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Relato 48 · 16 min

La Salada

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

¡3 de octubre! Por fin había llegado el día. El día D. El día en que le cobraríamos la suya a Portocarrero. Nada de palabras. Nada de advertencias. Solo acción. Llevábamos casi dos semanas esperando este momento, aguantando la rabia como si no pasara nada, a pesar de que sabíamos perfectamente que él había sido. Que él nos había vendido.

Lo mirábamos desde lejos, disimulando, mientras barría el salón. Era su turno. Cada tarde, a la salida, un alumno debía encargarse de limpiar: barrer el suelo, borrar los restos de tiza, sacudir esa mota de trapo raída que olía siempre a polvo viejo. Ese día le tocaba a él. Lo sabíamos de antemano. Lo habíamos calculado.

Y ahí estaba, concentrado en su faena, con esa cara de aplicado que lo hacía ver mejor que el resto. Ese aire de cumplidor que nadie le había pedido. No iba a sospechar nada. Íbamos a esperarlo. Que terminara su rutina. Y justo cuando se creyera libre, zas: le haríamos la salada.

La salada. Solo el nombre ya generaba nervios. Una mezcla de emoción y adrenalina. Nunca la había hecho. Ni siquiera había estado presente cuando se la hacían a otro. Pero los chicos contaban cosas. La salada era humillante, directa, irrepetible. El castigo para los soplones. La manera de dejar claro que en nuestro grupo no se perdonaban las traiciones.

Pero... ¿por qué exactamente nos vengábamos? ¿Qué había hecho Portocarrero para merecer eso?

Todo había pasado un par de semanas antes. Pero si uno quería entenderlo de verdad, había que poner el escenario completo: 1991 fue un año conflictivo, turbulento. Las huelgas de profesores lo partieron en dos. Días enteros sin clases, carteles de reclamo pegados en las paredes, marchas en el centro. El sindicato se había puesto bravo y por una vez parecía que los maestros no iban a agachar la cabeza.

A nosotros, los alumnos, la verdad, no nos caía mal el asunto. Era como tener vacaciones intermitentes, sorpresivas. Los papás se quejaban, sí, pero en el fondo sabían que los profes no estaban pidiendo lujos, solo que les pagaran como gente. Así que la cosa seguía su curso: protestas por un lado, adolescentes desparramados en sus casas viendo televisión por el otro.

Y en ese contexto, cayó el 23 de septiembre: el Día del Estudiante. Que era casi sagrado. Cada año se hacía un paseo fuera de la ciudad. Un año fuimos a las riberas de Sabandía, otro a las playas de Mollendo. Siempre algún destino con agua, sol y comida fría. Pero esta vez... con el ausentismo docente por las nubes, el director se lavó las manos y dijo que cada salón organizara lo suyo. Si no, se daba el día libre y punto.

Nuestro tutor, el buen Don Eusebio Salas, un tipo flaco con voz de ronco amable, propuso ir a Yura. Balneario con aguas termales, clima soleado, a hora y media en bus. La idea sonaba bien, pero no era obligatoria. Quien quería, se apuntaba.

Éramos apenas ocho. Un grupito de rezagados, cada uno por razones distintas. Los hermanos López, Juan y Jorge, cuyos padres eran profes y vivían en otra provincia. Portocarrero, que fue por compromiso, nomás por ser delegado y no quedar como antisocial. Y nosotros: los forajitas. Luque, Ruiz, Tapia, Jara y yo. Ya nos conocían así, por andar siempre juntos, por la risa fácil, por la lengua suelta. Inventamos una mentira piadosa para nuestras familias: que el paseo era obligatorio, que iba todo el salón. No nos creyeron del todo, pero tampoco insistieron mucho.

Estábamos emocionados. Era una escapada. Yo me había comprometido con los cigarrillos; Jara, con el ron que pensaba tomar prestado de la tienda de su abuela. Llegamos puntuales al paradero, mochilas flojas, ojos encendidos.

El viaje fue tranquilo. Risas, chismes, alguna broma pesada. Llegamos a Yura a las diez clavadas. Jugamos fútbol primero, improvisando arcos con piedras. El partido terminó en empate porque nadie quería admitir la derrota. Luego vino el turno de la piscina. Don Eusebio juntó el dinero para las entradas. En esos años aún hacían descuento escolar.

