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Relato 43 · 10 min

La Espina

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

—¿Otra vez vas a salir? ¡Nunca descansas! —Paola lo miraba sin levantar la voz, pero con ese tono que ya no era reclamo, sino resignación rancia.

Roberto no contestó de inmediato. Sopló su plato de sudado de cojinova y sorbió la primera cucharada como si pudiera tragarse el fastidio con el pescado.

—Tengo que pagar la cuota del auto —dijo al fin—. No he juntado lo suficiente.

—Estás doblando turnos todos los días...

—¡Y gracias a eso comemos! —la voz se le alzó sin querer, o tal vez sí. Había algo en esa cena —la misma sopa recalentada, el mismo silencio tibio— que lo empujaba a responder como siempre. Con rabia. Con culpa.

—Yo también aporto —replicó ella, levantándose a recoger la cuchara que había caído al suelo—. No tengo tiempo para cocinar otra cosa, pero te caliento aunque sea un caldito... No digas que no te atiendo.

Roberto resopló, harto.

—¿En serio aportas? ¿Cuánto se va en tus pasajes? ¿Cuántas veces te vas en taxi, ah?

Separaba con paciencia las espinas, alineándolas como huesos de rencor sobre el borde del plato.

—Claro, tengo un marido taxista que nunca puede venir a recogerme —respondió ella, limpiando con papel higiénico la mesa, justo donde habían caído dos espinas.

—A veces estoy al otro lado de la ciudad, no puedo recogerte siempre...

—Pero bien que para tus hijos no estás nunca. ¿Te diste cuenta que bajaron las calificaciones?

El comentario lo pinchó. Como una astilla en la lengua.

—Eso es por tu culpa —dijo, empujando otro bocado—. Están descuidados porque tú tampoco estás. Yo, al menos, me reviento por la casa.

—Yo les compré los uniformes, ¡yo! Con lo que me pagan en la peluquería. No tú. ¡Yo!

Silencio. De esos densos, pegajosos. Roberto bajó la mirada al plato. Ya no sabía si tenía hambre o rabia.

—Basta ya. Necesito energías para esta noche.

—Te sirvo café —dijo ella, más suave. Parecía que el cansancio se le hubiera filtrado en la voz.

—Gracias, Gordita.

El siguiente segundo fue caos.

Roberto se atragantó. Se llevó la mano a la garganta y empezó a emitir un sonido extraño, gutural, como un animal al que le pisan el cuello.

—¡Una espina! —alcanzó a decir, con la cara encendida y los ojos inyectados.

—Come tu arroz, bastante arroz —dijo Paola, ya no en tono de esposa irritada, sino como si de pronto hubiera vuelto a ser enfermera sin diploma.

Pero Roberto solo podía tragar desesperación. El arroz bajaba seco, inútil. La espina seguía allí, clavada como su terquedad.

—Nada. Sigue allí —respondió con voz ahogada. Su garganta ardía, y con cada intento sentía cómo algo le rasgaba la carne por dentro.

—¡No lo mastiques! ¡Trágalo! —insistió ella, acercándole un pan como quien extiende un salvavidas.

Arrancó un pedazo grande y lo mandó entero al estómago. Otro. Otro más. Nada.

—Tengo papas sancochando para mañana. ¿Quieres una? —propuso Paola, como un trámite más del día.

Roberto apenas asintió. Se levantó a trompicones y fue al baño. Necesitaba ver. Ver lo que lo estaba matando de a pocos.

—¿Está todo bien? —dijo Margaret desde la sala. La voz de la hija atravesó la tensión como un cuchillo tibio.

—¿Está bien papá? —gritó Mario, sin moverse del sillón ni quitar la vista de Bob Esponja.

—Papá está bien —respondió Paola sin voltear—. Solo se atragantó con una espina. Ya va a pasar.

—Por eso no me gusta el pescado —murmuró la niña.

En el baño, Roberto abrió la boca frente al espejo. Estiró los labios, bajó la lengua. Al fondo, entre carne rosada y sangre, la espina brillaba como un alfiler maldito.

Metió los dedos. Pinza improvisada con el índice y el medio. Arcadas. Saliva roja. Asco. Miedo.

—¡Gordis! ¡Pásame una papa! —gritó, como un náufrago al borde del hundimiento.

Ella corrió, peló la papa a medio cocer, se quemó los dedos, pero la llevó. Él la devoró sin mirar.

—Cálmate. Con esto debería pasar.

—Sigue allí. Se ha clavado bien —dijo, tragando fuego. Le ardía la boca, el cuello, el orgullo.

—Papá, ¿vas a estar bien? —preguntó Margaret, que se había acercado.

—Sí, preciosa —mintió él, con una voz más de monstruo que de padre.

—Ven, abre la boca —dijo Paola, enfocando con la linterna del celular.

Él obedeció. Tenía los ojos llorosos, el alma revuelta.

—Más abajo de la campanilla. Está bien incrustada —balbuceó.

