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Relato 42 · 3 min

Un viaje sin retorno

Hedyn Alvarez · Cuentos Desgraciados

A veces pensaba que el mundo entero cabía en una canción de blues. Y que la mejor forma de escucharlo era con los pies descalzos, frente al mar.

Fabián había dejado atrás Concordia hacía meses. Llevaba la cuenta de los kilómetros con la misma devoción con la que actualizaba su blog de fotos.

Chile, Bolivia, Brasil, Uruguay.

A cada país, una puesta de sol.

A cada ciudad, una canción.

Le gustaba pensar que vivía ligero, aunque las pastillas ocuparan más espacio en su mochila de lo que quería admitir.

Las tomaba sin falta. A la misma hora. Siempre con agua.

Las llamaba su “nafta”, en broma.

Pero sin ellas, todo podía salir volando.

El avión aterrizó en Lima un martes de julio.

Le habían hablado de la neblina. De las playas sin turistas. Del smog.

Pero no le hablaron de los que esperan afuera.

El asalto fue rápido. Nada de cuchillos.

Solo una mano en el hombro, una voz áspera, y adiós mochila.

Con todo.

Pastillas, cámara, pasaporte.

Su medicación, su identidad, y el único abrigo que llevaba.

Se quedó parado unos segundos en la vereda, con la cara vacía, como si el cuerpo no se hubiera enterado.

No pasa nada. Voy a la embajada. Consigo algo. Es solo un contratiempo.

En la comisaría apenas tomaron sus datos.

Pero pasaron los días.

Feriado largo.

Y nadie —nadie— prestaba atención a un extranjero con la camisa sucia y los ojos desacompasados.

Empezó a soñar despierto.

Primero con cosas simples: que encontraba su mochila tirada en un parque, intacta.

Que el ladrón se arrepentía.

Que alguien —una señora con voz parecida a su madre— lo ayudaba sin pedirle nada.

Después vinieron los otros sueños.

Gente que lo seguía.

Voces que murmuraban en los semáforos.

Códigos en los carteles de las calles.

El viento de la Costa Verde soplaba fuerte, y le parecía que le hablaba.

Que le advertía.

Que no estaba solo.

Una noche caminó durante horas por la costanera.

No tenía adónde ir.

No recordaba qué día era.

Había dormido dos horas, tal vez una.

El hambre hacía crujir su estómago como una radio mal sintonizada.

Pasó junto a un grupo de jóvenes. Uno se rió.

¿De él? ¿O no?

Vio un pan en el suelo. Lo recogió.

Era una piedra.

Le pareció que tenía arañas.

La arrojó contra la pista.

Le daban miedo.

Entonces llegó la camioneta.

Se detuvo de golpe. Puertas que se abren.

Tres tipos con casacas negras. Uno tenía guantes. Otro cargaba una linterna.

¿Policía? ¿Militares? ¿Gente que lo venía a buscar?

Fabián levantó las manos. No dijo nada.

Tenía la boca seca. El corazón latiendo en modo tambor.

Uno de ellos lo agarró del brazo. Fuerte.

Le hablaban, pero no entendía.

¿Estaban gritando?

¿Por qué gritan? ¿Qué hice?

Lo empujaron contra la parte trasera del vehículo.

Lo subieron.

No era una patrulla. No tenía distintivos. No llevaban placas.

El motor arrancó.

Aceleraron.

Sin rumbo aparente.

Sin testigos.

El cielo limeño seguía gris, sin estrellas.

El cuerpo nunca apareció.

El noticiero local dijo que había sido visto lanzando piedras en estado alterado.

La nota duró veinte segundos.

Sin nombre. Sin rostro. Solo “un indigente con comportamiento agresivo”.

Los padres llegaron a los cinco días.

Pidieron ayuda en la comisaría.

Nadie supo darles respuesta.

Preguntaron en hospitales. En albergues. En iglesias.

Dejaron carteles. Suplicaron en televisión. Lloraron frente a micrófonos.

Fueron ignorados por funcionarios.

Mirados con lástima por extraños.

—Tenía esquizofrenia —dijo su madre, casi en susurro, a una periodista—. Pero estaba medicado. Controlado. Él sabía cuidarse. Él sabía.

En su blog, la última entrada sigue publicada:

Una playa de Uruguay. El cielo encendido. Y un pie descalzo marcando la arena.

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