La piscina estaba casi vacía. Era lunes, y con las huelgas, no había casi visitantes. Solo una pareja de adultos mayores y una familia de Lima. La piscina no era grande, pero el agua tibia y la tranquilidad lo hacían parecer nuestro propio club privado.

Ahí empezó el detalle con Portocarrero. No era de nuestro grupo, nunca lo fue. Tenía sus propios amigos en el colegio, y en ese paseo andaba más callado de lo habitual. Reía un poco cuando empujábamos a alguien al agua, pero se notaba que no se sentía del todo cómodo. Quizá fue solo para no quedar mal con el profesor. O para marcar presencia.

Hasta que Luque lo empujó. Fue un momento mínimo pero decisivo. Portocarrero se estaba secando, con la toalla cubriéndole la cabeza, y Luque lo empujó justo cuando pasaba cerca de la pareja limeña. Casi se cae encima de la señora. El esposo gritó un par de cosas pesadas. Don Eusebio intervino, calmó las aguas —literal y figuradamente— y nos pidió que saliéramos.

Ya era cerca de la una. Nos fuimos a unas rocas cerca del cerro, donde el sol pegaba fuerte. El hambre venía como castigo por tanto correteo. Cada quien abrió su táper. Había desde el clásico atún con papas hasta un arroz con lomo saltado que sacó Portocarrero como si fuera un premio. Don Eusebio, más relajado, probó un poco de cada plato, y se sentó con nosotros como uno más. En esas, la conversación se volvió más íntima. Historias de la secundaria, anécdotas, tonterías que nos hacían reír más de lo debido.

Uno de los hermanos López y Portocarrero se alejaron del grupo para trepar el cerro que escoltaba el balneario. Don Eusebio les advirtió que tuvieran cuidado, que no quería accidentes.

Fue cuando se nos hizo fácil olvidarnos del plan, con el ron. El profesor hablaba, y hablaba bien. Contó que de joven quiso ser futbolista, que en Chimbote jugaba de mediocampista, que sus viejos lo presionaron para entrar a la universidad. Nos habló de sus años en la selva, de una comunidad en Iquitos donde tuvo que beber masato masticado por niños. Todo contado con ese tono suyo, entre nostalgia y comedia. Era un tipo que se ganaba la escucha.

Hasta que Luque lo dijo:

—Profe, sus historias estarían mejor con un roncito.

Y sacó la botella como quien muestra un as bajo la manga. Cartavio etiqueta amarilla. Todos lo miramos con la cara que uno le pone a los locos… cuando dicen algo brillante.

El profesor dudó. Pero tomó la botella, la examinó con la nostalgia de quien se reencuentra con un viejo amor, y soltó:

—Este roncito era famoso en mi puerto. Pero se toma puro, nada de gaseosa.

Se sirvió en un vaso —uno que yo mismo le pasé sin pensar—, lo bebió de golpe, hizo un gesto raro y dijo:

—Está muy rico.

Ahí arrancó la ronda. Jara tosió tan fuerte que nos hizo pensar que se iba en ese instante. Nos moríamos de risa. El profe seguía contando historias y de pronto todo tenía otro color. La risa más suelta, las palabras más pesadas, la confianza desbordada. Jara quiso seguir tomando y propuso terminar la botella. El profe dudó. Dijo que no tenía cigarrillos, que así no le gustaba beber. Yo aproveché y saqué los Ducal que había escondido.

Ese fue el momento exacto en que cruzamos la línea. Le ofrecí uno. Dudó. Midiéndome por dentro, con esa mirada que pesa más que mil preguntas. Y aceptó.

Nos hizo jurar que nadie debía enterarse. Ni un rumor. Ni una palabra. Juramos. Algunos por Dios, otros por nuestras madres.

Después de casi una hora ahí, sentados entre rocas calientes y la botella casi vacía, ya no éramos alumnos. Éramos patas. Compañeros de batallita. Jóvenes borrachos sin conciencia del futuro. Fumábamos, gritábamos, hablábamos de fútbol, de tetas, de cosas que nunca íbamos a tener. Y nos reíamos de todo, incluso del propio Don Eusebio, que soltaba carcajadas más fuertes que las nuestras. El hombre estaba feliz. Y nosotros también.

