Inframundo
Algunas vitrinas del Centro empezaban a colgar sus adornos navideños: guirnaldas descoloridas, luces que parpadeaban como si dudaran de sí mismas. Pocas, en realidad. El resto de los negocios seguía con las cortinas a medio bajar, resignados a las ventas flojas y a la tristeza que se respiraba como polvo viejo. Era noviembre del 90, y la ciudad parecía una vieja maltratada que aún no entendía por qué le pegaban.
El toque de queda obligaba a todos a encerrarse antes de las once. Una orden seca, marcial, como escupida desde arriba por un gobierno que prometía cambio pero olía a dictadura. Fujimori llevaba pocos meses en el poder y ya se sentía el peso del garrote. Reuniones clandestinas, redadas sin aviso, guardias que rondaban como perros flacos, buscando a quién morder o a quién sacarle un billete. Si te agarraban tarde, lo mínimo era que te bajaran con un soborno; lo otro, pasar la noche en una carceleta con el orín marcando las paredes y el miedo durmiendo en el pecho.
Arequipa no dormía tranquila. Se acurrucaba en silencio.
—Joven, caramelos de limón... pa’l mal sabor de boca... lleve, joven —me dijo un chibolo. No tendría más de ocho años. Voz agrietada, mirada sin infancia. Lo lanzó intuyendo el sabor amargo que yo arrastraba.
No tenía un puto billete en el bolsillo. Ni para él ni para mí. Apenas si lo miré. Bajé la cabeza, con la cara ardiéndome de vergüenza, y apresuré el paso. No quería estar ahí, no en esa calle, no con ese niño. No con nadie que me recordara en lo que me estaba convirtiendo.
Calle Tristán. Zona de mala reputación, dicen. Pero yo sé que esa frase no alcanza. No es solo la fama. Es el olor, las miradas, la mugre, las siluetas que esperan en las esquinas con la resignación tatuada. Esa calle no es mala por lo que vende. Es mala porque ya no le importa quién compra.
Me esperaba un largo camino a casa. Largo como la culpa que me colgaba del cuello. Caminé sin rumbo claro, con mil pensamientos reventando como petardos en el cráneo.
¿Qué hacía un niño de ocho años vendiendo caramelos en la calle Tristán? ¿A esas horas? ¿A quién le estaba salvando la noche con ese sabor cítrico? ¿A su madre? ¿A sus hermanos? ¿O solo estaba intentando no morirse de hambre?
Tal vez era hijo de alguna de esas mujeres que, desde que caía el sol hasta pasada la medianoche, ofrecían su cuerpo por lo que les dieran. Lunes a domingo. Como si el tiempo no tuviera descanso, como si la miseria no conociera el calendario.
¿Quieres saber qué hacía yo ahí, tan tarde, en una de las calles más jodidas de Arequipa? ¿Y por qué ese niño, justo ese niño, me ofreció caramelos "pa’l mal sabor de boca"? Pues lo han adivinado, carajo. Acababa de comprar sexo. Un polvo miserable con una prostituta cualquiera. Pero ni siquiera eso me queda claro. Si fue sexo. Si fue humano.
No fue placer. Fue otra cosa. Algo que todavía no sé cómo nombrar. Y lo peor es que usé los 400 mil intis que mi madre me había dado para comprar azúcar, arroz, lo que alcanzara. Los fundí en carne y vergüenza.
“El mal sabor de boca”... No, no era por lo que me comí. Era por lo que me quedó después. Un regusto a cloaca que se me iba a quedar pegado a la lengua, al alma, al recuerdo. Algo que no quería cargar, pero ya era mío. Me condenaba. Y con eso bastaba para saber que pertenecía a ese grupo de almas embarradas que avergonzaban a los que vivían con las manos limpias.
Ese otro mundo. Ese del que nadie hablaba, pero todos miraban de reojo. Ese al que pertenecía. El inframundo.
