El barbero y la muerte
En una vieja calle del centro de la ciudad, donde los adoquines aún cargan el peso de historias polvorientas; corría de boca en boca una advertencia que nadie se atrevía a ignorar: "Nunca te prestes de los colombianos." Los llamaban así, en voz baja, temiendo que nombrarlos atrajera su sombra. Llegaban en motos ruidosas, siempre en grupo, con esos cascos oscuros que no se quitaban ni para saludar. Nadie sabía exactamente en qué andaban, pero todos sabían qué evitar: deberles algo.
Don Manuel también lo sabía. Pero había días en que el miedo se doblaba ante la desesperación.
Había sido un barbero respetado, de los de antes. De los que sabían conversar mientras afilaban la navaja en el cuero. La barbería la había abierto con sus propias manos, cuando las suyas no temblaban, cuando el espejo aún le devolvía un rostro firme. En el barrio, su local era casi un punto de reunión: café tibio, radio encendida y algún chisme al vuelo entre corte y corte.
Este año, sin embargo, todo había cambiado. Su hijo Daniel —ese flacuchento que de niño barría los cabellos como si fueran canicas— había regresado con su diploma de barbero recién impreso, orgulloso, queriendo aprender el oficio de su viejo. Para Don Manuel, fue como ver a la barbería nacer otra vez. Con él, esto sigue. Esto no muere, se repetía cada mañana mientras le enseñaba a ajustar el ángulo de la cuchilla.
Pero justo cuando todo parecía tomar rumbo, apareció lo otro, un vicio: el tragamonedas.
Primero fue por curiosidad. Luego por rutina. Y cuando se dio cuenta, ya apostaba las propinas, luego los ingresos enteros, y al final, lo que no era suyo. Las luces del casino le hacían olvidar el olor a desinfectante, el cansancio de los pies, la vejez. Ahí adentro no era Don Manuel, era alguien que aún podía ganarle a la suerte.
La barbería empezó a vaciarse. Los clientes de siempre no volvían con tanta frecuencia. Las cuentas se apilaban. Y el miedo —ese que llegada la noche se mete en el colchón— empezó a crecerle en el pecho.
No podía perder la barbería. Era su refugio, su historia. Era lo único que algún día le dejaría a Daniel. Si me la quitan, ¿qué le queda? ¿Una vida de alquiler y vergüenza?
Y así, un martes con el cielo plomizo y la moral por el suelo, Don Manuel rompió su propia regla. Cruzó la calle hacia la tienda cerrada donde decían que los colombianos “atendían”. Golpeó dos veces. Nadie respondió. Estuvo a punto de irse, pero justo entonces, se abrió la puerta.
La puerta se cerró detrás de él con un clic seco, sellando su decisión. Dentro, el aire olía a humedad. Tres hombres lo miraron desde un sofá raído, sin decir palabra. Uno de ellos —el más fornido, camisa abierta, cadena gruesa— le indicó con la cabeza que se acercara.
Don Manuel no sabía bien qué decir. Había ensayado una frase, algo digno, algo que no sonara a súplica, pero frente a esos ojos fríos se le borraron las palabras.
—¿Cuánto necesitas? —preguntó el más joven, con una sonrisa sin dientes.
—Cinco mil... soles —murmuró.
Un silencio espeso. Luego, el jefe, al que más tarde conocería como El Parce, asintió, casi con fastidio, y extendió la mano para sellar el trato.
Don Manuel tembló al estrecharla. No era solo la edad. Era la certeza de que algo acababa de cambiar para siempre.
Al salir, sintió el sol como un castigo. Caminó con el sobre bien apretado bajo la camisa, temiendo que alguien se lo arrebatara en cualquier momento. Se prometió usar cada sol para salvar la barbería: pagar el alquiler, saldar las deudas, empezar de nuevo con Daniel. Era su oportunidad de redimirse.
Pero no fue a casa. No fue a la barbería. Ni siquiera caminó hacia su barrio.
Terminó en el casino.
Una jugada. Solo una. Recuperaba el triple y pagaba todo. Esta vez sí, esta vez la suerte tenía que girar…
Las luces lo recibieron como siempre: cálidas, cómplices. El ruido de las máquinas le tapaba la conciencia. Cambió dos billetes, luego otros tres. Nada. Se fue a la ruleta para recuperar todo de una vez. Jugó al rojo. Perdió. Apostó al par. Perdió. Volvió al rojo. Empató. Subió la apuesta. Y cuando quiso frenar, ya no tenía con qué.