Hasta que aparecieron ellos.

Juan López y Portocarrero bajaban del cerro con los polos empapados en sudor. Juan saludó y se acercó al grupo. Tapia, generoso como siempre, le pasó el vaso. Juan miró a su hermano. Jorge le hizo una seña: todo bien. Entonces lo tomó. De un solo golpe. Tosió. Se puso rojo. Risa general.

Menos Portocarrero.

Él se quedó quieto. Los ojos clavados en el vaso, luego en el profesor. Y otra vez al vaso.

—¿Quieres? —le preguntó Tapia, a modo de ofrenda.

Portocarrero negó con la cabeza. No con timidez. Con rechazo. Con una mezcla de asco y rabia.

—No, gracias. Tenemos que irnos —dijo.

—Aguafiestas —lo picó Jara—. Si no hubieras trepado ese cerro, estarías acá con nosotros, como gente.

Tapia se empezó a calentar. Ya lo conocíamos. Tenía el carácter fácil de encender.

Y Portocarrero... Portocarrero tenía esa mirada que no necesitaba palabras: éramos basura para él. El ron, los cigarros, la risa… todo parecía un pecado original. Algo por lo que ya estábamos condenados.

Tapia se quiso parar. Quiso empujarlo. Pero Don Eusebio se metió al medio.

—Nadie obliga a nadie. Si no quiere, no toma.

Y con eso bastó. El respeto al profe era raro. Era como ese respeto que uno siente por un tío chévere, pero que de pronto también es autoridad. Tapia se frenó. Se quedó masticando su bronca.

El profesor nos pidió que recogiéramos las cosas. Jara, con cara de niño castigado, metía todo a la mochila. Tapia, aún caliente, se terminó el ron que quedaba, de un trago, sin vaso ni pausas. Luego lanzó la botella contra una roca. El vidrio estalló con un sonido que, si lo pienso, todavía retumba. Fue como un final. En ese estallido, algo se rompió de verdad.

Yo encendí mi último cigarro. Lo saboreé. Nos fuimos al paradero, en silencio, con la cara tostada y los ojos brillosos. El autobús de las seis llegó medio vacío. Nadie habló mucho. Cada uno agarró el primer asiento libre que encontró. Y el viaje de vuelta fue lo opuesto al de ida. Calma, cabeceos, suspiros, chicles para el aliento.

Al llegar al centro de la ciudad, nos separamos sin ceremonia. Tapia se fue por la izquierda, Jara cruzó sin mirar. Yo me fui a paso lento, postergando la llegada a casa. Daba la impresión de que algo ya hubiera empezado a doler.

Y entonces vino el viernes. El viernes maldito.

Ese día teníamos historia, con Don Eusebio, claro. Pero no apareció. En su lugar pusieron a un practicante que ni siquiera saludó. Serio, con esa cara de quien guarda un secreto incómodo. La clase se volvió una espera.

Hasta que pasó lo que tenía que pasar.

Un auxiliar —el Lobo, lo llamábamos— entró sin tocar la puerta. Tenía una lista en la mano. Nombró a cada uno de los que habíamos ido al paseo. Uno por uno. Sin rodeos. Nos miramos entre nosotros, algunos con sorna, otros con miedo. Nos escoltaron hasta la biblioteca. Ahí nos esperaba el profesor de Disciplina, con cara de juez y verdugo.

Nos dijo que Don Eusebio había sido suspendido. Que había una investigación abierta por “acontecimientos irregulares” ocurridos durante el paseo del quinto D. Que cada uno sería interrogado de manera individual.

La biblioteca olía a humedad y a peligro.

Cuando me tocó mi turno, supe qué decir. O mejor dicho, supe qué no decir. Nada de ron. Nada de cigarros. Solo historias vagas. Una excursión tranquila. Alguna travesura mínima. No había pruebas. No podían tener pruebas. Y si todos decíamos lo mismo, no podrían hacernos nada. Eso pensaba.

Pero algo fallaba. Algo no cerraba. Porque alguien había hablado. Alguien había contado más de la cuenta.

Y aunque no lo dijimos en voz alta, todos pensamos lo mismo.

Portocarrero.

Pasaron un par de días. La tensión no bajaba. La investigación seguía su curso, aunque ya sabíamos que no iba a llegar a nada. No había fotos, no había pruebas, y la mayoría de nosotros había cerrado la boca. Pero la paranoia seguía, viva, caminando por los pasillos del colegio.