Hasta hacía un par de horas estaba fumando queso con mis amigos, Javier y Chalo. Queso para los patas, “pasta básica” para los que leen desde afuera. Supuestamente nos habíamos juntado a hacer un trabajo del cole —último año, últimas excusas— y mi madre, que todavía creía en mí, me había soltado los 400 mil intis para el pasaje y para comprar azúcar. El azúcar estaba por las nubes. Todo estaba por las putas nubes desde que el presidente nuevo anunció que los subsidios se acababan. “Que Dios nos ayude”, había dicho su primer ministro en televisión, como quien se lava las manos con agua sucia.
Y así estábamos. Ayudados por nadie. Con el pan, el arroz, el azúcar y hasta la esperanza duplicando su precio cada semana.
¿Por qué unos mocosos de dieciséis años se estaban friendo el cerebro con pasta? Fácil. Porque era lo que había. La droga del misio, del inframundo. Barata, rápida, jodidamente adictiva. En menos de diez segundos te subía a un lugar brillante que duraba lo que un parpadeo, y para quedarte ahí, necesitabas otro kete. Y otro. Y otro.
Fue Chalo el que nos metió en esas, hacía tres meses. Desde entonces, incluso a mitad de semana, nos buscábamos. Nos juntábamos por nuestra ración.
Decíamos que era por diversión, pero sabíamos que era mentira. Nuestros cerebros pedían su dosis con la desesperación de un perro hambriento. Y aunque sabíamos que era veneno, igual lo fumábamos. Con la naturalidad con la que otros se cepillaban los dientes.
Ya era tarde, bien entrada la noche, y yo me había despedido de los muchachos con la idea de buscar el azúcar, aprovechando que estaba en el cercado. Pero algo me jaló. No sé si fue la ansiedad que deja la pasta cuando se enfría el cuerpo, o si también era adicto al sexo, o si —para ser honestos— simplemente no quería irme a casa con las manos vacías. Ni con las manos ni con el alma.
La cosa es que hacía un par de semanas, caminando por calle Tristán, vi a Martita. Sí, Martita, mi vecina de Pampas de Polanco. Aunque llevaba peluca y un maquillaje cargado, era ella. La reconocí por la forma de pararse, por esa boca de muñeca maldita que tenía desde chibola. Se veía distinta, pero jodidamente sensual. Desde entonces, no había dejado de pensarla. Me había hecho un par de pajas con su imagen, con su peluca barata y sus tacos altos. La había querido pagar desde entonces. Encamarme con ella no era un capricho, era casi una misión. Un deseo más fuerte que el hambre.
Así que, en lugar de conseguir el azúcar, crucé otra vez la línea. Fui directo a Tristán, buscando su cuerpo. Pero ella no estaba. Como otras veces, ni rastro. Solo decenas de mujeres de ambos lados de la cuadra, cada una con su oferta, su gesto, su sombra. Ninguna era Martita.
Y como si eso no fuera suficiente, el segundo golpe: el precio. El “servicio” estaba por encima de los 600 mil intis. Yo ofrecía 400 mil y me mandaban al carajo. Una soltó un “lárgate antes de que te meta un escupitajo”. Otra, más buena onda, dijo que regresara cuando ahorrara. Hasta reí, por dentro, de lo miserable que sonaba eso: “cuando ahorre”.
Ya estaba a punto de irme. De verdad. En serio. Lo pensaba. Y en retrospectiva, debí hacerlo. Pero entonces la vi.
En una de esas puertas viejas que dan a la calle, apareció una mujer. Cincuenta y tantos, tal vez más. Me acerqué y le hablé como quien se juega la última ficha:
—Señora, tengo 400 mil y ni un centavo más. Usted es mi última esperanza.
—Quinientos mil, chibolo. Es lo mínimo —soltó ella, sin rodeos.
—Le juro por mi madre santa que es todo lo que tengo. Ni para el bus me va a quedar —le dije, jugándome la última carta, con esa mezcla de cinismo y súplica que solo da la desesperación.
—¡Ya entra, chibolo! —gruñó al fin, haciéndose a un lado.