—Ya la vi. Sí. Se ha clavado feo. Creo que puedo...

Metió los dedos sin preguntar. Roberto la apartó de un manotazo. Y escupió sangre.

—¡Déjalo!

—Tranquilo... Tal vez con una de mis pinzas...

—¡No! ¡Déjalo! Me voy a la posta.

—Son más de las ocho. Ya estará cerrada...

—Tengo que trabajar. Iré al Seguro de Yanahuara. A urgencias.

—Pero si aquí te puedo...

—No, mujer. Si no hubiera venido a cenar, ¡nada de esto habría pasado!

—¿Cenas en la calle? Puras salchipapas. Y nunca vienes temprano. Tus hijos ni te ven...

—Ellos quieren ver su televisión —dijo con la voz más ronca de la noche.

—Déjame ayudarte...

—¡No! Me voy.

Buscó las llaves a tientas. Abrió la puerta. Cerró con rabia. Paola alcanzó a gritar:

—¡Llámame!

La fila de emergencias del Seguro de Yanahuara era como un cementerio sin lápidas: cuerpos derrumbados en sillas de plástico, cabezas recostadas, quejidos secos. El aire olía a cloro vencido y a resignación.

Roberto se tocaba la garganta cada tanto, como si eso sirviera de algo. Habían pasado casi veinte minutos desde que entró. Por fin, una enfermera se dignó a acercarse.

—Nombre completo, edad, ocupación —dijo sin mirarlo.

—Roberto Bustamante, cuarenta y tres, taxista.

Ella tecleó sin apuro, con el desgano de quien ha visto morir gente en sillas por falta de camillas.

—¿Y qué le pasa?

—Me clavé una espina. En la garganta. Me sangra, paso saliva con sangre.

—¿No ha probado con pan? ¿Papa? ¿Camote?

Roberto la miró como si acabaran de insultar a su madre.

—¿Cree que no he intentado todo eso? Por eso he venido. La espina no se mueve.

La enfermera alzó una ceja. Miró hacia la fila. Señaló con la cabeza a un hombre que respiraba con dificultad, la pierna retorcida como soga mojada.

—Ese de ahí lo atropellaron. Un colega suyo. Está grave. Emergencia de verdad.

Roberto tragó saliva —o sangre, ya ni sabía—.

—Señora, yo también estoy mal. No es un rasguño. Me arde, me duele, me estoy ahogando por dentro.

—Lo suyo no es prioridad. Si lo atendemos, será a eso de las cinco de la mañana. O más. Mejor váyase a la posta mañana. Cerca de su casa. Con suerte, le hacen pasar.

Roberto ya tenía una respuesta en la boca, pero el zumbido del celular lo interrumpió. Vibraba en el bolsillo como si también estuviera harto de todo. Lo sacó. Un número conocido: Vivian.

Ella.

—Hola —dijo él, alejándose de la enfermera.

—¿No vas a venir? —La voz de Vivian sonaba dulce, con ese dejo de picardía que le desarmaba los huesos—. Tengo un vinito argentino, pajarito...

Roberto se limpió la comisura de la boca, notó un hilo de sangre. Ni eso lo frenó.

—Uy... entonces me voy a la clínica privada. Que me atiendan rápido. Y paso por ti.

—¿Qué te ha pasado?

—Una estupidez. Una espina. Pero ya lo arreglo.

—¿Seguro? No te quiero a medias, eh...

—Ya sabes que cuando llego, llego completo —dijo con voz ronca, casi con orgullo.

Vibración de nuevo. Esta vez, Paola.

—Me está llamando “ya sabes quién”. Te llamo luego.

Colgó y atendió.

—¿Cómo vas, gordito? ¿Te sacaron la espina?

—No, estos del seguro no me piensan atender. No soy prioridad, dicen.

—Ven aquí. Vemos cómo lo solucionamos.

—¡Que no! Tengo que trabajar. Me voy a la Clínica San Juan. Ahí sí saben tratar a la gente.

—¿Y cuánto te van a cobrar ahí? ¿Tienes idea?

—Voy a averiguar. Ya hablamos. Voy a partir.

—Cuídate. Llámame.

Roberto no respondió. Guardó el celular, se subió al taxi y encendió el motor con más rabia que gasolina.

En la recepción de la Clínica San Juan lo atendieron mejor, pero tampoco era para aplaudir.

Una señorita de uniforme blanco, con el maquillaje casi intacto después del turno, le pidió los mismos datos. Él respondió con fastidio y voz de trapo.

—¿Seguro privado?

—No.

—Entonces, el costo del procedimiento sería de trescientos soles —dijo ella, como quien da el precio de un ceviche.

—¿Tres... qué? Señorita, solo necesito que me saquen una espina, no un tumor cerebral. En la posta cuesta veinte.

—Bueno, señor. Esto es una clínica. Si quiere, puede esperar hasta mañana y asistir a un centro estatal.