Le quedaron diez soles. Dudó. Miró la mesa. El crupier lo ignoraba, como si ya estuviera muerto. Se fue tambaleando al baño, se lavó la cara. En el espejo, el reflejo le devolvió un viejo derrotado, ojeroso, con olor a humo y vergüenza.
No puede ser… no puede ser…
Salió a la calle de madrugada. La ciudad dormía y él temblaba, no por frío, sino por el eco de una ruina autoinfligida. Caminó hasta su casa sin mirar a nadie, sin pensar. Solo sintió cómo, con cada paso, el sobre invisible bajo la camisa se iba quemando, como si le hubieran metido brasas en el pecho.
Y entonces llegaron. Tres días después. Las motos. Las botas negras. Golpearon la puerta con una violencia que prometía derribarla.
—Ya pasó el plazo, Don Manuel —le dijo El Parce, con esa voz suya que parecía reír incluso cuando amenazaba—. Usted ya sabe cómo funciona esto.
Don Manuel se negó a responder. Quiso hablar, explicar, suplicar, pero no le salió la voz.
—Como usted no tiene, pues que pague su hijo.
Ahí sí habló. Gritó, incluso. Dijo que no, que a Daniel no, que era solo un chico. Pero los hombres no pedían permiso. No hablaban más de la cuenta.
Le dieron hasta el lunes.
Y el lunes estaba cada vez más cerca. Don Manuel ya no dormía, no comía. Se sentaba en la silla del rincón, esa que nadie usaba, y se quedaba mirando el piso, la pared, la navaja colgada. A veces hablaba solo. A veces se escuchaba decir cosas que le daban miedo.
Soñaba con tumbas. Con Daniel dentro. Con él cavando. Soñaba que le afilaba la barba al cadáver de su hijo y que este abría los ojos y le decía: “¿Por qué?”
No podía dejar que le hicieran daño. Era su hijo. Su única razón para persistir. Tiene que vivir. Como sea. Aunque me odie. Aunque nunca más me hable.
La idea vino como una chispa. Y luego prendió rápido, como incendio en escoba seca.
Si no lo encuentran… si no está aquí…
Recordó a un primo enfermo en Camaná. Se aferró a esa excusa. Inventó una urgencia. Le pidió a Daniel que lo representara. Que fuera en nombre de la familia.
—Anda, hijo. Es importante. Te regresas apenas mejore.
Daniel no dudó. Se fue con su mochila y un táper de tallarines que preparó la vecina. Lo despidió en el terminal con un abrazo largo, casi desesperado. Daniel pensó que era por la salud del primo. No entendía que su padre estaba abrazando su culpa.
Cuando volvió a casa, Don Manuel se sentó en la cama y lloró. Lloró como no lo hacía desde que murió su madre. Lloró de miedo. Lloró de alivio. Pero sobre todo, lloró por lo que iba a hacer después.
Necesitaba a alguien en la silla de Daniel. Alguien que los colombianos confundieran. Alguien joven, de piel parecida. No por venganza, sino por engaño. Tiene que parecerse… lo justo… que entren, hagan lo suyo, y se vayan. Después… después yo me encargo.
Llamó a viejos colegas. Preguntó por barberos nuevos en la ciudad. Gente que buscara trabajo.
Así llegó Leo.
Leonidas, un venezolano simpático, con sonrisa fácil y ganas de empezar. Traía su propia tijera envuelta en un pañuelo. Dijo que había trabajado en Caracas, en una barbería chiquita pero brava. Don Manuel lo escuchó en silencio, midiendo cada gesto, cada palabra. Sirve. Sirve perfecto.
Le explicó lo básico. Que ese lunes estaría solo. Que él tenía que salir por unos trámites, pero que si alguien preguntaba, debía decir que estaba a cargo.
Leo aceptó con gusto. Le brillaban los ojos. Un día de trabajo es comida en la mesa.
Don Manuel salió de la barbería justo antes de que cayera la tarde. Caminó sin rumbo, con el corazón golpeándole el esternón. No tenía a dónde ir. No quería estar en ningún sitio.
Se sentó en una banca del parque Duhamel, con los codos en las rodillas y la cara en las manos. Y esperó.
Esperó a que pasara lo inevitable. Esperó a que alguien pagara el precio que él no pudo pagar.
Cuando volvió, ya era tarde. La calle Bolognesi estaba llena de curiosos, todos mirando hacia su local. Cintas amarillas, policías, vecinos hablando entre dientes. Una señora gritaba que había sido un asalto, que dispararon sin decir ni hola. Otro decía que era ajuste de cuentas.
