonces tú nos convenciste de ir a buscar la casa de la bruja blanca. Apostaste con Enrique. Dijiste que sabías dónde estaba. Y nos fuimos, en plena oscuridad. Yo no dije nada porque... bueno, porque me gustaba Margarita. Y ella me correspondía. Nos besábamos entre risas y humo.
—¿Y yo qué hacía?
—Tú ibas al frente, como si supieras el camino. Iluminabas con tu celular, diciendo que ya faltaba poco. Caminamos como cuarenta minutos. En eso, Lisbeth quiso regresar. Pero nadie le hizo caso. Estábamos embalados. Atravesamos un pequeño bosque y... ahí estaba. La casa. Vieja. Abandonada. Pero ahí estaba.
—¿Entramos… y se cerró la puerta sola?
—No. Entramos. Y tú la cerraste. Dijiste: “Nadie se va hasta encontrar a la bruja.”
—Qué mierda he hecho…
—Avanzamos —continuó Jorge, bajando un poco la voz—. Encendimos una fogata en el patio. Margarita puso una playlist de black metal en su celular. Yo le seguí el juego, aunque para mí esa música era demasiado. Tú y Enrique se reían como locos. Las hermanas movían sus cabezas al ritmo de esa música retorcida...
—¿Y luego?
—Supongo que fueron tus hongos... ¡tus malditos hongos! —su voz temblaba—. Empezaron a hacerme mierda la cabeza. De pronto, sin vergüenza, empecé a manosear a Margarita. Y ella me respondía, sin pudor. Nos estábamos desnudando. Recuerdo los gritos de Lisbeth, diciéndole a su amiga que no lo hiciera. Que parara...
—¿Y Enrique?
—Se quitó el polo. Se acercó con malas intenciones. Estaba ido. Lisbeth le tiró una piedra en la cabeza. Enrique cayó. Parecía convulsionar. Lucy se reía como si todo fuera parte del juego. Tú estabas alumbrando las paredes del patio, ajeno al caos. Gritaste que había corderos muertos, colgados. Gritaste que huyéramos. Y entonces... tomaste una lampa. Te juro que vi cuando le diste a Lucy en la cabeza.
—¿Qué?
—¡Sí! Y nos reímos. Una carcajada colectiva, desquiciada. Luego Enrique se levantó. Le tiró piedras a Lisbeth. Margarita lloraba. Nos maldecía. Me diste la pala... —ahora su voz era apenas un hilo—. Me diste la pala... y le di en la cabeza. A Lisbeth. Pero no tan solo cayó. Gritó. Un grito que no voy a olvidar nunca. Después fui por Margarita, pero no estaba… había desaparecido.
—¿Qué mierdas dices?
—Juntamos los cuerpos de las hermanas. Los arrojamos a la fogata. Tú gritabas como un poseso: “¡Mueran brujas! ¡Ardan brujas!” Yo te jalé del brazo. Y salimos corriendo de esa casa maldita...
—¿Es cuando corrimos hasta el poblado de nuevo? —pregunté, ya sin voz.
—Antes paramos en un arroyo. Les dije que sus ropas estaban ensangrentadas, y las cubrimos con barro.
—Eso explica mi casaca. Estaba con sangre… y toda barrosa.
—Ya en el pueblo, la verbena había terminado. Seguías hablando de brujas con una señora que te seguía la corriente. Un bus partía a las seis de la mañana. Subimos los tres. Y eso fue todo.
—¿Y esas chicas? ¿Hay noticias?
—Lucy estaba en la misma universidad que nosotros. No he escuchado nada. Pero si no las matamos nosotros… pudo haber sido el frío. O no sé. Pero tengo miedo. Nos jodiste la vida.
—¿Yo? Yo no obligué a nadie. Yo ni siquiera recuerdo. ¿Y si todo esto es una historia que soñaste?
—Esperemos las noticias. Yo me voy a entregar. No sé qué va a pasar. Pero esas chicas... esas pobres chicas...
—Escucha. También me entregaré. Pero tal vez estén bien. Tal vez solo… asustadas.
—Me vas a perdonar, hermano. Pero después de esto, es mejor que dejemos de vernos. Buscar nuevas amistades… ¿me entiendes, no?
—Sí. Sí. Lo acepto.
Las semanas pasaron. Estuve atento a cualquier informe policial, a cualquier pista. Algún asesinato en Huancarqui, alguna denuncia, cualquier señal de que lo que escribí fue más que un delirio. Pero no dijeron nada. Ni una sola palabra. Mucho menos sobre una cabaña de adobe perdida entre queñuales.
Mis amigos... la verdad sobre ellos es tan escurridiza como las sombras de aquel bosque. Un mes después, Enrique me llamó desde Florida. Dijo que debería seguirlo, que si era inteligente, me iría cuanto antes. Le dije que no. No volvimos a hablar. Ya lo había bloqueado de todas mis redes.
Y Jorge…
La verdad es que no tengo ningún amigo llamado Jorge.
Al menos no uno con el que frecuente.
¿Con quién hablé entonces esa mañana en la plaza San Francisco? ¿Era yo mismo? ¿Un reflejo? ¿Un alter ego intentando confesar lo que no quería recordar?
¿Escapamos de un horror real o solo huimos de la oscuridad que habita en nuestras propias almas?
Y pensándolo bien… yo no fui a Huancarqui.
Creo que fue Enrique quien me contó su historia.
Bueno.
A la mierda todo.
Cada uno es libre de imaginar la verdad que más le aterre.