Y entonces cayó la ficha.

Portocarrero. Tenía que haber sido él. No había nadie más. Era el único que no bebió. El único que no fumó. El único que se alejó del grupo como si fuera mejor que nosotros. Que nos miró con asco. Con juicio. No hacía falta que dijera nada. Su cara lo había dicho todo. Esa tarde, al pie del cerro, ya nos había condenado.

Los hermanos López se lavaron las manos. No querían problemas. Que cada uno se arreglara con su conciencia. Pero nosotros... nosotros no. Nosotros íbamos a hacer algo. Tapia lo dijo primero, con los dientes apretados:

—A ese soplón había que hacerle la salada.

Y no lo discutimos. No hubo votación. Era lo que se tenía que hacer: una salada bien hecha, rápida, humillante. Como se le hace a los delatores. A los traidores. A los que se olvidan de la mancha.

Nunca antes había participado en una. Solo conocía las historias, sí. Pero hacerla... eso era otro nivel. Y sin embargo, no me tembló nada. Al contrario, había una especie de excitación. Una ansiedad rara que no sabía si era miedo, rabia o simplemente adrenalina.

El plan era simple. Calculamos que el 3 de octubre —jueves— le tocaría a Portocarrero hacer el aseo del aula. El cronograma de limpieza era por orden alfabético. Y con la “P” le tocaba justo ese día. Lo sabíamos. Lo habíamos revisado. Así que esperaríamos a que todos se fueran, y lo interceptaríamos en el aula, solo. Una encerrona rápida. La salada y punto.

Esa tarde, a la salida, nos reunimos como quien no quiere nada. Tapia llevó un balón de básquet, por si acaso alguien preguntaba. La coartada era entrenar un rato en la losa. Reingresamos al colegio fingiendo desinterés, con esa cara larga que usamos cuando todo da igual. Pero el corazón nos golpeaba el pecho como un tambor de banda escolar.

No pudimos entrar al aula de inmediato. Había demasiada gente todavía: profesores, auxiliares, padres. El momento no era seguro. Así que cambiamos de táctica. Nos replegamos. Salimos del recinto y lo esperamos afuera. Como cazadores en la sombra.

Y entonces lo vimos. A una cuadra del colegio, caminando solo, mochila al hombro, la mirada fija en la vereda. Lo seguimos con pasos rápidos. No corriendo. Con ritmo. Con decisión.

Tapia fue el primero en actuar. Le lanzó el balón a la espalda.

—¡Así que eres un soplón de mierda! —le gritó.

Portocarrero volteó, confundido, sin entender qué pasaba. O tal vez sí entendía. Tal vez lo había estado esperando desde que nos delató.

Jara no le dio tiempo a pensar. Le metió una patada a la altura de la pierna que lo hizo caer hacia atrás. Un golpe seco, certero. Portocarrero cayó de espaldas, el polvo levantándose alrededor.

No le dimos tregua. Lo levantamos entre todos, con la frialdad de quien acarreara un costal cualquiera. Lo cargamos entre risas nerviosas y broncas. Lo llevamos al jardín de una casa cercana, un terreno sin cerco ni nadie que mirara. Tapia, con una frialdad que asustaba, le bajó los pantalones y la ropa interior.

Ahí estaba. El delegado del quinto D. Con el miembro al aire. Vulnerable. Expuesto.

Le echamos tierra. Le escupimos.

—¡Soplón de mierda!

—¡Delator, hijo de puta!

Lo vimos intentar subirse los pantalones entre sollozos. Lloraba. Lloraba con esa fragilidad de niño que no entiende nada. O peor: como si entendiera demasiado.

—¡Déjenme, hijos de puta! —gritó.

Y lo soltamos.

Duró un minuto. O menos. Pero fue eterno.

Los días pasaron. El aire en el colegio se volvió más denso, pero nadie decía nada. Ni los profesores, ni los auxiliares, ni nosotros. La investigación sobre el paseo se fue apagando como una vela que se consume sin que nadie sople. Nunca se supo nada. O no se quiso saber.