Roberto sintió cómo se le subía la presión. Pero no dijo nada. Soltó la plata como quien pierde una apuesta y masculló:

—Listo. Háganme el papelito. Quiero que me atiendan ya.

—Necesitamos llamar al otorrinolaringólogo. No está en turno. Tardará una hora. Tal vez más.

—¿Así es el servicio aquí?

—Puede ir a la “San Pedro”. Tienen todas las especialidades. Pero ahí sí cobran caro, ¿ah?

Antes de que pudiera lanzar un insulto, el celular volvió a sonar. Vivian.

—Pajarito... ¿cómo vas, cariñito? ¿Vienes?

—Creo que hoy no será. Estoy harto. No por ti, pero esta gente de mierda...

—Conmigo no hables así. Te calmas y me llamas. ¿Entendido?

Y le colgó.

Roberto volvió al taxi con la espina más honda que nunca. Encendió el motor sin pensar y fue directo a la San Pedro. Ahí sí lo atenderían. Tenía fe.

Pero al llegar, lo primero que sintió fue que su Kia parecía mototaxi frente a los BMW y Audi del estacionamiento. El portero lo miró de arriba abajo antes de abrirle la puerta. Con desconfianza. Con clase.

Dentro, todo era brillante. Piso encerado, luces cálidas, recepcionistas sonrientes. Lo recibieron con una amabilidad quirúrgica.

—¿Seguro privado?

—No. Pago en efectivo.

—Perfecto. El procedimiento sería realizado por un gastroenterólogo, acompañado por un anestesista y dos asistentes. Ocuparía una sala menor. El costo total es de dos mil soles.

Roberto parpadeó.

—¿Dos mil? —repitió, casi sin voz.

Pero no se enojó. No podía. Porque aquí sí lo habían tratado como persona. Excepto el portero.

—Está fuera de mi presupuesto —dijo, esta vez sin pelear. Se dio media vuelta, dignidad arrastrando los talones.

—Está bien, buenas noches. —Respondió el señor de la caja. Ni una oferta de cuotas. Ya sabía que ese cliente no era de su especie.

Afuera, en el carro, llamó a Paola.

—Prepara tus pinzas.

Después llamó a Vivian. La voz al otro lado sonó molesta.

—¿Qué pasa?

—No voy. No insistas. Chau.

—Vete a la mierda —dijo ella.

Roberto no respondió. Esta vez no se molestó. Ni un poco. Sonrió. Porque por primera vez en semanas, tal vez meses, supo quién estaría ahí, aunque no tuviera vinito argentino ni trasero de infarto.

La operación casera fue un éxito.

Roberto con la boca abierta como sapo y una linterna apuntando al fondo de su garganta. Paola, firme, sosteniendo las pinzas largas de su maletín de cosmetología, con la precisión de quien ha quitado más de una astilla en la vida, aunque ninguna tan necia como esa espina.

Cuando la extrajo —cuatro centímetros de hueso duro, ensangrentado— se miraron como si acabaran de parir juntos algo. Rieron. Se abrazaron. Y, por primera vez en meses, durmieron sin reproches. Esa noche, entre risas y relatos del periplo clínico, volvieron a hacer el amor.

En los días siguientes, Roberto ya no hizo turnos dobles. Se quedó más tiempo en casa, recogía a Paola cuando podía, ayudaba con los deberes de los niños, incluso aprendió a preparar su propio sudado. A veces, mientras ella planchaba, él la miraba con una mezcla de culpa y ternura.

Bloqueó a Vivian. No solo del teléfono. También de su vida.

Pero la paz es un hilo fino, y a veces tiembla.

Pasaron semanas. Una noche, mientras revisaba el celular en el taxi, un número desconocido empezó a insistir.

“Llámame, soy V.”

“Es urgente. Soy V.”

“Por favor, respóndeme.”

Roberto sintió un nudo viejo apretarle la garganta. ¿Qué querría ahora? ¿Un escándalo? ¿Plata? ¿Una amenaza?

Tal vez está embarazada, pensó. Por un segundo lo imaginó todo: la escena con Paola, los gritos, los reproches. Pero también imaginó su respuesta. Sería claro. Frío. Cerraría esa puerta de una vez por todas.

Marcó.

—Hola, Vivian. Querías hablar conmigo.

—¡Hola, Roberto! Me bloqueaste, pero... esto es importante. Yo...

—Espera. No digas nada —la cortó—. Solo te llamo para decirte que lo nuestro fue un error. No quiero verte más, tengo claro lo que quiero. Y no eres tú.

—Pajarito...

La voz se quebró.

—Tengo sida.

Silencio.

El motor del taxi seguía encendido. Afuera, un perro cruzaba la pista. Adentro, Roberto dejó de respirar por un segundo largo, larguísimo.

Ella sollozaba. Él solo escuchaba su propia sangre rugiendo como si volviera a tener una espina enterrada, pero esta vez en el alma.

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