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Relato 49 · 6 min

El Origen (del mal)

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

En 1988, mientras estudiaba en Santiago de Chile, me tocó hacer prácticas en la revista Ventana Futura. Por esos días me mandaron a cubrir una conferencia cuyo título prometía más de lo que uno estaba acostumbrado: “El Origen del Mal”, a cargo de un tal Dr. Philips. El nombre me sonaba a charlatán, pero uno no puede rechazar notas solo porque intuye humo. Fui con libreta, grabadora y ese escepticismo que uno se pone como abrigo cuando el título de la charla huele más a delirio que a ciencia.

El evento, sorpresivamente, estaba lleno. Público variopinto: estudiantes, curiosos, algún académico despistado y más de un tipo con pinta de conspiranoico elegante. Philips, un inglés flacucho de bigote raro y mirada ansiosa, comenzó balbuceando un saludo en español, pero pronto se rindió y siguió en inglés. Lo salvaba una pantalla donde una intérprete tipeaba al instante sus palabras, traducidas al castellano con precisión sospechosa.

El arranque fue decepcionante. ADN, herencia, factores ambientales, cosas que uno ya había escuchado en cursos de introducción a la biología. Pero luego empezó a escarbar donde la ciencia no siempre se atreve: en los pliegues incómodos del comportamiento humano. Según él, nuestras cadenas genéticas no solo cargaban con la forma de nuestra nariz o la predisposición a la diabetes, sino también con fragmentos arcaicos de personalidad: impulsos, manías, placeres, horrores. Lo que somos —decía— es un eco remoto de lo que alguna vez fuimos.

Explicaba que ciertos genes dormidos pueden activarse ante presiones externas, como si la historia ancestral acechara detrás de cada estímulo. ¿Un asesino serial en un hogar cariñoso? ¿Un pedófilo en una familia ejemplar? Para Philips, la respuesta no estaba solo en la infancia, sino en un abuelo remoto, en un ancestro olvidado, tal vez cavernícola, cuyas sombras se cuelan en el presente sin pedir permiso.

La sala estaba en silencio. Algunos asentían con la cabeza, otros anotaban frenéticamente, y yo... yo solo pensaba en cómo iba a escribir todo eso sin que sonara a ciencia ficción barata.

Luego entró en materia más densa. Habló de las parafilias humanas, los géneros, las preferencias. Dijo que mientras otras especies apenas muestran desviaciones sexuales, los humanos parecíamos una anomalía exuberante. Mencionó estadísticas, las mismas que uno suele encontrar en estudios escondidos en revistas académicas sin glamour: cerca del 1% de la población tendría inclinaciones sexuales que no entran en la cajita de lo convencional.

“¿Existe una correlación entre inteligencia y diversidad sexual?”, preguntó, y acto seguido, se respondió con una sonrisa de quien se cree dueño de una revelación incómoda. La selección sexual —según él— fue motor clave de nuestra evolución cerebral. Es decir, pensaríamos mejor porque cogíamos distinto.

Fue entonces que prometió explicarlo todo con un cuento. Sí, un cuento. Dijo que lo hacía por el público, para digerir mejor su hipótesis. La sala se reacomodó en sus sillas. Yo encendí la grabadora. Estaba por empezar la parte que, según él, develaría el verdadero origen del mal.

—Imaginemos una tribu —dijo Philips, con esa sonrisa de profesor que se cree más listo que su audiencia—. Una tribu que llamaremos... los Meso.

Silencio en la sala. Algunos se acomodaron en sus asientos. Otros rieron bajo la nariz, creyendo que el académico iba a ponerse juguetón. No se imaginaban hasta dónde.

—Vivieron hace unos diez mil años, durante el Mesolítico, en alguna zona del actual Oriente Medio. Pedro —así lo bautizaremos— era el líder. Un tipo pragmático, de esos que no creen en ir más allá del valle si el valle ya da lo necesario. Así que decidió que su tribu se quedaría quieta. Nada de migraciones. Se establecieron en cuevas. Ya dominaban el fuego, fabricaban herramientas, cazaban con estrategia. Algunos incluso habían empezado a experimentar con la agricultura. Pero, sobre todo, dependían de la carne. Carne cocida, grasa animal: la gasolina que hacía funcionar sus cerebros cada vez más sofisticados.