Don Eusebio volvió a mediados de octubre, con la naturalidad de quien solo estuvo de licencia. Sin mencionar una sola palabra sobre lo ocurrido. Entró al aula tranquilo, sin señales de reproche, saludó, tomó la tiza y empezó a escribir la fecha en la pizarra. Ni una mueca. Ni una mirada acusadora. Solo la voz firme, con ese dejo norteño suyo que nos había hecho reír tantas veces.

Y nosotros... nosotros hicimos lo mismo. Callamos. Tomamos asiento. Abrimos los cuadernos. Seguimos. Con la apariencia de quien no ha quemado nada. Con el fuego aún pegado por dentro.

A fin de año, todo siguió su curso. Terminamos la secundaria. Las fotos, las despedidas, los abrazos falsos. Cada uno tomó su camino. Algunos a la universidad, otros a trabajar. Algunos se quedaron en Arequipa, otros se fueron lejos. El colegio se convirtió en un recuerdo empaquetado, con aroma a uniforme usado y cartulina vieja.

De la salada, no se volvió a hablar. No entre nosotros. No con nadie. Fue un acto sellado. Archivado en la parte oscura de la memoria. Esa parte que uno decide no revisar. Que guarda los errores con etiquetas mudas.

Hasta que llegó 2016.

Veinticinco años después, nos volvimos a ver.

Era el reencuentro del quinto D. Promoción 1991. Algunos habían engordado, otros se habían quedado sin pelo, y casi todos fingíamos que seguíamos siendo los mismos. Nos reíamos de cosas antiguas, de apodos, de profesores ya jubilados. Fingíamos que todo estaba bien, que el tiempo no nos había dañado tanto como parecía.

Y ahí estaba él. Portocarrero. Había venido desde México para la reunión. Profesor universitario. Había salido en televisión allá. Éxito. Reconocimiento. Otro mundo. Se veía distinto, pero no del todo. Había algo en su manera de mirar que seguía siendo el mismo. Tal vez más sabio. Tal vez más cansado.

Esa noche, con varias cervezas encima, me acerqué a él. No para pedirle disculpas. No todavía. Solo para tantear, para entender si lo que pasó alguna vez había dolido tanto como yo creía.

—Gracias por no habernos delatado —le dije, intentando saldar algo que no tenía arreglo.

Él me miró. Con calma. Con una especie de tristeza vieja en los ojos.

—Nunca tuve intención de hacerlo —dijo—. No soy un soplón.

Lo dijo como quien aclara un punto que debería haber sido evidente. Parecía que todavía necesitaba defenderse. Como si le costara recordar.

Entonces me contó lo que nunca supimos.

Que esa tarde, en el bus de regreso, se quedó dormido. Y que alguien —alguien del grupo— metió en su mochila el vaso sucio de ron. Lleno de colillas. Que su madre lo encontró, que pensó lo peor. Que no le creyó nada. Que lo interrogaron a correazos. Que en su desesperación solo pudo decir que el profesor había fumado. Que tal vez alguien le había hecho una broma.

Nada más.

Y con eso bastó para que la madre fuera al colegio. Para que el director iniciara una investigación. Para que Don Eusebio desapareciera por semanas.

Él no habló de nosotros. Nunca mencionó el alcohol. Nunca dio nombres. Nunca nos vendió.

Me miró. No con odio. Con algo peor: decepción.

—Lo mejor hubiera sido hablar conmigo —dijo—. Antes de hacerme pasar esa vergüenza.

Y en ese momento lo supe. Lo supe con la certeza de los errores imperdonables.

Tenía razón.

Porque yo fui el del vaso. Fui el que lo llevó. Y nunca volvió conmigo. Me lo había olvidado. O alguien se lo quedó. O alguien lo usó para jugar. Pero fue mío. Y esa sola verdad me revolvió el estómago.

Le conté todo. Que ese viernes, cuando Don Eusebio no vino, lo fuimos a buscar. Que le dijimos que nosotros no habíamos sido. Que solo Portocarrero pudo haber hablado. Que él asintió, despacio. Que le preguntamos qué debíamos hacer. Y que fue él, Don Eusebio, quien ordenó la salada.

Portocarrero no dijo nada por unos segundos. Solo bajó la mirada. Y esa última parte parecía dolerle más que todo lo anterior.

Y entonces entendí que a veces, la traición no necesita mentiras. Solo necesita silencio.

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