Caminé por un callejón largo, de esos con paredes húmedas y un silencio que sabía a encerrona. A los costados, cuartuchos con frazadas colgando en vez de puertas. Algunas ni eso. Unos metros cuadrados para el olvido, uno tras otro. Aunque ya era caserito de la calle Tristán, esa casona era nueva para mí. O tal vez no. Tal vez la había ignorado antes. Como se ignoran las cosas que dan miedo.
Llegamos al fondo. Entramos a un cuartito donde apenas entraba un colchón de una plaza. Papel higiénico junto a la almohada. Un tacho de basura lleno de condones usados al pie del colchón. Olor a sudor seco, a cloro vencido. Pidió la plata, se la di. No hubo sonrisas. No hubo trato.
—Échate —ordenó.
Me bajé el pantalón, el calzoncillo, con esa mezcla de vergüenza y calentura que no se entendían entre sí. Se sentó a mi lado y empezó a masturbarme con su mano derecha. La miré. Bajo la tenue luz que se colaba por una ventanita, la vi de cerca; tal vez pasaba los sesenta. El maquillaje agrietado no podía esconder lo que el tiempo ya había escrito.
Le toqué un seno, más por compromiso que por deseo. Le acaricié la espalda, le levanté el cabello. El cuello lleno de arrugas, la piel fina como papel viejo. Noté que usaba peluca. Debajo, su verdadero cabello era blanco, cortado al ras.
Pensé que me haría un oral. Pero no. No pasó.
—Dame tu jebe —dijo.
—No tengo.
—El jebe son cincuenta mil intis.
—Te di todo, ya te dije.
—Bueno, sin condón no hay acción —resopló, empezando a subirse el buzo.
—Devuélveme mi plata, entonces. Ya regreso otra ocasión —le dije, asqueado y arrepentido, con la erección muriéndome de a pocos.
—Ya, ya... ¡mete nomás, chibolo! —murmuró, adivinando que me iba a ir, bajándose el buzo de nuevo.
Y lo hice. Aún medio excitado, me puse encima. Posición misionero, como si eso hiciera la escena menos indecente. Me movía, mecánicamente, tratando de no pensar. Ella jadeaba con un sonido ronco, gastado. Intenté subirle la chompa para al menos verle los pechos, pero me bajó la mano. Lo intenté otra vez, y volvió a bajármela. Insistí con la mirada, y fue entonces que lo vi.
A un costado del estómago, un dren. Gástrico. Igualito al que tenía mi abuelo antes de morir. Me paralicé. Sentí el asco subirme como fiebre. Pero no me detuve.
Cerré los ojos y me moví más fuerte, poseído por la rabia, tratando de sacarme con cada embestida lo que ya tenía adentro.
Cuando acabé, me levanté sin decir nada. Subí mis pantalones, y salí a la calle como quien escapaba de un incendio que él mismo había empezado.
—Joven, caramelos de limón... pa’l mal sabor de boca... lleve, joven.
Era el mismo niño. El que me vio entrar. El que me miraba sin rencor, sin saber que acababa de salir del fondo del mundo con el alma hecha jirones. Me lo soltó con la voz agrietada, con la misma calma de quien no vio nada. O tal vez con la tristeza de quien lo entendió todo.
“Te los hubiera comprado todos”, pensé. Y seguí caminando.
No tenía azúcar. No tenía ni cara. ¿Qué le iba a decir a mi madre? ¿Que fue un asalto? ¿Que me robaron los intis a punta de cuchillo? Tal vez me creyera. Aunque en Pampas de Polanco ya nadie se mete conmigo. Tal vez por respeto. Tal vez por miedo. Tal vez porque todos estamos igual de jodidos.
Apuré el paso. El toque de queda me respiraba en la nuca. No quería que me agarrara así, oliendo a sexo barato y a decisiones de mierda.
Me acordé de lo que le dije a la señora: “Usted es mi última esperanza.” Pero ahora que lo pienso, no. Yo era más bien su esperanza. Su cliente del día. Su migaja de fe. Y eso me partía en dos.
Seguí caminando, repitiéndome las mentiras de siempre: que fue la última vez, que no volvería a Tristán, que nunca más iba a fumar pasta.
Aunque si aparecía Martita… bueno, uno nomás. Para calmar la ansiedad.