Don Manuel no preguntó. Ya lo sabía.
—Es el barbero nuevo —le dijo un vecino—. Le metieron tres balazos.
No reaccionó. No gritó. Ni siquiera parpadeó. Solo sintió las miradas sobre la espalda. Pesadas. Las presentía.
Lo que no esperaba era que Leo siguiera vivo.
—Se lo han llevado al hospital general —le avisaron—. Está grave, pero dicen que aguanta.
Se fue caminando. No podía con la idea de subirse a un taxi. Cada paso era una confesión. Cada paso decía: soy culpable, fui yo, fui yo, fui yo…
En Emergencias, un médico le explicó que el chico tenía perforado el pulmón, que iba a necesitar cirugía, que si todo salía bien podía salvarse, aunque le esperaban meses de recuperación. Don Manuel asintió sin entender del todo. Tenía la boca seca. Le ardía la garganta. No le ofrecieron asiento, ni él lo pidió.
Más tarde, la policía lo citó a declarar.
No mintió.
Dijo que debía plata a Los Colombianos. Que lo habían amenazado. Que temía por su vida. No mencionó a Daniel. Ni a Leo. Ni el plan. Solo lo justo para que lo dejaran irse.
Esa noche durmió en la barbería. No por seguridad. Por castigo. Se tumbó en la silla de corte, con la capa de peluquero como manta. Soñó con sangre. Con una risa aguda. Con una voz que le decía: Ya está, ya pagaste.
Y quiso creerlo.
Durante los días siguientes, nadie volvería a buscarlo. Ni los colombianos. Ni la policía. Ni la culpa. O eso quiso pensar. Iba al hospital, preguntaba por Leo, dejaba frutas que nadie recogía. Miraba por la ventana mientras el joven dormía, entubado, pálido. No podía hablar con él. No sabía si algún día iba a perdonarlo. Ni siquiera sabía si él lo sabía… ¿o sí?
En la barbería, todo seguía igual. Pero algo estaba roto. El espejo lo devolvía distinto. Las tijeras pesaban más. Las sillas vacías lo miraban raro.
Un día después del atentado, Daniel llamó desde Camaná. Estaba preocupado. Un amigo le había contado del ataque. Quiso saber quién era ese ayudante nuevo, cómo estaba el negocio y si su padre se encontraba bien.
Don Manuel mintió con torpeza.
—Fue un intento de robo —dijo—. Ya está controlado. Quédate allá unos días más, por si acaso.
Pero Daniel no era tonto. Ni ingenuo. Lo notó en la voz, en las pausas, en el tono de alguien que oculta algo. Y decidió volver.
No avisó. Tomó el primer bus de regreso a Arequipa. Venía con el corazón en la garganta, repasando escenarios, sospechas, temores. ¿Le pasó algo a mi viejo? ¿Por qué no me lo cuenta?
Don Manuel estaba en la barbería, cortando el cabello de un viejo cliente que hablaba sin parar. Le costaba concentrarse. Cada vez que afilaba la navaja sentía que afilaba su propia condena.
Alzó la vista por la ventana y, por un segundo, le pareció ver a Daniel cruzando la calle.
Sonrió, se le aflojaron las piernas, pero no del susto, sino de alivio. Mi hijo está bien. Está vivo. Lo logré.
La sonrisa le duró exactamente siete segundos.
Porque justo en ese instante, un taxi a toda velocidad, escapando de una combi que le cerró el paso, se trepó al sardinel y embistió a Daniel de lleno, lanzándolo como trapo al aire.
El grito no fue suyo. Fue del cliente. Fue de la calle.
Don Manuel salió corriendo, sin soltar la toalla. La navaja cayó al suelo. Y cuando llegó al cuerpo —ese cuerpo que tanto había protegido, por el que había manchado su conciencia— ya no quedaba nada que proteger.
Los paramédicos llegaron tarde.
El conductor decía que no lo vio. Que el chico se cruzó sin mirar. Que fue un segundo, una curva, un error.
Pero Don Manuel no dijo nada.
Solo se quedó ahí, de rodillas, con la sangre de su hijo en las manos. Esa sangre que no había querido derramar, pero que igual terminó esparcida en la vereda, como una deuda que se cobra sin preguntar.
Y la vida —esa vieja hija de puta— se echó a reír, con la boca de los que creen en el destino.