El conferencista se paseó por el escenario como si contara una parábola bíblica.

—Pero Pedro sabía algo: si te asientas, te haces territorio. Y si tienes territorio, los otros mamíferos —tu cena— dejan de acercarse. Así que organizaba expediciones de caza cada vez más largas. Semanas enteras. Los hombres partían. Las mujeres se quedaban. Hasta ahí, todo según el manual evolutivo de la masculinidad.

Hizo una pausa, sorbo de agua. Bajó la voz.

—Pero hay un detalle que solemos olvidar —dijo—. Que el sexo no es solo una función biológica para perpetuar la especie. Es también una necesidad inmediata, brutal, como el hambre. Porque sí: cada orgasmo descarga oxitocina en el cerebro, un cóctel adictivo que nuestros antepasados no sabían nombrar, pero sí buscar.

Y entonces, la ecuación se rompe.

Hombres ausentes. Mujeres sin pareja. Cuerpos jóvenes, necesidades intactas. Y una moral todavía en construcción.

—Algunos hombres, durante esas largas expediciones, comenzaron a explorar otras posibilidades. Probablemente al principio forzadas. Luego aceptadas. Entre ellos. A su regreso, los cazadores se encontraban con mujeres que elegían a los más fuertes. Los menos deseados, los tímidos, los torpes... también buscaron su lugar. A veces entre sí. A veces en lo que quedaba.

El inglés miró al público. Silencio tenso.

—Y entonces vino la sombra —dijo, sin levantar la voz—. Algunos, con deseos urgentes y sin válvula de escape, buscaron en animales, en cadáveres o en los más vulnerables de la tribu. Los niños. La violencia sexual surgió así, no como monstruo externo, sino como residuo lógico de una evolución incompleta.

Un murmullo recorrió la sala. Alguien carraspeó. Otro cruzó los brazos.

—Ese —concluyó Philips— es el origen del mal. No en el pecado. No en la religión. En la cueva. En la química. En la ausencia de moral donde ya existía deseo.

—Fue cuando nos volvimos sedentarios —dijo, apagando el proyector de sus ideas, como quien ha terminado una clase de yoga satánica—. Ahí empezó el problema.

Se refería a eso: a que al quedarnos quietos, al organizarnos en torno al fuego y la cueva, nuestro cuerpo evolucionó más rápido que nuestra ética. El deseo había llegado a la fiesta con millones de años de ventaja, y la moral apenas estaba aprendiendo a atarse los zapatos.

—No digo que todos los humanos lleven eso dentro —aclaró—. Pero sí que muchos lo llevan en potencia. Como una chispa genética. Una predisposición. Y que basta el entorno adecuado, el evento adecuado, el trauma preciso... para que se encienda.

Ahí terminó. Se bajó del estrado con la misma elegancia con la que uno deja caer una piedra en un estanque. Las preguntas fueron pocas. Los aplausos, moderados. Algunos se fueron con cara de haber visto un documental prohibido. Otros murmuraban entre sí, escandalizados. Yo apagué la grabadora, recogí mis papeles y caminé hacia la puerta como quien sale de una iglesia rara, de esas que te dejan más preguntas que fe.

Ahora, tantos años después, mientras transcribo estas notas olvidadas, no sé qué pensar.

¿Y si tenía razón?

¿Y si el tipo que un día desea tocar lo intocable no es un monstruo que cayó del cielo, sino el eslabón roto de un linaje tan antiguo como el fuego?

¿Y si en cada uno de nosotros, bien al fondo, hay un eco de Pedro, de la cueva, de ese vacío moral esperando su momento?

Tal vez sí.

Tal vez no.

No soy genetista. Ni filósofo.

Solo un periodista que estuvo ahí, escuchando.

Lo único que sé, querido lector, es que con ADN o sin él, seguimos siendo la única especie que puede mirarse al espejo y preguntarse si ese monstruo que imaginamos…

ya vive adentro.

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